Hablar de maternidad significa la necesidad de repensar las relaciones en principios como el cuidado, la apertura al otro y lo otro con todos los matices que comporta la apertura a la pluralidad, desde la revalorización de lo concreto
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Hace no mucho escuchaba en una entrevista a la periodista Samanta Villar, decir que la
maternidad está muy idealizada, que con ella tu vida se destruye y luego haces
una reconstrucción.
La periodista, que ha rodado un programa televisivo en el que
muestra sus nueve meses de embarazo hasta el nacimiento de sus mellizos («Nueve
meses con Samanta»), explicaba que no es tan bonito como lo pintan y que «el
problema de que la maternidad esté tan idealizada es que si tú te quejas,
acabas estigmatizada, está mal visto que una mujer se queje de ser madre o del
embarazo.»
Esta descripción de
los estigmas de la maternidad, aparece así como el corolario moderno de
una continua relegación de la maternidad al ámbito privado, secundario, en
el que el hecho de ser madre – con todo lo que lleva aparejado- es una especie
de «prejuicio» para muchas mujeres que prefieren seguir en la onda de la
independencia económica, profesional y sexual.
Ser madre es un
sacrificio demasiado costoso si se quiere pensar en términos de mujer
«empoderada».
Recuerdo a una amiga
mía que cuando fue madre dejó de trabajar para cuidar a su bebé. Durante mucho
tiempo sintió vergüenza de confesar que era ama de casa, porque todas las
mujeres trabajaban y no quedaba bien decir que era una madre recluida que se
dedicaba «a sus labores».
La liberación de la
mujer, fruto de la revolución sexual de mayo del 68, trajo consigo discursos en
los que la «erradicación de la maternidad» a través del derecho al aborto y del
uso de anticonceptivos (Simone de Beauvoir), constituían todo un principio a
seguir por parte del feminismo más radical en aras de conseguir la verdadera
igualdad.
La huida de la
realidad, el vaciamiento de la identidad, la ausencia de vínculos y la
incapacidad para comprometerse en una vida que siempre supone un grado de
concreción, han sido algunas de las consecuencias de una revolución que ha
surtido efectos en la visión de la maternidad como una pieza que no
encaja en el ideal de emancipación femenina.
Si a eso le añadimos
la esclavitud y servilismo de la mujer al mundo del trabajo, es fácil constatar
que el deseo de ser madres se haya debilitado, pues hemos perdido la capacidad
de decidir sobre nosotras mismas al sobreestimar la productividad laboral mucho
más que la dedicación familiar, que queda en segundo plano.
Esto principió la
búsqueda de una felicidad que ha intensificado una infelicidad creciente -no es
irrelevante que se haya triplicado el consumo de ansiolíticos y
antidepresivos-, el sentimiento de vacío y de soledad en el que la sociedad del
espectáculo nos empuja a sobrevivir a través de personajes en los que nos
reinventamos.
Ya lo dijo Hanna
Arendt: «La demanda universal de felicidad y la infelicidad creciente en
nuestra sociedad (dos caras de la misma moneda) son las señales más persuasivas
de que hemos empezado a vivir en una sociedad del trabajo a la que le falta el
suficiente para mantenerla satisfecha, porque sólo el animal laborans,y
no el artista o el hombre de acción, ha pedido alguna vez ser feliz o
pensó que los hombres mortales pudieran ser felices». Mayo del 68 no resolvió
el problema de la felicidad, solo nos hizo mirar hacia otro lado, o hacia
ninguno.
La sociedad del
«bienestar» ha hecho crecer nuestro «malestar». El culto al dinero, al trabajo
productivo sin descanso, al éxito profesional, al hiperconsumismo, sin dolernos
prendas en renegar de la maternidad, a la que cada vez se ponen más trabas, son
los signos de una sociedad que envejece, «la sociedad del cansancio» como
apunta el filósofo Byung Chul Han. De ahí que ser madre hoy tenga más de
sacrificio que de alegría, más de heroicidad que de humilde entrega.
Sin embargo, ser
madre, hoy y siempre, es más propio de la tarea de un héroe sin capa, o de los
santos de la puerta de al lado, aquellos que contemplan lo pequeño, lo
vulnerable y más necesitado, como requerido de todo nuestro cuidado, capaces de
percibir el milagro de lo extraordinario en lo ordinario, de ver que lo grande
reside en lo pequeño, en lo más pequeño.
