El Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico
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Un corazón
abierto, una escucha verdadera, una sonrisa transparente: tres aspectos
esenciales para “celebrar la fiesta” y alegrarse con quienes están lejos y se
arrepienten, mencionados por el Santo Padre al reflexionar sobre el Evangelio
de este domingo: la parábola del hijo pródigo. “Quien tiene un corazón
sintonizado con Dios, cuando ve el arrepentimiento de una persona, por graves
que hayan sido sus errores, se alegra”, remarcó el Pontífice.
Este
27 de marzo, cuarto domingo de Cuaresma, el Papa Francisco rezó la oración
mariana del Ángelus desde
la ventana del Palacio Apostólico. Ante los 30.000 fieles congregados en la
Plaza de San Pedro, el Santo Padre reflexionó sobre el Evangelio de hoy que
narra la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc. 15,11-32).
Según
el Pontífice, este relato “nos lleva al corazón de Dios, que siempre perdona con
compasión y ternura”. Nos dice –subrayó el Papa- que Dios es Padre, que no solo
acoge de nuevo, sino que se alegra y hace fiesta por su hijo, que ha vuelto a
casa después de haber derrochado todos sus bienes.
“Nosotros
somos ese hijo, y conmueve pensar en cuánto nos ama y espera siempre el Padre”,
consideró el Obispo de Roma.
“Pero en la parábola está también el hijo mayor, que
entra en crisis frente a este Padre. Y que puede ponernos en crisis también a
nosotros. De hecho, dentro de nosotros está también este hijo y, al menos en
parte, tenemos la tentación de darle la razón: siempre había hecho su deber, no
se había ido de casa, por eso se indigna al ver al Padre abrazar de nuevo al
hermano que se ha portado mal. Protesta y dice: «Hace tantos años que te sirvo,
y jamás dejé de cumplir una orden tuya», sin embargo, por «ese hijo tuyo»,
¡incluso celebras una fiesta! (vv. 29-30)”
De
estas palabras –dijo el Papa- emerge el problema del hijo mayor. En la relación
con el Padre él basa todo en el puro cumplimiento de los mandamientos, en el
sentido del deber.
“Puede ser también nuestro problema con Dios: perder
de vista que es Padre y vivir una religión distante, hecha de prohibiciones y
deberes. Y la consecuencia de esta distancia es la rigidez hacia el prójimo,
que ya no se ve como hermano. De hecho, en la parábola el hijo mayor no dice al
Padre mi hermano, sino tu hijo. Y al final precisamente él corre el riesgo de
quedar fuera de casa. De hecho – dice el texto - «no quería entrar» (v. 28)”
Volver
a casa y alegrarse
El
Papa recordó las palabras del padre en la novela El padre Goriot, de
Balzac: “Cuando me convertí en padre, entendí a Dios”. Expresó que, en ese
momento de la parábola, el Padre abrió el corazón al hijo mayor y le manifestó
dos necesidades, “que no son mandamientos, sino necesidad del corazón:
‘Convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba
muerto, y ha vuelto a la vida” (v.32).
El
Santo Padre animó a ver si “también nosotros tenemos en el corazón dos
necesidades del Padre: celebrar una fiesta y alegrarse”.
En
primer lugar, celebrar una fiesta quiere decir “manifestar nuestra cercanía a
quien se arrepiente o está en camino, a quien está en crisis o alejado”, según
Francisco. Y explicó que hay que hacer así porque ayudará a “superar el miedo y
el desánimo, que pueden venir al recordar los propios errores”. “Quien se ha
equivocado, a menudo se siente reprendido por su propio corazón; distancia,
indiferencia y palabras hirientes no ayudan”, puntualizó el Romano Pontífice.
Por tanto, según el Padre, es necesario ofrecerles una acogida cálida, que
aliente para ir adelante, remarcó.
El
Santo Padre invitó a preguntarnos si nosotros hacemos esto: “¿Buscamos a quien
está lejos, deseamos celebrar fiesta con él? ¡Cuánto bien puede hacer un corazón
abierto, una escucha verdadera, una sonrisa transparente; ¡celebrar fiesta, no
hacer sentir incómodo!”.
En
segundo lugar, el Papa enfatizó la necesidad de la alegría, porque “quien tiene
un corazón sintonizado con Dios, cuando ve el arrepentimiento de una persona,
por graves que hayan sido sus errores, se alegra”. No se queda quieto sobre los
errores –aclaró-, no señala con el dedo el mal, sino que se alegra por el bien,
¡porque el bien del otro es también el mío!
“Y nosotros, ¿sabemos ver a los otros así? ¿Sabemos
alegrarnos por los otros? La Virgen María nos enseñe a acoger la misericordia
de Dios, para que se vuelva la luz en la que mirar a nuestro prójimo”, concluyó
el Papa Francisco.
Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano
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