Qué piden las Sagradas Escrituras ante estas feas costumbres?
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| Foto: Ben White / Unsplash. Dominio público |
En
esta misma línea reflexionó en su blog monseñor Charles Pope, párroco en Washington,
D.C., conferenciante y predicador de éxito en Estados Unidos, donde es uno de
los más influyentes creadores de opinión católicos.
"Algunos
de los pecados más comunes que
cometemos están relacionados con la palabra", recuerda el sacerdote:
"Las murmuraciones, la conversación ociosa, las exageraciones, los agrios
reproches y los comentarios sin caridad. Con nuestra lengua podemos expandir el
odio, alimentar el miedo y la malicia, difundir falsas informaciones, inducir a
la tentación y al desánimo, enseñar el error y arruinar reputaciones. ¡Con un don capaz de hacer
mucho bien, sin duda podemos hacer mucho daño!"
De
hecho, "el autodominio de la lengua está entre los dones más raros y
normalmente se consigue al final de la vida", añade, pues "aunque con
la gracia de Dios se puede vencer numerosos pecados, los asociados a la palabra suelen ser los últimos que se
superan".
Diez tipos de lengua que la Biblia
rechaza
Siguiendo
al pastor baptista James
L. Menton, monseñor Pope enumera diez tipos de lenguas, según su inclinación a las diversas
especies de maledicencias, y propone para la meditación un texto de las
Sagradas Escrituras referido expresamente a ella.
1. La lengua
mentirosa,
que habla falsedades con la intención de engañar.
"El
Señor detesta los labios mentirosos; le agrada, en cambio, el hombre
sincero" (Prov 12, 22).
2. La lengua aduladora, que exagera las
buenas cualidades de otros para congraciarse con ellos... una forma de mentir.
"Extirpe
el Señor los labios embusteros y la lengua fanfarrona" (Sal 12[11], 4).
3. La lengua orgullosa, que, como dice el
refrán, viene con las dos orejas cerradas. La lengua orgullosa está
demasiado segura y jactanciosa de lo que dice. Quienes tienen la lengua
orgullosa no se dejan corregir fácilmente y no saben valorar ni discernir sus
comentarios.
"Extirpe
el Señor los labios embusteros y la lengua fanfarrona de los que dicen: «La
lengua es nuestra fuerza, nuestros labios nos defienden, ¿quién será nuestro amo?»"
(Sal 12[11], 4-5).
4. La lengua incansable, que
habla demasiado, en particular de aquello de lo que sabe poco.
"El
exceso de palabras descubre al necio" (Ecles 5, 2).
5. La lengua
precipitada,
que habla antes de lo debido, incluso antes de tener toda la información.
"Cuando
lleves un asunto ante Dios, no tengas prisa en hablar ni tomes decisiones
precipitadas. Dios está en el cielo y tú en la tierra: sean contadas tus
palabras" (Ecles 5, 1).
"Que
toda persona sea pronta para escuchar, lenta para hablar" (Sant 1, 19).
6. La lengua
murmuradora,
que habla de los demás a sus espaldas y deshonra taimadamente el buen nombre de
una persona. Monseñor Pope recuerda la distinción entre dos pecados: la calumnia,
que es mentir abiertamente sobre otra persona, y la detracción,
que es resaltar innecesariamente los defectos de los demás para dañar su
reputación.
"Viento
del norte trae la lluvia; lengua embustera, rostro furioso" (Prov 25, 23).
7. La lengua
delatora,
que difunde innecesariamente (a menudo de forme hiriente) información sobre
otros. Los chivatos difunden información personal sobre los demás que no
debería compartirse.
"El
chismoso descubre secretos, deja la compañía del charlatán" (Prov 20, 19).
"No
andarás difamando a tu gente, ni declararás en falso contra la vida de tu
prójimo" (Lev 19, 16).
8. La lengua
maldiciente,
que desea el mal a los demás y que se condenen.
"Ya
que amó la maldición, ¡recaiga sobre él!; despreció la bendición, ¡aléjese de
él!" (Sal 109, 17).
9. La lengua
punzante,
que habla con acritud y severidad innecesarias.
"Proclama
la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda
magnanimidad y doctrina" (2 Tim 4, 2).
"No
increpes al anciano, sino exhórtalo como a un padre; a los jóvenes, como a
hermanos; a las ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con
toda pureza" (1 Tim 5, 1-2).
10. La lengua
silente,
que no habla cuando debería advertir a la gente del pecado, atraerles al Reino
y anunciar la Verdad de Jesucristo. "En nuestro tiempo", lamenta
monseñor Pope, "los cristianos hemos asistido en silencio al triunfo del
mal y de las malas conductas. Los profetas están para proclamar la Palabra de
Dios".
"Los guardianes están ciegos, no se dan cuenta de nada: perros mudos, incapaces de ladrar, vigías perezosos con ganas de dormir" (Is 56, 10).
"Nuestras
palabras disparan lo que
no deberían y callan lo que deberían. ¡Qué lamentable es nuestra
condición!", concluye Pope, antes de invitar a leer, sobre todo, los
libros sapienciales de la Biblia, y en particular los Proverbios,
porque nos enseñan de numerosas formas la visión de Dios sobre este mal.
L. C.
Fuente: ReL
