El religioso marianista propone que los colegios sean comunidades de fe carismáticas y subraya la importancia de la selección del profesorado
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| Ecclesia |
Dice Javier
Cortés que no estamos en el fin del mundo, pero sí en el fin de un mundo para
la escuela católica. Por eso, más que nunca, conviene hacerse la pregunta sobre
su sostenibilidad.
Con
el bagaje de haber sido profesor y director de centros escolares, autor de
materiales educativos y formador y director general y presidente de PPC y SM,
el religioso marianista propone en La sostenibilidad de la escuela católica una vía que
garantice un futuro mejor.
—Al escuchar
la palabra sostenibilidad, uno piensa en la dimensión económica. ¿A qué se
refiere usted?
—Solemos unir sostenibilidad con seguridad económica, pero eso no es más que un
reduccionismo fruto de la razón económica que nos invade. Adoptar la
perspectiva de la sostenibilidad significa trabajar en el presente, de modo que
no solo aseguremos un futuro, sino un futuro mejor. Por eso, como en la
sostenibilidad ecológica, la pregunta por el futuro nos lleva a plantearnos si
en el presente hacemos las cosas bien. En el caso de la escuela católica, si el
futuro nos inquieta, debemos revisar con urgencia lo que estamos haciendo hoy.
—¿Qué
significa adoptar la perspectiva de la sostenibilidad?
—En primer lugar, supone trascender la preocupación económica para afrontar el
gran reto de la sostenibilidad de nuestro proyecto educativo y, no menos
importante, el reto de la sostenibilidad de la figura del educador cristiano.
No debemos olvidar un dato fundamental: durante años, ambas sostenibilidades
fueron aseguradas por la presencia de los religiosos y las religiosas. Este
escenario desapareció y no volverá. ¿Qué estamos haciendo para asegurar la
fecundidad de nuestro proyecto educativo? ¿Qué estamos haciendo para asegurar
que en el presente y el futuro nuestras escuelas estén habitadas por auténticos
educadores cristianos? Es necesario trabajar de otra manera más allá de crear
estructuras centrales y llevar a nuestros profesores a cursos de formación
carismática. En el libro presento proyectos muy concretos.
—¿Y cómo
tener auténticos profesores cristianos?
— Es uno de los proyectos de los que me ocupo en el libro. Todo debe empezar
por el modo y manera de convocatoria y de selección. Es imprescindible
comprobar varias cosas. La primera: la vocación educativa del candidato. Si la
tiene, hay que entrar a analizar cuáles son sus referentes, sus ideales
educativos para comprobar cuán cerca están de nuestro proyecto. Si esto no se
da, es mejor no seguir. Si encontramos una buena sintonía, entonces ya se trata
de verificar tanto su nivel de madurez emocional, su capacidad de empatía y,
por último, su capacitación en saberes de las materias y pedagógicos. Una vez
incorporado, es imprescindible el seguimiento comprometido año tras año de su
evolución tanto vocacional como profesional. Desgraciadamente, nos hemos movido
con urgencias en las contrataciones y con criterios poco rigurosos, como era el
caso del dominio del inglés, por aquello del bilingüismo, y no dedicamos la
energía suficiente a estos procesos.
—Cuando
hablamos de escuela católica, aparecen los desafíos de la baja natalidad, la
financiación o el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos…
Usted señala la debilidad institucional de las organizaciones. ¿Podría
profundizar?
—Todos los desafíos que nombras son ciertos y reales, y habrá que afrontarlos.
Pero esos retos no son el elemento que está, a mi modo de ver, determinando los
avatares de la escuela católica, que no es otro que la debilidad de las
instituciones que generaron y mantuvieron durante años esas escuelas, las
instituciones y congregaciones religiosas. Una debilidad cuantitativa, la falta
de vocaciones, pero también quizá cualitativa, cediendo el liderazgo de la
innovación a otros agentes venidos especialmente de la psicología. Esta
debilidad ha provocado una ruptura radical en el proceso de la tradición y nos
ha traído también cambios profundos en los modelos de gobierno, con la
proliferación de fundaciones, entidades titulares o estructuras centrales. Es
el momento de afrontar una profunda revisión de estos nuevos modos desde la
perspectiva de la sostenibilidad.
—¿Qué
impacto tiene esto en la identidad?
—El impacto de esta debilidad institucional es determinante. Muchas de nuestras
escuelas ya no están ni siquiera en manos de los laicos de la primera hora,
aquellos que convivieron de cerca con la comunidad de religiosos. Muchos de
ellos ni siquiera los han conocido en el colegio. ¿Qué estamos haciendo para
hacer sostenible nuestra identidad como proyecto educativo? ¿Estirar la
presencia de los religiosos ya mayores? ¿Dar a luz documentos? ¿Crear
estructuras de control desde una central?
—Usted
propone tres criterios clave para la sostenibilidad de la Escuela católica.
¿Cuáles son?
—El primero consiste en retomar el «esquema fundacional» de las diferentes
tradiciones, cómo nuestros fundadores transitaron de la experiencia de ser
discípulos del Maestro a convertirse en maestros a su imagen y semejanza,
urgidos por las necesidades de su tiempo. El segundo: necesitamos releer y
profundizar en el rico magisterio de la Iglesia, centrándonos en el objetivo
que nos propone, que es una educación integral por medio de la comunicación
cristiana de la cultura. El tercero retomar el camino correcto de toda
propuesta educativa que se precie: partir de la antropología —qué es ser
persona—, para acudir a la pedagogía —qué significa entonces educar—, y, desde
ahí, acudir a lo que la psicología nos dice para adoptarlo como instrumento de
ese quehacer educativo y así, por fin, aterrizar en una didáctica con
fundamento. Hemos olvidado los dos primeros pasos, la antropología y la
pedagogía, y estamos en manos de una didáctica hija directa de la psicología o,
como está ya ocurriendo, de la neurociencia.
—Defiende
que la visión cristiana debe recorrer todas las asignaturas: desde la Filosofía
hasta la Educación Física…
—Efectivamente, tal como nos indica con toda claridad el magisterio de la
Iglesia, la primera y fundamental misión de la educación católica consiste en
esa transmisión de la visión cristiana de la cultura y eso se manifiesta en un
necesario trabajo con cada una de las áreas para dotar a los contenidos de ese
sentido cristiano imprescindible. Es lo que yo llamo el proceso necesario de
evangelizar la escuela, es decir, establecer cómo la fe cristiana colorea y da
sentido a todos y cada uno de los procesos educativos de la escuela, el
curricular y el extracurricular. Solo en una escuela evangelizada, transformada
poderosamente por la experiencia de la fe, cabe la acción pastoral como aquel
espacio en el que podemos llegar al anuncio explícito del evangelio. Corremos
el peligro de centrar la razón de ser de la escuela católica en la pastoral,
dejando la actividad propia y específica de la escuela, la transmisión de la
cultura, en manos de la didáctica.
—Habla de
los colegios como sujeto eclesial. ¿Generar comunidades cristianas es la
solución para que arraigue la fe en los más jóvenes?
—La expresión sujeto eclesial es del propio magisterio. Mi propuesta es que se
constituyan comunidades de fe carismáticas que den sentido y continuidad a las
propuestas pastorales. De lo contrario, estas quedarán como una actividad más
de la época escolar. Antes que buscar catequistas para rellenar las necesidades
de plan pastoral, hay que convocar a profesores, familias y religiosos, si los
hay, para que pongan en marcha una auténtica comunidad cristiana de tal manera
que la pastoral se desarrolle en ese horizonte.
Fran Otero
Fuente: Ecclesia
