Acaba de publicar un «Catecismo de la vida espiritual»
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Cardenal Robert Sarah. Dominio público |
-Usted ha escrito un nuevo libro que
lleva el título de Catecismo. No de la Iglesia, sino de nuestra vida
espiritual... ¿Por qué ha sentido la necesidad de escribir sobre este tema?
-La
vida espiritual es lo más íntimo, lo más precioso que tenemos. Sin ella, somos
animales infelices. Quería subrayar este punto: la espiritualidad no es un
conjunto de teorías intelectuales sobre el mundo. La espiritualidad es una vida, la vida de nuestra alma.
»Llevo
años viajando por el mundo, conociendo a gente de todas las culturas y
condiciones sociales. Pero puedo afirmar una constante: la vida, si no es
espiritual, no es realmente humana. Se convierte en una triste y agónica espera
de la muerte o en una huida hacia el consumo materialista. ¿Sabía que durante
el confinamiento, una de las palabras más buscadas en Google fue la palabra
"oración"?
»Nos
hemos ocupado de la economía, de los salarios, de la sanidad, ¡esto está bien!
Pero ¿quién se ha ocupado de su alma?
»Quería
responder a esta expectativa inscrita en el corazón de todos. Por eso he
elegido este título, Catecismo
de la vida espiritual. Un catecismo es una colección de
verdades fundamentales. Tiene una finalidad práctica: ser un punto de referencia
incuestionable más allá del flujo de opiniones. Como cardenal de la
Iglesia católica, he querido dar a todos un punto de referencia para los
fundamentos de la vida del alma, de la relación del hombre con Dios.
-Usted ya había escrito un libro sobre La
fuerza del silencio. En este libro, usted sigue insistiendo
mucho en la necesidad vital de encontrar el silencio. ¿Qué podemos encontrar
tan importante en el silencio?
-Permítame
que le dé la vuelta a la pregunta: ¿qué podemos encontrar sin el silencio? El
ruido está en todas partes. No solo en las bulliciosas ciudades envueltas por
el estruendo de los motores; incluso en el campo es raro no ser perseguido por
un fondo musical intrusivo. Incluso la soledad está colonizada por las
vibraciones del teléfono móvil.
»Por
consiguiente, sin el
silencio, todo lo que hacemos es superficial. Porque en el silencio podemos
volver a lo más profundo de nosotros mismos. La experiencia puede ser
aterradora. Algunas personas ya no pueden soportar este momento de verdad en el
que lo que somos ya no está enmascarado por ningún disfraz. En el silencio, ya no hay forma de
escapar a la verdad del corazón. Entonces se revela nuestro interior: la
culpa, el miedo, la insatisfacción, los sentimientos de carencia y el vacío.
Pero este pasaje es necesario para escuchar a Aquel que habla a nuestro
corazón: Dios. Él es "más íntimo a mí mismo que yo", dice San Agustín.
»Se
revela dentro del alma. Es ahí donde comienza la vida espiritual, en esa
escucha y diálogo con el otro, el Totalmente Otro, en lo más profundo de mí.
Sin esta experiencia fundacional del silencio y de Dios que habita en el silencio, nos quedamos en la
superficie de nuestro ser, de nuestra persona. ¡Qué pérdida de tiempo! Cuando
me encuentro con un monje o una monja ancianos, desgastados por años de
silencio diario, me sorprende ver la profundidad y la radiante estabilidad de
su humanidad. El hombre solo es verdaderamente él mismo cuando ha encontrado a
Dios, no como una idea, sino como la fuente de su propia vida. El silencio es el primer paso
en esta vida verdaderamente humana, en esta vida del hombre con Dios.
-Entendemos que encontrar el silencio es
bastante original para nuestro tiempos. Es más, usted nos recuerda que debemos
obligarnos a encontrarlo... en una época de comodidad, bienestar y rechazo casi
sistemático del esfuerzo. ¿Es necesario romper con los tiempos para ser un buen
cristiano?
-Tiene
usted razón al señalar esto. ¡No animo a ir con el viento! Una ambición de hoja
muerta, como dijo Gustave
Thibon. Vivir, vivir plenamente, requiere un compromiso, un esfuerzo y a
veces una ruptura con la
ideología del momento. En un mundo donde el materialismo consumista dicta
el comportamiento, la vida espiritual nos compromete a una forma de disidencia.
No se trata de una actitud política, sino de una resistencia interior a los dictados de la cultura mediática.
