Tenía 21 años, iba con su novio a una discoteca y un choque cambió todo. En el silencio y la oscuridad que siguieron, Gloria Riva sintió que estaba al borde de la muerte, pero una luz lo cambió todo
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| Sor Maria Gloria Riva |
Hace más de
cuarenta años, Gloria Riva (Monza, Italia, 1959) cruzó una
intersección sin imaginar que, al otro lado, un coche a toda velocidad
cambiaría el rumbo de su vida. Tenía 21 años, estaba prometida, había
retomado tímidamente la fe tras un viaje a Lourdes, e iba de camino a
una discoteca con su novio. Después del impacto, vino el silencio, la
oscuridad... y, según su propio testimonio, la percepción clara de que se
encontraba al final de su vida.
Riva, monja
perteneciente a las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, fue la
encargada de predicar la meditación a la Curia Romana y al Papa León
XIV este lunes en el Aula Pablo VI, como antesala a la jornada jubilar de
los trabajadores del Vaticano. Su intervención no abordó esta experiencia
límite, pero quienes conocen su trayectoria saben que ese episodio, vivido
décadas atrás, marcó el origen de su vocación.
Una luz en
la oscuridad
«Tuve la
clara percepción de estar al final de mi vida y me abandoné por completo»,
narraría años más tarde en una entrevista concedida a Francesco Agnoli. Pero en medio de ese vacío, asegura que
emergió una paz profunda. «Una pequeña luz blanquísima se abrió ante mis ojos y
se fue expandiendo. Sentí que Dios estaba allí, y que Dios era amor».
La escena que
describe tiene los elementos clásicos de una experiencia cercana a la muerte,
pero Riva la cuenta desde una conciencia lúcida. Asegura que vio pasar su vida
como una película, y que la luz le revelaba no un juicio externo, sino una
verdad interna. «No era Dios quien me juzgaba. Era yo quien comprendía,
con dolor, que esa libertad que irradiaba la luz no estaba en mi vida. Y,
al mismo tiempo, sentía una alegría indescriptible: me tenían en cuenta, me
amaban, me deseaban para esta historia».
Cuando recobró
la conciencia, estaba inmóvil, con siete fracturas, hemorragia interna
y daño cerebral, pero el recuerdo de esa luz era como una prueba de fuego.
Observó su cuerpo desde fuera, identificó a personas que luego pudo describir,
y entendió algo clave: su percepción solo se activaba por los vínculos
afectivos. «No oía sirenas. Pero sí veía a mi novio, jadeando al borde de la
carretera. Y sentía dolor por él».
«No hace
falta morir para ver la luz»
Durante los
seis meses de hospitalización, comenzó a cambiar su forma de ver la vida. Lo
que antes parecía suficiente, ya no lo era. Sentía una urgencia interna:
contar lo vivido, dar testimonio, no quedarse con esa luz solo para ella.
Ese impulso
la llevó de vuelta a Lourdes, esta vez en busca de respuestas. Regresó
junto a su prometido. Y allí, un día, se fue a pasear, terminando en la cripta
del santuario. No lo sabía, pero justo entonces se celebraba la adoración
perpetua. Entró por un largo pasillo flanqueado por pequeñas capillas y llegó a
una estancia circular, silenciosa, envuelta en penumbra. Dos religiosas
vestidas de blanco oraban frente a una custodia de metal que simulaba una
corona de espinas.
Entonces, lo
sintió. «La Eucaristía estaba iluminada desde atrás, y distinguí una pequeña
luz en la oscuridad. Pensé: 'Aquí está la luz que encontré en el camino. No hay
que morir para verla. La Iglesia la esconde cada día en el altar, allí
donde se celebra'».
Allí, entre la
oración, el silencio y la contemplación, empezó a percibir otra urgencia: la
belleza, como signo de lo sagrado, estaba desapareciendo del corazón de la vida
cristiana. «Comprendí que la Eucaristía era un tesoro pisoteado por los propios
católicos. Que existía una belleza incomprendida y silenciada, y que
era necesario aumentar la fuerza de la llamada». Ese día decidió no
separarse nunca más de esa luz. Rompió su compromiso y pocos meses después se
unió a las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, donde permanecería
durante 23 años.
A petición de
las superioras, comenzó a dar formación a laicos y a explicar la fe a través
del arte. Ese ejercicio se convirtió en una misión. «Descubrí que era un
carisma». Y con el tiempo, sintió que debía dar un paso más. En 2007, ya fuera
del monasterio original, fundó en la diócesis de San Marino-Montefeltro una
comunidad monástica que unía dos pilares: la adoración eucarística y la
búsqueda de la belleza, especialmente en la liturgia.
Una luz que
también pintó El Bosco
Hablar de una
experiencia cercana a la muerte, como la que vivió Gloria Riva, no es sencillo.
Ella misma lo admite. «Explicarla es arriesgado. Puedes ser comprendido, pero
también puedes caer en lo banal, el ocultismo, lo que suena a Nueva Era. Lo
he experimentado varias veces», reconoce.
Pero hubo un
hecho que, con los años, reforzó su certeza interior. Un día, casi por azar, se
topó en un museo con el políptico Visión del más allá, atribuido
a El Bosco. Lo había estudiado en la escuela, sin mayor impresión. Esta vez,
sin embargo, la conmoción fue inmediata. «Comprendí que solo alguien que
hubiera vivido algo similar podría pintar con tanta precisión lo que yo había
visto», afirma. El panel que más le impactó fue el conocido como «el
empíreo»: una especie de túnel de luz blanca, circular, que atraviesa la
oscuridad como una hostia incandescente
En la parte
inferior del panel, se distinguen figuras humanas detenidas por ángeles de alas
negras. Las almas aparecen con los brazos alzados, como paralizadas, incapaces
de avanzar, «pero con el rostro girado hacia la luz», explica la religiosa. Es
esa tensión —la mirada persistente hacia lo alto— lo que parece purificarlas.
Más arriba, en una zona intermedia del túnel luminoso, otros ángeles, esta vez
con alas rojas —símbolo del fuego que purifica—, sostienen a almas que también
se orientan hacia la luz, pero cuyas manos han adoptado una postura
de oración. Es el deseo de Dios lo que las eleva.
Finalmente, en
la zona más cercana al fulgor blanco, justo donde comienza el cono de luz más
intensa, aparecen almas guiadas por ángeles de alas blancas. Sus cuerpos están
en actitud de acogida, «con los brazos extendidos hacia el abrazo»–señala–,
como si ya participaran del misterio último.
Para Riva, esa
imagen fue reveladora. «Ese cuadro correspondía exactamente a lo que viví.
Me reconfortó ver cómo un pintor del siglo XVI, que ciertamente no podía
conocer las terapias intensivas ni el encarnizamiento terapéutico, pintó algo
muy cercano a lo que relatan aquellos que, por así decirlo, han regresado...
tal vez para advertir a nuestro mundo materialista que el paraíso existe».
María Rabell García
Fuente: El Debate
