“El ruido del mundo no nos deja escuchar a Dios”. Esta frase la escuchó la hermana María Dolores Otero, capuchina del convento que la orden tiene en Murcia, de boca de un joven matrimonio que las visitó.
| Las hermanas capuchinas conocen a la perfección la importancia y el valor del silencio para el encuentro personal con Dios |
Esta
religiosa escribe en una carta, que recoge Jóvenes Católicos, donde habla del valor del
silencio, pero donde sobre todo advierte de una serie de silencios que no provienen de Dios:
El valor del silencio
Silencio de angustia
La
palabra “angustia” viene de “angosto”, estrecho, ahogo. Cuando la angustia se
hace presente, nos deja sin palabras. No se puede hablar porque la garganta es
incapaz de articular palabras. Este
silencio viene del miedo. No hay cercanía. Hay incomunicación. En ese
viento interior no está Dios.
Silencio de culpabilidad
Prefiero
no hablar porque si lo hago me pueden atacar y puedo perder mi buena fama. Es
el “silencio” de sentirme impotente por miedo a perder mi buena fama. En esa tormenta no está el
Señor.
Silencio de indiferencia
Todo
nos da lo mismo, empezamos a bostezar, a mirar sin fijarnos en lo que miramos. Es “silencio” de apatía. Guardo
silencio porque paso de todo, no me interesa nada ni nadie. En ese “silencio”
no está Dios.
Silencio de mal humor
A
veces hay algo que nos disgusta y nos pone de mal humor. Como estoy enfadado, hago de mi silencio un reproche y,
por eso, guardo silencio, prefiero guardar distancias. En esa tormenta, no está
Dios.
Silencio del miedo
Este
“silencio” que produce nuestro estado de ánimo es algo que nos endurece. Quisiéramos hablar pero justificamos
nuestro silencio negativo diciendo: “es mejor callar porque en boca cerrada
no entran moscas”; así evito represalias y malos ratos. En ese “silencio” no
está Dios.
Silencio de envidia
La
envidia nos deja sin palabras y no sabemos reconocer nada bueno del otro. No
somos capaces de hablar bien de los demás. No nos gusta apoyar al débil. Éste es un silencio enfermizo y
muy peligroso. Nos olvidamos que Dios a cada uno, le da lo suyo. Al jazmín
no le pide que sea rosal ni al tulipán que sea margarita. En ese “silencio” no
está el Señor.
Silencio de orgullo
Este
“silencio”, a veces, se refleja en el cuerpo. El orgullo siempre separa. Aristóteles decía que el orgullo
está en la cabeza. Por eso se suele decir: “se le han subido los humos a la
cabeza”. El orgulloso mira a los demás con desprecio y cien veces inferior a
él. En ese “silencio” no está Dios.
Silencio de rencor
El
mal humor puede ir ganando terreno en la persona y llegar a convertirse en un
quiste moral muy difícil de extirpar, incluso es peligroso tanto para el cuerpo
como para el alma. En ese fuego interno no está Dios.
Todos
estos silencios negativos nos van enfermando y debilitando, y lejos de los
demás, nos impiden amar el “silencio” verdadero que es el que nos lleva a
escuchar a dios, cuyo idioma es el “silencio” oblativo que nos lleva a los
demás, para admirar y contemplar a Dios, que se hace visible en cada ser humano. En Dios existimos, nos movemos y
somos.
Fuente: ReL