»No,
la comodidad, el poder y el dinero no son los fines últimos. Nada bello se
construye sin esfuerzo. Esto es cierto en todas las vidas humanas. Es aún más
cierto en el plano espiritual. El Evangelio no nos promete una "superación
personal sin esfuerzo" como muchas de las pseudoespiritualidades baratas
que abarrotan las estanterías de las librerías. Nos promete la salvación, la
vida con Dios. Vivir la
vida misma de Dios implica una ruptura con el mundo. Esto es lo que el
Evangelio llama conversión. Es un giro de todo nuestro ser. Una inversión de nuestras prioridades
y nuestras urgencias. Significa a veces ir a contracorriente. Pero cuando
todo el mundo corre hacia la muerte y la nada, ¡ir a contracorriente es ir
hacia la vida!
-El mundo ve a la Iglesia como una
institución milenaria, pero a menudo plagada de los mismos males que el resto
de la sociedad. El tema de la pedofilia es un ejemplo... ¿Cómo deben entender
los cristianos (y quizás explicar) lo que es la Iglesia en sus vidas?
-La
Iglesia está formada por hombres y mujeres que tienen las mismas faltas, los
mismos defectos, los mismos pecados que sus contemporáneos. Pero estos pecados,
cuando son cometidos por hombres de la Iglesia, escandalizan profundamente a
creyentes y no creyentes. Todo el mundo sabe intuitivamente que la Iglesia nos da los medios
de la santidad, todo el mundo sabe que el fruto más hermoso de la Iglesia
son los santos. San Juan
Pablo II, Santa Madre
Teresa, San Carlos de
Foucauld son el verdadero rostro de la Iglesia.
»Sin
embargo, la Iglesia es también una madre que carga con los hijos recalcitrantes
que somos. Nadie sobra en la Iglesia de Dios: los pecadores, los que flaquean
en su fe, los que se quedan en el umbral sin querer entrar en la nave. Todos
son hijos de la Iglesia. La
Iglesia es nuestra madre porque puede darnos sus dos tesoros. Ella puede
alimentarnos con la
doctrina de la fe que recibió de Jesús y que transmite de siglo en
siglo. Ella puede curarnos a través de los sacramentos que nos transmiten la vida
espiritual, la vida con Dios, lo que se llama la gracia.
»La
Iglesia es, pues, una madre para nosotros porque nos da la vida. A menudo
nuestra madre nos molesta porque nos dice lo que no queremos oír. Pero en el
fondo la queremos con gratitud. Sin ella, sabemos que no seríamos nada. Lo
mismo ocurre con la Iglesia, nuestra madre. Sus palabras son a veces difíciles
de escuchar. Pero seguimos volviendo a ella, porque solo ella puede darnos la
vida que viene de Dios.
»La Iglesia es el rostro humano de
Dios. Es veraz, justa y misericordiosa, pero a menudo desfigurada por los
pecados de los hombres que la componen.
-Los que no se declaran católicos aman a
la Iglesia cuando se transforma en una ONG global, a la escucha de los más
pobres, de las minorías, de los perseguidos, de los diferentes... Y es una
tentación que a veces parece impulsarla. ¿En qué es más que una súper ONG con
sucursales en todos los países del mundo?
-Los
que no se identifican como creyentes no esperan que la Iglesia sea una ONG
internacional, una sucursal de la bienpensante ONU. Lo que describe usted es
más bien el caso de cristianos
acomplejados que quisieran ser aceptables para el mundo, populares según
los criterios de la ideología dominante.
»Por
el contrario, los incrédulos esperan que hablemos de fe, que hablemos claro.
Esto me recuerda lo que viví en Japón cuando me encargué de llevar la ayuda
humanitaria de la Santa Sede tras el tsunami. Frente a estas personas que lo
habían perdido todo, comprendí que no solo debía dar dinero. Comprendí que
necesitaban algo más. Una
ternura que solo viene de Dios. Así que recé durante mucho tiempo en
silencio frente al mar por todas las víctimas y los supervivientes. Unos meses
después, recibí una carta de un budista japonés que me decía que cuando había
decidido suicidarse por desesperación, esta oración le había devuelto el
sentido de la dignidad y el valor de la vida. Había experimentado a Dios en ese
momento de silencio. ¡Esto es lo que el mundo espera de la Iglesia!
-Usted insiste mucho en la oración.
¿Cómo podemos rezar cuando tenemos la impresión de repetir lo mismo una y otra
vez, de ser más o menos escuchados...? ¿Qué debemos buscar realmente en la
oración?
-Esta
es una cuestión fundamental. La oración no consiste en una letanía de
peticiones. Y la eficacia de la oración no se mide por si se responde más o
menos. De hecho, es muy sencillo. ¡Rezar es hablar con Dios! No necesitamos fórmulas
extravagantes para ello, aunque a veces puedan ayudarnos. ¿Qué tenemos que
decir a Dios?
En primer lugar, que lo
adoramos, que reconocemos su grandeza, su belleza, su poder, tan lejos de nuestra
pequeñez, de nuestro pecado, de nuestra impotencia. Adorar es la actividad más
noble del hombre. Occidente
ya no puede mantenerse en pie porque ya no sabe arrodillarse. No hay nada
humillante en ello. Arrodillarse es ocupar un lugar ante Dios.
