"Tengan siempre en cuenta – enfatizó Francisco – que en la raíz de los conflictos siempre hay algo de ingratitud y pensamientos ávidos, de poseer pronto las cosas”
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A la hora del Ángelus del domingo 8 de octubre,
Francisco reflexionó sobre la parábola de los viñadores infieles evidenciando
lo que sucede cuando el hombre se olvida de la gratitud. “¡La ingratitud genera
violencia, mientras que un simple “gracias” puede restablecer la paz!”
“Cuando el hombre se cree que se
hace a sí mismo y se olvida de la gratitud, olvida la realidad fundamental de
la vida: que el bien viene de la gracia de Dios, de su don gratuito”: fue la
observación del Papa Francisco en su alocución previa a la oración del Ángelus
del XXVII domingo del tiempo ordinario, reflexionando sobre la parábola
evangélica de los viñadores infieles del Evangelio de Mateo.
Asomado desde la ventana del
Palacio Apostólico, ante una soleada plaza de San Pedro, el Papa habló a los
peregrinos congregados de esta “parábola dramática con un final triste”
(cfr. Mt 21,33-43): la del dueño de una viña que la arrienda
porque debe irse al extranjero y cuando llega el momento de la vendimia, “envía
a sus siervos para recibir los frutos. Pero los viñadores los maltratan y los
matan”; y cuando manda a su hijo, “ellos lo matan también”. El Santo Padre
afirmó que “el propietario hizo todo bien, con amor”, confió la viña a los
viñadores “arrendándoles su preciado bien y tratándolos de manera justa, para
que estuviese bien cultivada y diese fruto”.
Sin embargo, en la mente de los
viñadores se insinuaron pensamientos ingratos y ávidos.
“No tenemos necesidad de dar nada al dueño. El producto de nuestro trabajo es
solamente nuestro. ¡No tenemos que rendir cuentas a nadie!”.
"Tengan siempre en cuenta –
enfatizó Francisco – que en la raíz de los conflictos siempre hay algo de
ingratitud y pensamientos ávidos, de poseer pronto las cosas”.
Según el Papa, los viñadores
“deberían estar agradecidos por todo lo que han recibido y por el modo en que
han sido tratados. En cambio, señaló, “la ingratitud alimenta la avidez,
y crece en ellos un sentimiento progresivo de rebelión que los lleva a ver la
realidad de manera distorsionada, a sentirse acreedores en vez de deudores del
propietario que les había dado trabajo”. Y así “de viñadores se convierten en
asesinos”.
El Obispo de Roma recordó entonces
“lo que sucede cuando el hombre se cree que se hace a sí mismo y se olvida de
la gratitud”, olvidando así “la realidad fundamental de la vida: que el bien
viene de la gracia de Dios, que el bien viene de su don gratuito”.
Cuando olvida esto, la gratuidad de
Dios, termina por vivir la propia condición y el propio límite no ya con la
alegría de sentirse amado y salvado, sino con la triste ilusión de no tener
necesidad de amor ni de salvación. Uno ya no se deja querer, y se encuentra
prisionero de su propia codicia, prisioneros de la necesidad de tener más que
los demás, de querer estar por encima de los demás.
De ahí –indicó– provienen tantas
insatisfacciones y recriminaciones, tantas incomprensiones y tantas envidias; y
que, a causa del rencor, se puede caer en el torbellino de la violencia.
“Sí, queridos
hermanos y hermanas, ¡la ingratitud genera violencia, nos quita la paz y nos
hacer sentir y hablar gritando, sin paz, mientras que un simple “gracias” puede
restablecer la paz!”
Por ello, el Pontífice invitó a
preguntarnos si nos damos cuenta de que hemos recibido la vida como un don, que
todo comienza por la gracia del Señor. "Y sobre todo en respuesta a la
gracia, ¿sé decir 'gracias'?", preguntó.
“Las tres
palabras que son el secreto de la convivencia humana: gracias, permiso, perdón.
¿Yo sé decir estas tres palabras?”
“Preguntémonos – añadió – si esas
pequeñas palabras, ‘gracias’, ‘permiso’, ‘perdón’, ‘disculpa’ están presentes
en nuestras vidas”.
Al concluir su
alocución, Francisco dirigió su oración a María para que “nos ayude a hacer de
la gratitud la luz que surge todos los días del corazón”.
Cecilia Mutual
Vatican News