Ser madre tiene más
que ver con la labor del santo que del artista. Victoria Ocampo, escritora,
ensayista, traductora y mecenas argentina, lo sabía muy bien: «Lo que
diferencia principalmente a los grandes artistas de los grandes santos (aparte
de otras diferencias) es que los artistas se esfuerzan en poner la perfección
en una obra que les es exterior, por consiguiente fuera de sus vidas, mientras
que los santos se esfuerzan en ponerla en una obra que les es interior y que no
puede, por tanto, apartarse de sus vidas. El artista trata de crear la
perfección fuera de sí mismo, el santo en sí mismo […]Quizá el niño haya hecho
a menudo de la mujer un artista tentado por la santidad. Porque para esforzarse
en poner perfección en esa obra que es la suya, el niño, necesita empezar por
esforzarse en poner perfección en sí misma y no fuera de sí misma. Necesita
tomar el camino de los santos y no el de los artistas. El niño no tolera que
traten de poner en él las perfecciones que no ve en nosotros.» (La mujer y
su expresión).
Necesitamos recuperar
el profundo sentido de la maternidad, lo que ella aporta de esperanza, de
novedad radical. Hablar de maternidad significa la necesidad de repensar las
relaciones en principios como el cuidado, la apertura al otro y lo otro con
todos los matices que comporta la apertura a la pluralidad, desde la
revalorización de lo concreto.
La maternidad implica
ser conscientes del emerger del mundo de la vida y de su trama de solidaridades
y de humanidad. Solo podremos tener capacidad de proyecto futuro si no perdemos
de vista esta valiosísima vocación de entrega que es la mayor de las
fecundidades, y no el éxito o el dinero, que solo son sucedáneos que tapan la
conexión del ser humano con su origen -el origen de la vida- y su
destino.
La maternidad por
tanto no es solo cosa de mujeres, aunque «la mujer es, pues, quien deja su
marca indeleble y decisiva sobre esta cera blanda» (de nuevo, Ocampo).
Entenderla y comprenderla, sin idealizaciones, pero tampoco sin absolutismos
que encierren a la mujer en el estrecho círculo de la familia, es tarea de toda
la humanidad. Porque la humanidad futura depende de la nuestra.
«Lo que cada una de
nosotras realiza en su pequeña vida tiene inmensa importancia, inmensa fuerza
cuando las vidas se suman. No hay que olvidarlo», dice Victoria Ocampo, y
renegar, postergar o relegar la maternidad a un valor secundario es seguir
dando poder a una visión machista que construye el futuro a costa del fruto de
nuestras entrañas, en el que como perros fieles servimos a los intereses del
mercado y del Estado, cuyos principios siguen siendo androcéntricos,
competitivos y depredadores de la mujer y su expresión. Necesitamos mayor
conciliación entre vida familiar y laboral, necesitamos políticas que eliminen
las trabas que constantemente se ponen a la maternidad, solo sustituidas por el
fácil acceso al aborto y a los anticonceptivos, o consolidadas a través de
mayor número de guarderías.
«¡Qué valiente!» -me
dicen mis amigas cuando les digo que tengo cuatro hijos-. «¿Cómo lo haces?».
Pues apostando por la vida, apostando cada día, no solo cuando decides tener
hijos, que después te exigirán una obediencia y atención completa a una
realidad siempre distinta.
Porque los hijos
cambian y nos cambian. No solo a las mujeres, también a los hombres. Dar la
vida, educar a nuestros hijos -con todas nuestras limitaciones- es cambiar el
mundo, empezando por nosotros mismos, y eso, es motivo de orgullo. ¿Orgullo de
ser madre? Sí, orgullo, y no prejuicio. La maternidad es un valor en alza. No
solo para las que tienen hijos, también para las que no los tienen, en realidad
para todos los hombres y mujeres, porque nuestro mundo, desde la entrega y el
cuidado a todo lo vivo y personal, es más verdadero y bello, merece más la
pena, dándonos una felicidad que ninguno de los agentes económicos, políticos o
laborales nos puede arrebatar.
Feliciana
Merino Escalera
Fuente: Aleteia
