Ante el Evangelio de este domingo escuchamos que, en la última cena, Jesucristo dio a los apóstoles y, por tanto, también a nosotros, un “mandamiento nuevo”.
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| "Última Cena" de A. N. Minorov. Dominio público |
Ante esto me
surgen algunas preguntas: ¿Dónde estaba la “novedad” de este mandamiento?
¿Podemos llamar aún “nuevo” a un mandamiento dos mil años después de que nos
fuera dado? ¿No estará ya un poco gastado de tanto oírlo, de modo que no puede
aportar nada a la vida de los jóvenes, que anhelan, hastiados, una verdadera
novedad?
Ciertamente, Dios ya había dado a
Israel el precepto del amor. Cuando un escriba pregunta a Jesús cual es el
mandamiento principal, la respuesta de este es clara: «amarás a Dios sobre
todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo». El escriba no se sorprende ante
esta respuesta, sino que afirma que, en efecto, eso es lo enseñado por la ley
desde tiempos antiguos, ¿Dónde se encuentra entonces la novedad? La novedad del
mandato de Cristo es que Jesús da a los apóstoles algo que no aparecía en la
antigua alianza. Les da una medida a lo que añadía el Antiguo Testamento (con todo tu ser, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas). La nueva medida es «como yo os he amado».
La novedad solamente puede venir, por tanto,
del don de la comunión con Cristo, de vivir con Él para conocer su amor. Lo que
verdaderamente cuenta es la inserción de nuestro yo en el yo de Cristo, y viceversa.
El mandamiento nuevo no es, por tanto, una nueva ley con una mayor exigencia o
superioridad respecto de la antigua, sino la nueva interioridad dada por el
mismo Espíritu de Dios. San Agustín lo resume con una bella y muy conocida
sentencia: «Dame lo que mandas y manda lo que quieres». La novedad no está en
el mandamiento de amar, sino en la persona de Cristo con la que es posible
establecer una relación siempre novedosa.
Y de aquí viene la respuesta a las
siguientes preguntas acerca de la actualidad de esta novedad. Para verificar
esta novedad, hemos de preguntarnos si este amor puede hoy ser mandado, y si
puede ser aprendido. El amor, por su propio ser, parecería que no se puede
mandar. Porque si el amor ha de ser esencialmente libre ¿cómo puede alguien
mandarnos amar? Y ¿cómo podemos enseñar a alguien a amar? ¿Puede aprenderse a
amar a partir de una teoría del amor, como se aprenden las matemáticas? Si el
amor es la tarea más importante, ¿hay en las escuelas una materia sobre el
amor? ¿nos enseñaría esto a amar? Y, sin embargo, el Señor nos ha mandado
amarnos unos a otros con su amor, es decir, aprendiendo su amor. ¿Cómo es
posible?
En su primera encíclica, Benedicto
XVI afrontó directamente esta cuestión. ¿Cómo es posible que el amor sea mandado?
«El mandamiento del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el
amor puede ser mandado porque antes es dado». No en teoría, sino en la
práctica, como una madre y un padre enseñan a sus hijos a amar. El amor no
consiste en el primer gran instante de pasión arrebatadora. El amor consiste
precisamente en la paciencia de aceptarse y acogerse mutuamente, de llegar a
estar internamente cada vez más cerca el uno del otro hasta estar dispuesto a
dar la vida porque se percibe en la comunión con el otro el bien más grande.
En su libro Cruzando el umbral de
la Esperanza, san Juan Pablo II, habla sobre sus primeros trabajos pastorales
entre los jóvenes. Allí cuenta cómo para él fue una conmovedora experiencia descubrir
el amor entre los jóvenes y conocer su belleza. Desde entonces, supo cuál debía
ser su misión: enseñar a los hombres a amar, a amar el amor humano.
Esta sigue siendo la misión de la
Iglesia: conocer el amor de Dios en el amor humano con el que él mismo nos ama
hoy y enseñar, entregando, este amor hoy a los hombres. Esta es la verdadera
novedad y actualidad que todo corazón desea aprender.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