»Rezar
es también decirle a Dios
nuestro amor. Con nuestras palabras, le agradecemos su amor gratuito por
nosotros, por la salvación eterna que nos ofrece. Rezar es decirle nuestra
confianza, pedirle que apoye nuestra fe. Rezar es, finalmente, callar ante Él, hacerle un
hueco.
»¿Me
pregunta qué hay que buscar en la oración? Le respondo que no busque nada. Busque a alguien:
a Dios mismo, que se revela con el rostro de Cristo.
-Un catecismo escrito por un cardenal se
dirige necesariamente a los cristianos... ¿Los que no tienen fe y que nos leen
hoy también forman parte de su reflexión? ¿Los que no creen que Dios existe
necesitan el mismo silencio?
-¡Por
supuesto! Me dirijo a todos. El silencio no está reservado a los monjes, ni a
los cristianos. El
silencio es un signo de humanidad. Me gustaría invitar a todas las personas
de buena voluntad, creyentes o no, a experimentar este silencio. ¡Atrévanse a parar!
Atrévanse a callar. Atrévanse a dirigirse a un Dios que quizás no conozcan,
en el que ni siquiera crean.
»Benedicto XVI repite a
menudo una frase que leyó en Pascal,
el filósofo francés: "¡Haz lo que hacen los cristianos y verás que es
verdad!". Me atrevo a decir a todos: atrévanse a experimentar la oración,
aunque no crean, y verán. No se trata de revelaciones extraordinarias, visiones
o éxtasis. Pero Dios habla
al corazón en silencio. El que tiene el valor del silencio acaba
encontrándose con Dios.
»Charles
de Foucauld es el mejor ejemplo de ello. No creía, había
rechazado la fe de su infancia y no llevaba una vida cristiana, por no decir
otra cosa. Sin embargo, tras experimentar el silencio en el desierto, su
corazón se abrió al deseo de Dios. Dejó que surgiera en su vida.
-Usted también habla de la práctica de
los sacramentos para alimentar el alma. ¿Puede explicar lo que son realmente,
ya que reprocha que a veces se malinterpreta su significado?
-Los
sacramentos son contactos
reales con Dios a través de signos sensibles. Nuestra época tiende a
reducirlas a ceremonias simbólicas, ocasiones rituales para reunirse, para
tener una celebración familiar. Son mucho más profundos que eso. Mediante el
signo sensible del agua derramada en la frente de un niño en el bautismo, Dios
lava realmente el alma de este niño y viene a habitarla. No se trata de una metáfora poética. ¡Es una realidad! A
través de los sacramentos, Dios nos toca, nos lava, nos cura, nos alimenta.
»Tal
vez a veces nos sintamos un poco celosos de los apóstoles y de los que
conocieron a Cristo.
Lo tocaron, lo besaron, lo abrazaron. Él los bendijo, los consoló y los
fortaleció. Y nosotros... tantos años nos separan de Él. Pero tenemos los
sacramentos. A través de
ellos, estamos físicamente en contacto con Jesús. Su gracia viene a
nosotros. No se trata de un símbolo bonito que solo es tan bueno como nuestro
fervor. No. Los sacramentos son efectivos. Pero debemos dejar que produzcan su
fruto en nosotros, preparando nuestras almas mediante la oración y el silencio. Entonces, de verdad, si me
confieso, es el mismo Jesús quien me perdona. Si participo en la misa, estoy
participando realmente en el sacrificio de la cruz. Si comulgo, es realmente
Él, Cristo, Jesús, quien entra en mí para alimentarme. Los sacramentos son los
pilares de la vida espiritual.
-Los sacramentos también van acompañados
de una liturgia... ¿No es necesario también un acompañamiento para que todos
puedan tomar conciencia del valor real de estos signos?
-Es
cierto. ¡Hay una inmensa necesidad de catecismo! Con demasiada frecuencia, las
enseñanzas de los sacerdotes se desvían y se convierten en comentarios sobre la
actualidad o en discursos filosóficos. Creo que la gente espera de nosotros un catecismo claro y sencillo que
explique el sentido de la vida cristiana y los ritos que la acompañan. Sería
bueno que las homilías explicaran el significado de los gestos de la misa. ¡Eso
sería fructífero! Pero también creo que la liturgia habla por sí misma. Habla
al corazón. El canto gregoriano no necesita traducción porque evoca la grandeza
y la bondad de Dios. Cuando el sacerdote se dirige a la cruz, todo el mundo
entiende que nos señala la dirección de nuestra vida, la fuente de luz. La liturgia es un catecismo del
corazón.
Traducido por Verbum Caro.
Fuente: ReL