Si hay conciencia de pecado mortal, es requisito confesarse antes de recibir algún sacramento, pero, ¿qué ocurre en el caso del matrimonio?
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| Shutterstock | Andrii Medvediuk |
Casarse sin
haberse confesado antes, ¿es pecado? Es una pregunta un poco más complicada de
lo que parece a primera vista.
Sacramentos
que restituyen la gracia perdida
Empecemos por
citar el nº 1622 del Catecismo de la Iglesia Católica (que
a su vez cita la exhortación Apostólica Familiaris Consortio de san Juan Pablo II):
"'En
cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración del matrimonio [...]
debe ser por sí misma válida, digna y fructuosa' (FC 67). Por tanto, conviene que los futuros esposos se
dispongan a la celebración de su matrimonio recibiendo el sacramento de la
Penitencia".
Son unas
palabras muy medidas, que nos servirán de referencia. Estamos hablando del
matrimonio entre bautizados, que, a la vez que matrimonio, es un sacramento.
Hay sacramentos –bautismo, penitencia, y en algunos casos unción
de enfermos- que restituyen (en el caso del bautismo, la confiere por
primera vez) la gracia que se pierde por el pecado grave.
Sacramentos
que deben recibirse en gracia
Los demás
sacramentos no la restituyen, sino que aumentan la gracia y confieren gracias
particulares –suele llamarse “gracia sacramental”-, pero hay que recibirlos
estando ya en gracia; o sea, sin pecados graves no confesados. Es el caso del
matrimonio.
Por eso, la
verdadera cuestión no es si es necesario confesarse justo antes de casarse o en
los días previos, sino que debe ser recibido en gracia.
Si uno lleva
mucho tiempo sin acudir al sacramento de la penitencia, es probable que lo
necesite para llegar al altar en gracia. En todo caso, lo necesita si tiene una
conciencia de pecado grave no perdonado todavía en el sacramento
correspondiente, que es la penitencia.
El
matrimonio es válido, pero no es digno ni fructuoso
El texto arriba
mencionado utiliza tres adjetivos: válida, digna y fructuosa. Si se
acude al matrimonio sin estar en gracia, no deja por ello de ser válido
–siempre que se cumplan los requisitos para ello-, pero sí deja de ser digno y,
sobre todo, de ser fructuoso.
No se recibe
gracia alguna, y, como señala también el Catecismo:
"Sin esta
ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas
en orden a la cual Dios los creó 'al comienzo'" (nº 1608).
Pero ser
infructuoso no significa que sea un pecado. ¿Lo es? La respuesta clásica a esta
pregunta es que cualquier sacramento que se recibe indignamente a sabiendas
constituía un sacrilegio, y se aplicaba al matrimonio, que es un
sacramento. Es así por regla general, pero en el caso de un matrimonio que se
recibe sin estar en gracia hay algunas dudas.
Ni
sacrilegio ni pecado, pero lamentable
El motivo es lo
peculiar del matrimonio. Es un sacramento, sí, pero a la vez es una alianza que
está en la naturaleza humana, y respecto a la cual hay un verdadero derecho
natural, lo cual no sucede con ningún otro sacramento.
De ahí que
puede considerarse que no hay sacrilegio –ni
por tanto pecado- cuando se acude a contraer un legítimo matrimonio, aunque el
contrayente no esté en gracia. Por este motivo el punto arriba citado del
Catecismo habla de la confesión previa en términos de conveniencia, no de
absoluta necesidad.
De todas
formas, sin desmentir lo anterior, habría que añadir dos cosas. La primera es
que contraer matrimonio sin estar en gracia, aunque no sea un
sacrilegio, es algo lamentable. No habrá un pecado nuevo, pero si no
se está en gracia es porque persisten los anteriores; o sea, se está en pecado
mientras no se acuda al sacramento de la penitencia.
Lo que sí
sería pecado
Y, además, como
ya se ha señalado, en cuanto a la gracia ese sacramento es infructuoso,
estéril (eso sí, se recibe la gracia propia del matrimonio cuando uno
se confiesa posteriormente).
La segunda es
que no será sacrílego recibir el matrimonio sin estar en gracia, pero en todo
caso sí lo es recibir la Eucaristía. En esa situación los contrayentes no
pueden comulgar.
Y, como no
queda bien si se celebra el matrimonio dentro de la Misa, lo que habrá que
hacer es que no haya misa. Los párrocos ya saben lo que hay que
hacer, y celebran el matrimonio con una liturgia de la Palabra, sin Misa ni
comunión.
Julio de la
Vega-Hazas
Fuente: Aleteia
