El Evangelio de san Lucas arroja luz sobre las tres tentaciones que experimentan hoy las parejas unidas en matrimonio en el desierto del mundo actual
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© Elizaveta Galitckaia I Shutterstock |
Que el Diablo viene hoy a dar tentaciones a las parejas
unidas en matrimonio parece evidente. A Asmodeo,
el responsable de esta tarea, no le faltan medios, como Satanás hizo con Jesús
a orillas del Jordán. Como Jesús en el desierto, las parejas están llamadas a
resistir al amor que toma para sí y a elegir el amor que da.
"En el
Espíritu fue conducido por el desierto, donde fue tentado" (Lc 4,
1-13).
1. REDUCIR EL
AMOR A EROS
Cuando el amor
es solo humano, este pan cotidiano del amor romántico, del que sin duda tenemos
hambre pero que no nos sacia, es una simple satisfacción recíproca de placeres
compartidos. ¡Se gasta tan rápido! Es imposible transformar este amor pétreo en
pan de verdad si lo dejamos así.
"No solo
de este pan vivirán el hombre y la mujer, sino de la enseñanza del amor que
sale de la boca de Dios, del amor que da". Por su falta de verticalidad,
necesitamos enriquecer el eros con el ágape divino, y desarrollar el deseo
enriqueciéndolo con el don.
Solución: recordar
las palabras intercambiadas el día de la boda, objeto del sacramento, el
"sí" que comprometía a la pareja a la fidelidad y a la permanencia,
contra toda tentación. Se dijo entonces: "Prometo permanecerte fiel, en la
felicidad y en las pruebas… amarte todos los días de mi vida".
2. CAER EN EL
EGOÍSMO O EL ORGULLO
La segunda
tentación es buscar sutilmente el poder sobre la otra persona para satisfacer
el propio egoísmo. A veces es la gloria lo que buscamos dominando al otro en
una actitud de orgullo, cuando no queremos equivocarnos o inclinarnos ante
nuestro cónyuge.
La actitud del
"todo para mí", en busca de uno mismo. El matrimonio es una
maravillosa escuela de auto-decencia, una sala de fitness para luchar contra el
ego que renace constantemente. Se desperdicia tanta energía luchando el uno
contra el otro cuando deberíamos entrenarnos para luchar juntos contra el
enemigo común, Satanás, ¡que quiere que nos postramos a sus pies!
Solución: entregarse
a menudo al Señor en el corazón de la pareja, en la oración diaria juntos, en
el intercambio del perdón y en los sacramentos. De este modo, la pareja
tripartita puede vivir con el Señor, ¡una ciudadela mucho más hermosa que todos
los reinos de la tierra!
3. ESCAPAR DE
LA PENURIA
"¡Dios va
a convertir a mi cónyuge!", "¡El matrimonio es mágico, por eso me
casé con mi cónyuge!", "¡Señor, ahórrame las pruebas para que podamos
amarnos tan fácilmente!", pensamos a veces. Pero resulta que la gracia
rara vez es un milagro.
No somos los
niños mimados de un Dios que nos ahorraría la laboriosa conversión de cada uno
para hacer crecer nuestra pareja. Golpear la piedra de la prueba en el camino
de la santidad en pareja enseña humildad y fidelidad.
Es mejor
llevarnos el uno al otro en nuestras manos extendidas en oración que esperar a
que los ángeles lo hagan por nosotros.
Solución: "No
pongas al Señor a prueba". Hacerlo todo como si dependiera de nosotros y
abandonarlo todo a Él como si dependiera de Dios, como decía San Ignacio,
porque somos sus hijos. Hacer todo lo necesario por nuestra parte, y su gracia
nos acompañará, aplicando ya todo lo que sabemos del Evangelio del amor.
"No hay
amor más grande que dar la vida por los que uno ama". (Jn 15, 13).
P. Michel Martin-Prével, cb
Fuente: Aleteia