Algunas claves para poder intervenir en el debate cultural sobre aborto y eutanasia. ¿Cómo promover la vida?
La Conferencia Episcopal Española ha publicado en su
página web material argumentativo ante el debate que se ha producido
en España sobre la Eutanasia. En él comienzan explicando qué es
eutanasia y qué no es eutanasia.
Eutanasia es la actuación que causa la muerte a un ser
humano para evitarle sufrimientos. Es siempre una forma de homicidio, pues
implica que un hombre da muerte a otro, ya sea mediante un acto positivo
(eutanasia activa), o mediante la omisión de la atención y cuidados debidos
(eutanasia pasiva). No es eutanasia en sentido verdadero y propio acciones u omisiones
que no causan la muerte por su propia naturaleza e intención. Es el caso de la
“ortotanasia”, consistente en dejar morir a tiempo, con dignidad y en paz, sin
el uso de medios desproporcionados o extraordinarios.
En la página web se recogen documentos
publicados por la Conferencia Episcopal Española y la Congregación para la
Doctrina de la Fe sobre la eutanasia y el acompañamiento en la etapa final de
la vida.
En este material podemos encontrar una pequeña guía para propiciar
la cultura de la vida. Los puntos que destacan los obispos españoles son los
siguientes:
¿En qué puede colaborar un cristiano para promocionar una cultura de respeto de la vida humana?
Todos los cristianos podemos y debemos colaborar con nuestras
palabras, acciones y actitudes, y recrear en el entramado de la vida cotidiana
una cultura de la vida y del encuentro, rechazando la cultura del descarte y la
exclusión. En particular, y sin pretender ser exhaustivos, todos podemos ayudar
a esa inmensa tarea:
1. Acogiendo con visión sobrenatural el sufrimiento, el dolor y la
muerte, cuando nos afecte personalmente. La fe lleva a saber que quien sufre
puede unirse a Cristo en su pasión y que, tras la muerte, nos espera el abrazo
de Dios Padre;
2. Ejercitando, según nuestros medios, posibilidades y
circunstancias, un apoyo activo al que sufre y a su familia: desde una sonrisa,
afecto, compañía hasta la dedicación de tiempo, recursos y dinero podemos hacer
muchas cosas para aliviar el sufrimiento ajeno y ayudar, al que lo padece, a
que renazca el amor, la alegría, la paz y la esperanza;
3. Orando por los que sufren, por quienes los atienden, por los
profesionales de la salud, por los políticos y legisladores en cuyas manos está
actuar a favor de la dignidad del que sufre;
4. Facilitando el surgimiento de vocaciones para las instituciones de
la Iglesia que, por su carisma fundacional, están específicamente dedicadas a
atender a la humanidad doliente y que constituyen hoy —como hace siglos— una
maravillosa expresión del amor y el compromiso con los que sufren;
5. Acogiendo con amor fraterno, afecto humano y naturalidad en el
seno de la familia a los miembros dolientes, enfermos o moribundos, aunque eso
suponga sacrificio;
6. Haciéndonos presentes en los medios de comunicación social y demás
foros de influencia en la opinión pública, con el fin de hacer patentes las
notas características de una cultura de la vida y del encuentro y rechazando la
cultura del descarte;
7. Tomando parte en las instituciones y en la vida política, tanto con
el voto como con la participación activa en las formaciones políticas,
instituciones y administraciones, exigiendo el fomento de la cultura de la vida
en cuestiones que afecten a la familia, la sanidad, el cuidado a los enfermos,
ancianos, personas vulnerables, empobrecidos, etc.;
8. Promoviendo entre los profesionales sanitarios un concepto de
medicina y de asistencia sanitaria centradas en la promoción de la dignidad de
la persona en toda circunstancia;
9. Y tenemos a nuestra disposición un sacramento —la Unción de los
enfermos— específicamente instituido por Jesús y depositado en la Iglesia para
aliviar, sostener y fortalecer al enfermo y, cuando llegue el momento,
prepararse para una buena muerte.
Alvaro Real
Fuente: Aleteia
