Repensar el modelo de desarrollo
Lecciones que han hecho surgir una doble conciencia: "por un lado, la interdependencia entre todos y por otro la presencia de fuertes desigualdades. Todos estamos a merced de la misma tormenta, pero en un cierto sentido, se puede decir, que remamos en barcos diferentes, los más frágiles se están hundiendo cada día”.
Covid-19 y las personas mayores
Durante la
primera oleada de la pandemia, una parte sustancial de las muertes por Covid-19
se produjo en instituciones para ancianos, lugares que se suponía que debían
proteger a los más frágiles de la sociedad y en los que, en cambio, la muerte
golpeó desproporcionadamente más que en el hogar y el entorno familiar.
“Lo que ha
sucedido durante la pandemia deCOVID-19 nos impide resolver la cuestión de la
atención a los ancianos con la búsqueda de chivos expiatorios, de culpables
individuales y, por otro lado, de levantar un coro en defensa de los excelentes
resultados de los que evitaron el contagio en las residencias. Necesitamos una
nueva visión, un nuevo paradigma que permita a la sociedad cuidar de los
ancianos”.
Dos mil millones de personas mayores de 60 años en
2050
El documento
del PAV subraya que “bajo el perfil estadístico-sociológico, los hombres y las
mujeres tienen en general, hoy en día, una más larga esperanza de vida”. “Esta
gran transformación demográfica representa, efectivamente, un gran desafío
cultural, antropológico y económico". Según datos de la Organización
Mundial de la Salud, - se lee en el documento - en 2050 en el mundo habrá dos
mil millones de personas mayores de sesenta años, es decir, una de cada cinco
será anciana. Así pues, “es esencial hacer que nuestras ciudades sean lugares inclusivos
y acogedores para la vida de los ancianos y, en general, para la fragilidad en
todas sus expresiones”.
Ser mayor es un don de Dios
En nuestra
sociedad suele prevalecer la idea de la vejez como una edad infeliz, entendida
solamente como la edad de los cuidados, de la necesidad y de los gastos para
tratamientos médicos. “Llegar a anciano es un don de Dios y un enorme recurso,
un logro que hay que salvaguardar con cuidado”, dice el documento, “incluso
cuando la enfermedad llega a discapacitar y surge la necesidad de una atención
integrada y de alta calidad”. “Y es innegable que la pandemia ha reforzado en
todos nosotros la conciencia de que la ‘riqueza de los años’ es un tesoro que
debe ser valorado y protegido”.
Un nuevo modelo para los más frágiles
En cuanto a
la asistencia, la Pav indica un nuevo modelo, sobre todo para los más frágiles,
inspirado sobre todo en la persona: la aplicación de este principio implica una
intervención organizada a diferentes niveles, que realiza un continuum
asistencial entre el propio hogar y algunos servicios externos, sin cesuras
traumáticas, no aptas a la fragilidad del envejecimiento, especifica el
documento, observando que “las residencias de ancianos deberían recalificarse
en un continuum sociosanitario, es decir, ofrecer algunos de sus servicios
directamente en los hogares de los ancianos: hospitalización a domicilio,
atención a la persona individualmente con respuestas de atención moduladas en
función de las necesidades personales a baja o alta intensidad, donde la
atención sociosanitaria integrada y la domiciliación sigan siendo el eje de un
nuevo y moderno paradigma”. Se espera reinventar una red más amplia de
solidaridad “no necesaria y exclusivamente basada en lazos de sangre, sino
articulada según la pertenencia, la amistad, el sentimiento común, la
generosidad recíproca para responder a las necesidades de los demás”.
El encuentro entre generaciones
En cuanto a
la confrontación con los jóvenes, el documento evoca un "encuentro"
que puede aportar al tejido social “Esa nueva linfa de humanismo que haría que
la sociedad estuviese más unida”. Varias veces el Papa Francisco ha instado a
los jóvenes a ayudar a sus abuelos, recuerda el documento, que también subraya
que “el hombre que envejece no se acerca al final, sino al misterio de la
eternidad” y, para comprenderlo, “necesita acercarse a Dios y vivir en relación
con Él”. De ahí que sea una “tarea de caridad en la Iglesia” el “cuidar la
espiritualidad de los ancianos, su necesidad de intimidad con Cristo y de compartir
su fe”. El documento deja claro que "Es solamente gracias a los ancianos
que los jóvenes pueden redescubrir sus raíces, y sólo gracias a los jóvenes que
los ancianos recuperan la capacidad de soñar”.
La fragilidad como enseñanza
También es
valioso el testimonio que pueden dar los ancianos con su fragilidad. “Se puede
leer como un “magisterio”, una enseñanza de vida", señala la reflexión, y
aclara que " La vejez también debe ser entendida en este horizonte
espiritual: es la edad particularmente propicia al abandono en Dios”: “a medida
que el cuerpo se debilita, la vitalidad psíquica, la memoria y la mente
disminuyen, la dependencia de la persona humana a Dios se hace cada vez más
evidente”.
El punto de inflexión cultural
Por último, un llamamiento: “Toda la sociedad civil,
la Iglesia y las diversas tradiciones religiosas, el mundo de la cultura, de la
escuela, del voluntariado, de las artes escénicas, de la economía y de las
comunicaciones sociales deben sentir la responsabilidad de sugerir y apoyar -en
el marco de esta revolución copernicana-nuevas e incisivas medidas que permitan
acompañar y cuidar a los ancianos en contextos familiares, en sus propias casas
y, en todo caso, en entornos domésticos que se asemejen más a los hogares que a
los hospitales. Este es un cambio cultural que debe ser implementado”.
Davide Dionisi - Ciudad del Vaticano
