Para fortalecer la esperanza en nuestras vidas, Benedicto XVI afirma que el primer lugar para aprender sobre la esperanza no es otro que la oración
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| giulio napolitano | Shutterstock |
Esperar contra
toda esperanza: un acto audaz, casi sin sentido, en un mundo que parece haber
olvidado el significado mismo de la palabra. Atrapados en el tumulto de la vida
cotidiana, resulta difícil frenar, mirar hacia arriba, recordar que la
esperanza aún es posible.
Como escribió
Bernanos, "la esperanza es un riesgo que asumimos". No se basa en
garantías, sino que forma parte de un proceso de fe. Atreverse a esperar es
consentir una apertura interior, creer a pesar de todo. "Es la virtud
probada la que produce esperanza" (Rom 5,
4).
La clave
para la esperanza es la oración
Pero, ¿cómo
podemos hacer un lugar real para la esperanza en el corazón de cada día? ¿Cómo
permitir que arraigue en medio de la rutina, las pruebas y el silencio? En su
encíclica Spe Salvi, publicada en 2007, Benedicto XVI ofrece
varias claves. Una de ellas es particularmente sencilla y accesible: la
oración.
La oración es
un primer paso esencial para aprender a tener esperanza. Si ya nadie me
escucha, Dios me sigue escuchando. Si ya no puedo hablar con nadie, si ya no
puedo llamar a nadie, aún puedo hablar con Dios. Si ya no queda nadie para
ayudarme - cuando hay una necesidad o una expectativa que va más allá de la
capacidad humana de esperar, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la soledad
extrema… los que rezan nunca están totalmente solos.
Un ejemplo
vivo de esperanza
Esta profunda
certeza se encarna de manera sorprendente en el testimonio del cardenal Nguyen Van Thuan, a quien Benedicto XVI cita como ejemplo
de esperanza luminosa en el corazón de la noche:
"De sus
trece años de prisión, nueve de los cuales los pasó en régimen de aislamiento,
el inolvidable cardenal Nguyên Van Thuan nos ha dejado un librito precioso:
Oraciones de esperanza. Durante trece años de cárcel, en una situación de
aparente desesperación total, escuchar a Dios, poder hablarle, se convirtió
para él en una fuerza creciente de esperanza que, tras su liberación, le
permitió convertirse para los pueblos del mundo entero en un testigo de la
esperanza, la gran esperanza que no pasa, ni siquiera en las noches de
soledad".
Tener una
esperanza firme sin Dios sigue siendo ilusorio. En un momento u otro, el alma
humana tropieza con sus propios límites. Para mantenerse viva, la esperanza
necesita una fuente más grande que ella misma. Está anclada en el amor que
recibimos, en nuestra confianza en una presencia que va más allá de lo
imaginable.
Todo ser humano
tiene esta profunda necesidad: ser amado incondicionalmente, ser mirado con
misericordia, creer que nuestra vida tiene sentido, incluso en el secreto,
incluso en la prueba. Bajo esta luz, la esperanza no es ingenuidad, sino
valentía.
Se convierte en
un camino. Un camino de abandono, de confianza, de fidelidad a una promesa que,
aunque a menudo invisible, nunca defrauda. Una promesa llevada por Aquel que
nunca deja de llamar a cada persona por su nombre.
Philip Kosloski - Agnès Pinard Legry
Fuente: Aleteia
