Hoy, este compromiso apasionado y desinteresado es reconocido casi unánimemente por la comunidad internacional, como lo demuestra la solicitud de mediación e intervención del Papa y de la Santa Sede en tantas crisis de nuestro tiempo
| Coliseo, Oración y encuentro por la Paz |
En su discurso
al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Papa Francisco reafirmó
la pasión desinteresada de la Iglesia por la humanidad, especialmente si está
herida o humillada. El compromiso del Santo Padre con la construcción de
puentes entre diferentes pueblos, culturas y religiones se perfila cada vez más
como un rasgo distintivo de su pontificado
Pontífice.
Constructor de puentes. Si hay un rasgo que se ha hecho cada vez más evidente
en el transcurso de estos casi nueve años del pontificado de Francisco es,
precisamente, el incansable empeño del Sucesor de Pedro en tender puentes para
unir donde hay división, para cruzar esas barreras visibles, y a veces
invisibles, de separación que impiden el encuentro. Puentes entre pueblos y
culturas, puentes entre líderes religiosos y políticos que el Papa se ha
empeñado en construir con una intensidad y un sentido de urgencia que aumentaba
cuanto más veía levantar los muros que, tras el fin de la Guerra Fría y la
división del mundo en dos bloques, se pensaba – quizá con demasiado optimismo –
que quedarían relegados a los libros de historia. Hoy, este compromiso
apasionado y desinteresado es reconocido casi unánimemente por la comunidad
internacional, como lo demuestra la solicitud de mediación e intervención del
Papa y de la Santa Sede en tantas crisis de nuestro tiempo.
También en
el discurso de hoy al Cuerpo diplomático, una especie
de Urbi et Orbi sobre el estado de salud del planeta, Francisco
reiteró que el diálogo y la cooperación entre los pueblos son pasos en un
camino ineludible, si de verdad queremos preparar un futuro de esperanza para
las nuevas generaciones. “No debemos tener miedo”, dijo en un pasaje clave de
su discurso, “de dar cabida a la paz en nuestras vidas cultivando el diálogo y
la fraternidad entre nosotros”. Un espacio que – como muestra dramáticamente la
pandemia, otro tema central en su audiencia a los embajadores acreditados ante
la Santa Sede – necesita una visión integral y no fragmentada.
Para la
Iglesia, “experta en humanidad”, como subrayaba Pablo VI en la Populorum
Progressio, la paz y el desarrollo, el medio ambiente y los derechos están
interconectados. Todo se mantiene unido. La Iglesia tiene al hombre en el
corazón porque, en palabras de Juan Pablo II, “el hombre es el camino de la
Iglesia”. Un amor por la humanidad – especialmente por la que está herida,
descartada, humillada – que el Papa Francisco está testimoniando con gestos y
palabras, caminando sobre las huellas de sus predecesores y desarrollando su
Magisterio con esa “creatividad del amor” que es una tarea idealmente
encomendada a todos y cada uno de nosotros.
Incluso en el
2021, a pesar de las inmensas dificultades generadas por la pandemia, Francisco
ha seguido colocando arcos y plantando pilares, poniendo ladrillos para
consolidar el camino. No sólo da inicio a procesos para tomar prestada una
fórmula muy querida por él, sino también puentes. Ciertamente, no todos podrán
ser completados, pero no por ello – nos anima Francisco – debemos detenernos
porque “bienaventurados los constructores de la paz”, aunque los frutos de su
trabajo sean recogidos por otros y en tiempos que ahora no podemos prever. El
“viaje imposible” a Iraq es quizás el ejemplo más extraordinario de este
esfuerzo del Papa, y no sólo en el año que acaba de terminar. Un viaje que
muchos desaconsejaron pero que, en cambio, resultó ser un poderoso y profético
mensaje a favor de la paz y la fraternidad. Este último, en cambio, es casi el
segundo nombre en el “carné de identidad” del pontificado de Francisco. El Papa
de Fratelli tutti – que en Mosul pudo afirmar: “La fraternidad es más
fuerte que el fratricidio” – nos recuerda que, en ese puente, llamado
humanidad, todos debemos dar pasos para que podamos encontrarnos. Y debemos
hacerlo sobre todo para ir al encuentro de los más alejados, porque por muy
distantes que estén de nosotros, son siempre nuestros hermanos.
Alessandro
Gisotti
Vatican News