La parábola del Buen Samaritano, que se proclama en la liturgia de este domingo, contiene la enseñanza de Jesús sobre la conducta moral del hombre que va más allá de los convencionalismos sociales y religiosos típicos de todas las épocas y culturas.
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| Dominio público |
La
pregunta que el letrado judío hace a Jesús, queriendo aparecer justo, le coloca
contra las cuerdas de su propia moral, cuando Jesús le dice: «Anda y haz tú lo
mismo». Solo el samaritano se comportó como prójimo al descender de su
cabalgadura, auxiliar al herido y llevarlo a la posada asumiendo los gastos del
hospedaje.
En la ley judía estaba escrito que para alcanzar la vida
eterna era preciso amar a Dios con todo el ser y al prójimo como a uno mismo. Todo
judío piadoso sabía esto. Sin embargo, la histórica enemistad entre judíos y
samaritanos se había hecho crónica. Por ello, Jesús, al ser interpelado por el
letrado —«¿quién es mi prójimo?»— escoge a un prototipo de persona que estaba
lejos de ser considerado prójimo: un enemigo samaritano. Jesús, por tanto,
interpreta la ley, abriéndola a horizontes nuevos que superaban el
particularismo judío. Enseña que, aunque la ley estaba escrita con claridad
—amarás al prójimo como a ti mismo— se restringía a la propia subjetividad.
Para valorar el alcance de la enseñanza de Jesús, al
presentar a un enemigo como «prójimo», es necesario comprender lo que dice el
pasaje del libro del Deuteronomio que se lee hoy como primera lectura y que
termina con estas palabras: «El mandamiento está muy cerca de
ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas» (Dt 30,14). La importancia
de este pasaje es que no se habla de la ley escrita, sino de la que está en el
corazón y pronunciamos con los labios. El hombre, viene a decir este pasaje,
tiene grabada en el corazón una ley que le dicta lo que debe hacer. Cuando
quiere aparecer justo, como el letrado judío, la proclama con los labios, pero su
conducta le contradice y, según dice san Pablo, hace lo que no quisiera hacer:
el mal.
La dificultad en nuestros días está en que el hombre ha renunciado —hablo en general— a una moral universal, inscrita en el corazón. Es lo que llamamos ley natural, que Dios ha impreso en nuestros corazones al hacernos a su imagen y semejanza. Según el Deuteronomio, esta ley no excede nuestras fuerzas ni es inalcanzable, está cerca de nosotros: en el corazón y en los labios. Podemos vivirla y enunciarla, siempre que entremos en nuestro interior y reconozcamos con sinceridad la voz de la conciencia. La tendencia del hombre es querer aparecer justo.
En este sentido, es llamativa la facilidad con que hablamos de ética, moral, derechos humanos, valores… y, con la misma facilidad, los negamos con nuestro comportamiento. Solo la verdad de los hechos nos sitúa ante nuestra radical contradicción: profesamos el bien y hacemos el mal. La parábola de Jesús deja al letrado judío al descubierto.
Después de haber descrito el comportamiento de los tres
personajes que pasan junto al herido, Jesús hace una pregunta muy sencilla: «¿Cuál
de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los
bandidos?». El letrado no duda en contestar: «El que practicó la misericordia
con él». Y Jesús saca la conclusión sin apelar a ninguna ley escrita, sino a lo
que el corazón le ha dictado: «Anda y haz tú lo mismo». Así de cerca tenemos la
ley, basta entrar con sinceridad en el corazón donde Dios habla.
César Franco
