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| Sor Teresa Cardaso, O. P. Como voluntaria y religiosa Dominio público |
Hacía mucho calor. Madrid estaba medio vacío, como cada agosto. La verbena de la fiesta de la Paloma había dado paso al sonido de las chicharras y el rodar de unos pocos coches. En la pista de aterrizaje estábamos algunos que nos sentíamos privilegiados, pero la distancia a la alfombra roja era tal que apenas podíamos imaginarnos quién bajaba.
Por la tarde fuimos temprano a la zona de Colón. Al grupo de voluntarios de nuestra parroquia nos habían asignado la plaza. Éramos bastantes. No había más de tres metros sin cubrir con un voluntario.
La misión era sencilla: Estar de pie e impedir que alguno saltara la valla. El calor era insoportable. Recuerdo que llevaba chanclas −¿a quién se le ocurre?− y me quemaba el asfalto.
Unos metros más allá, un polo verde chillón pedía auxilio. Un mareo. ¡«Agua!», gritaban, pero la fuente quedaba justo al otro lado y nuestra única misión era no movernos del sitio.
Nunca he sido lanzada, ni atrevida, ni de las primeras en tomar la iniciativa. Me giré hacia los dos voluntarios que tenía a derecha e izquierda y les pedí que me cubrieran. Me retiré de la primera fila, y comencé mi trabajo en la retaguardia. Idas y venidas a la fuente para abastecer de agua a los voluntarios. Una alegoría de lo que Dios estaba a punto de comenzar a hacer con mi vida.
Volví a mi casa caminando. Madrid era un hormiguero. Mi ciudad estaba invadida de alegría. La gente te saludaba amistosamente, te ayudaba, te invitaba a bailar y rezar por cualquier esquina.
Me sentía como si hubiera terminado una guerra. Y cada uno pudiera salir de su escondrijo. Ser católico no era una vergüenza.
El vecino al que saludabas casi furtivamente tres bancos más allá en la misa del domingo, ahora venía a contarte lo cerca que había visto a Benedicto. De repente, ser católico te unía a todos aquellos desconocidos.
En aquel paseo entre las calles que me habían visto crecer, reír, correr, llorar; pisando los mismos adoquines que cada día recorría con mis cascos y en mis pensamientos, me daba cuenta que la visita del Papa no era –solo− una ocasión para ver al Papa.
Hasta ese momento, Benedicto había sido una pequeña mota blanca en el paisaje, pero era mucho más. Era el sucesor de Pedro pisando tu ciudad, tus calles, visitando a tus vecinos.
Era tu barrio obligado a pronunciarse –está tan cerca que no puedes hacer como si nada−. Era tu fe saliendo de la intimidad de tu casa.
Era pasar de la vergüenza del dedo acusador o despreciativo −«¿todavía crees en la Iglesia?»− a la alegría de la comunión en el Espíritu.
Eran los rostros de desconocidos que, sin una larga historia, se hacían familiares porque compartías con ellos lo más grande que tenías.
Sor Teresa Cardoso
Fuente: ReL
