El Bautismo es el sacramento que nos hace hijos de Dios y nos regala la gracia santificante, pero también nos impone el nombre que llevaremos para siempre
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Pascal Deloche / Godong |
La mayoría de
nosotros recibimos el Bautismo siendo bebés. Nuestro padres habían decidido qué
nombre ponernos, por eso el sacerdote nos llamó con él al momento de derramar
el agua sobre nuestra cabeza.
Sin embargo,
quizá no nos hemos puesto a pensar en la importancia de haber recibido un
nombre cristiano -al menos así era antes- y en lo que representa para cada uno
y para quienes nos conocen.
Dios reveló
su Nombre
El Catecismo de
la Iglesia católica narra qué hizo Dios con el pueblo de Israel:
"Dios se
reveló a su pueblo Israel dándole a conocer su Nombre. El nombre expresa la
esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un
nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los
otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz
de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente".
CEC 203
Por eso,
debemos sumo respeto al nombre de Dios porque es sagrado, lo que nos recuerda
el segundo mandamiento: "No tomarás el nombre de Dios en vano".
De la misma
manera, nosotros tenemos una identidad propia ligada al nombre que recibimos en
nuestro Bautismo. Y esta verdad se comprende cuando conocemos a personas que se
llaman igual que nosotros, y, sin embargo, cada uno tiene su propia
personalidad.
Y quienes nos
conocen, cuando escuchan nuestro nombre lo relacionan a nuestra persona aunque
no estemos presentes.
El nombre
del cristiano
Menciona
nuevamente el Catecismo:
"El
sacramento del Bautismo es conferido 'en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo' (Mt 28,19). En el bautismo, el nombre del Señor
santifica al hombre, y el cristiano recibe su nombre en la Iglesia".
CEC 2156
Además,
enfatiza en poner el nombre de algún santo y que el “nombre de Bautismo” puede
expresar también un misterio cristiano o una virtud cristiana.
Por eso,
antiguamente todos los niños se llamaban "José" y las niñas,
"María", ¡que hermosa manera de pedir su protección a los padres de
Jesús!
Dios te
llamará por tu nombre
Pero es
necesario comentar que nuestro nombre también es sagrado. Dios nos llamará con
él porque es un nombre de eternidad (CEC 2158-2159).
Así es que,
amemos nuestro nombre, no aceptemos apodos y procuremos usar todos los que
tengamos -por eso es saludable que los padres de familia piense bien cómo
llamarán a sus hijos, sin complicarles la existencia-.
Demos gracias a
Dios y a la Iglesia por el don del Bautismo y honremos nuestro nombre con
nuestra vida.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia