Ayer en la mañana, en el Aula Pablo VI, tuvo lugar la segunda de las cuatro meditaciones hacia la Pascua impartidas por el predicador de la Casa Pontificia y abiertas a todos
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El tema central
fue «la libertad en el Espíritu»: Cristo es profundamente libre porque nunca
exige nada a nadie y salva al mundo con la verdad y el amor. Alegría por el
regreso del Papa a Casa Santa Marta tras su larga estancia en el Policlínico
Gemelli.
«Hoy nuestro saludo al Santo Padre casi podría llegar hasta él porque está aquí, cerca de nosotros, aunque no pueda estar físicamente con nosotros. Pero todos estamos muy contentos por su regreso a casa": así comenzó el capuchino Roberto Pasolini esta mañana, viernes 28 de marzo, en el Aula Pablo VI, el segundo de los cuatro sermones cuaresmales, abiertos a todos, sobre el tema “”Anclados en Cristo. Arraigados y cimentados en la esperanza de la Vida Nueva».
Cristo está
libre de la tentación de la omnipotencia
Tras la primera
reflexión del 21 de marzo, centrada en «Aprender a recibir - La lógica del
Bautismo», hoy el predicador de la Casa Pontificia se detiene en «Ir a otra
parte - La libertad en el Espíritu» y esboza algunos episodios de la vida
pública de Jesús, en los que se manifiesta su profunda libertad y su modo de
llevar la salvación al mundo. Fiel a su misión, en efecto, Cristo se libera de
la tentación de omnipotencia y, a través de la oración, desenmascara el riesgo
de confundir el auténtico servicio con la búsqueda de reconocimiento personal.
No confiar
inmediatamente
A este
respecto, el padre Pasolini indicó tres enseñanzas del Hijo de Dios: no
confiarse inmediatamente, saber decepcionar y no exigir. Para explicar la
primera, el predicador se refiere a un pasaje del Evangelio de Juan (2,23-25)
en el que se narra cómo Jesús, aunque aclamado por muchos en Jerusalén, no se
fiaba de ellos, porque «sabía lo que hay en el hombre». Una reacción tan
desapegada -subraya el padre capuchino- sigue desorientando hoy, en una época
en la que dominan el individualismo y la competencia desenfrenada, y en la que
la necesidad de ser continuamente apreciado impulsa la búsqueda constante de
likes y notificaciones.
El frágil
corazón del hombre
Pero
precisamente de este tipo de reconocimientos rápidos y superficiales del que
Cristo permanece distante, porque sabe que el corazón del hombre, aunque sea la
morada del espíritu y la voz de Dios, es también extremadamente frágil,
manipulable, inconstante, temeroso. Como Maestro -continúa el predicador de la
Casa Pontificia- Jesús espera del hombre una respuesta más consciente y madura.
Un crecimiento, en definitiva, que no represente un proceso evolutivo mecánico,
sino la capacidad de valorar las circunstancias y de saber gestionar la
complejidad de las relaciones. Porque las cosas importantes requieren tiempo,
paciencia, compromiso y dedicación. Por eso, lo que en Jesús aparece como frío
desapego -subraya el padre Pasolini- es en realidad sabiduría y profundo
respeto por uno mismo y por los demás.
Saber
decepcionar
La segunda
enseñanza de Cristo se refiere a la capacidad de saber defraudar las
expectativas. Para analizar este tema, el padre Pasolini toma como punto de
partida un pasaje del evangelista Mateo (15, 23b-24) en el que una mujer pagana
clama al Señor para que cure a su hija. Sin embargo, Él «ni siquiera le dirigió
una palabra», ni la caridad de una mirada. La aparente insensibilidad de Jesús
ante el sufrimiento -explica el predicador- proviene del hecho de que Cristo no
lleva los pasos del Salvador para sentirse importante y no teme resultar
irrelevante a los ojos de los demás. Al contrario: paradójicamente, salva al
mundo precisamente porque no necesita sentirse necesario, sino siempre y sólo
útil.
La indiferencia
pedagógica de Jesús
Cuando la mujer
pagana insiste y se acerca obstinada y valientemente a Cristo, sin encerrarse
en su orgullo y en su victimismo, entonces Él reconoce su gran fe, la fe
-subraya el predicador- capaz de esperar que las cosas puedan cambiar para
mejor. La aparente indiferencia de Jesús, pues, no es otra cosa que una
pedagogía que hace aflorar la confianza en el corazón del hombre, la confianza
en una vida mejor.
La esperanza
que trae la paz
La tercera y
última enseñanza de Cristo es su capacidad para distanciarse del consenso de
las multitudes. Un ejemplo de ello es el episodio de la multiplicación de los
panes y los peces, narrado en el Evangelio de Juan (6,14). Un acontecimiento
que suscita mucho entusiasmo entre los presentes; sin embargo, Jesús se
distancia de él, retirándose a un segundo plano, solo. Porque conoce -señala el
padre Pasolini- la fragilidad interior del hombre, que se considera
insignificante y se deja manipular por todo tipo de influencias e
influenciadores, en lugar de afrontar el esfuerzo de creer en sí mismo.
Jesús regresa con los discípulos sólo más tarde, cuando se encuentran en
apuros, arrastrados por una tempestad mientras cruzan el mar de Galilea. Una
tempestad que representa -subraya el padre capuchino- todos los miedos del
hombre y su incapacidad para reconocer la fuerza escondida en la fragilidad.
Sin embargo, incluso en las noches más oscuras, Jesús es la esperanza que nunca
defrauda y que calma la tempestad y trae la paz.
La importancia
de la libertad interior
Cuando Cristo
explica entonces el sentido profundo de la multiplicación de los panes y los
peces, es decir, el sentido de un alimento que conduce a la vida eterna
mediante el don de sí mismo, muchos de sus discípulos lo abandonan. En ese
momento, Jesús pregunta a los Doce, sus seguidores más cercanos: «¿También
vosotros queréis marcharos?». Y su pregunta, dice el padre Pasolini, no es
irónica ni chantajista, porque Jesús no necesita confirmación para continuar su
camino y no pierde el rumbo de su opción de vida. Al contrario, su pregunta es
el espejo de una profunda libertad interior que no pide a nadie más que a sí
mismo el precio del propio deseo.
No encerrarse
en complacencias inútiles
Este aspecto,
prosigue el predicador, se manifiesta también en los modos verbales recurrentes
en los Evangelios, dentro de los cuales se pasa progresivamente del imperativo
a lo hipotético para poner en el centro las exigencias de una elección, de un
amor libre y consciente. El Señor, en efecto -añade el padre Pasolini- no
pretende tener siempre hijos dispuestos y deseosos de hacer su voluntad; al
contrario, se preocupa si esos hijos no son libres de expresar sus
sentimientos, acabando encerrados en el recinto de complacencias inútiles,
esclavos de sí mismos y de las expectativas de los demás. En cambio, tener el
valor de expresar sinceramente los propios deseos abre a una vida más grande y
acerca al Reino de Dios. Porque la verdad y el amor no necesitan imponerse,
concluye el predicador de la Casa Pontificia, sino que saben esperar a que las
cosas maduren, en plena adhesión y libertad. Y así es como Cristo salva al
mundo.
Isabella Piro
Ciudad del
Vaticano
Fuente: Vatican News