En el Evangelio de este domingo Jesús define la misión del cristiano con imágenes muy expresivas y significativas: sal de la tierra, luz del mundo y ciudad edificada sobre un monte
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| Dominio público |
Es claro que
no se trata de un protagonismo narcisista lo que propone Jesús a sus
discípulos, pues la finalidad de vivir así es que, «los hombres vean vuestras
buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». La vida del
cristiano debe remitir siempre a Dios.
En realidad,
todo se reduce a hacer buenas obras, porque el cristianismo no es una hermosa
teoría sobre el amor, sino su práctica. Por eso, en la lectura de Isaías de
hoy, se dice: «Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu
luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía» (Is 58,9-10). La práctica
del amor es la luz que ilumina al mundo y la sal que lo vivifica.
La reducción
del cristianismo a una teoría, por hermosa que sea, es lo más grave que puede
suceder a quien lo profesa. La fe que no cristaliza en obras es una fe muerta.
Desde el comienzo del cristianismo, tanto Jesús como sus apóstoles han
entendido que la caridad es la esencia, no solo de Dios, sino de la iglesia fundada
por Cristo. En el texto de san Pablo, que leemos hoy en la liturgia, el apóstol
dice que su predicación no fue «con persuasiva sabiduría humana» ni «con
sublime elocuencia», como hacían los oradores de su tiempo. San Pablo no quería
poner como fundamento de la fe la sabiduría humana, sino el poder de Dios que,
paradójicamente, se ha revelado en Cristo y éste crucificado. La imagen de
Cristo crucificado lo dice todo, porque es, como decía san Ignacio de Antioquía
el «amor crucificado», es decir, el amor llevado a su máxima expresión. La
dramática separación que, según el Concilio Vaticano II, se viene realizando
desde la Ilustración hasta nuestros días entre la fe y la vida, que discurren
como vías paralelas, ha desvirtuado la fe y ha banalizado la vida. Lo expresa
muy bien el dicho: una cosa es predicar y otra dar trigo. Si la fe no se
encarna en la vida y la configura en todos sus aspectos, es como la sal que
solo sirve para tirarla y que la pise la gente. Una fe que no sirva para vivir
en plenitud nuestra condición humana, a imagen del Creador, es una fe
inservible, muerta.
Cuando hoy se
afirma que la presencia pública de los cristianos en la vida social, cultural y
política es nula, estamos constatando que la fe se ha convertido en un objeto
de estética litúrgica. Y Dios no quiere un culto vacío, sin implicación en la
vida real. Por eso, el profeta Isaías, en el texto citado anteriormente, afirma
que el culto que Dios desea es «desatar las correas del yugo, liberar a los
oprimidos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techos,
cubrir al que ves desnudo». ¿Nos suenan estas imágenes? Son muy parecidas a las
que pronuncia Jesús cuando habla del juicio que Dios realizará al fin de la
historia. Vivir así es poner la luz sobre el candelero, sin esconderlo bajo el
celemín. «Entonces —dice el profeta— surgirá tu luz como la aurora».
Cuando los que
no aman a la Iglesia pretenden recluirla en la sacristía sin influencia en la
vida pública, saben muy bien que es el modo de apagar la luz, desnaturalizar la
sal y lograr que arruinar la ciudad edificada sobre el monte. Los ataques más
eficaces contra el cristianismo no han sucedido con la muerte de los mártires,
sino en los intentos racionalista que, desde el primer gnosticismo hasta sus
nuevas manifestaciones, han pretendido convertir la fe cristiana en puro
subjetivismo piadoso desconectado de la vida real, en la que el hombre se juega
su destino.
+ César Franco
Obispo de
Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
