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Lesly Guerrero llegó a Magdala en febrero de 2020 para realizar
unas prácticas |
Ella
misma cuenta lo que ha ocurrido en su alma en estos pocos meses en Tierra
Santa. Lo hace en la propia web de Magdala:
“Mi
historia en Magdala”
¿Alguna
vez han sentido un vacío tan grande en el pecho que no les permite siquiera
respirar? Así me sentía
yo, perdida. Vivía mi vida rutinariamente, estresada, inconforme y en
modo automático, no me detenía a ver atrás ni tampoco me entusiasmaba el
futuro. Para ser honesta, hace
muchos años había dejado atrás a Dios, había dejado de buscarle y de
hablarle, pero Su amor es tan grande que no nos deja perdernos, Él siempre va a
nuestro encuentro.
En noviembre del 2019 me llegó la noticia por parte de mi universidad, de que estaban buscando a tres alumnas para realizar sus prácticas profesionales en Magdala y, para mi gran sorpresa, yo había sido una de las elegidas. Cuando recibí la noticia, lo primero que pensé fue “No puedo aceptarlo”. Como era de esperarse, creé escenarios negativos alrededor de la idea de salir del país: ¿Cómo sería posible?, ¿por qué yo?, ¿de dónde sacaría el dinero necesario?
Aunque me emocionaba, también estaba aterrorizada por la idea; sería la primera
vez que saldría de México y, además, estaría sola. Pude haber dicho que no,
pero, a pesar de todas las trabas, pronto me di cuenta de que había una razón
por la cual yo tenía que ir a Israel, Dios me estaba llamando y no me dejaría decir que no.
El 4
de febrero de 2020 tomé mi maleta con todo lo que creí necesario para mis cinco
meses de estancia y me fui. Cuando llegué a Magdala, me sentía confundida y
frustrada; creí que al llegar a Israel sentiría un cambio inmediato, sentiría
la presencia de Dios a mi lado, pero no fue así. Pasé casi un mes tratando de encontrar a Dios en un vago
sentimiento humano, no me daba cuenta del misterio tan grande que es el
amor de Dios y que tenía un camino largo por recorrer en mi fe.
¿Recuerdan que mencioné que me sentía perdida? Pues, Jesús vino a mi rescate. Fue en uno de los primeros paseos en el que todo cambió. Recuerdo que era un día en el que me sentía particularmente triste pero aun así, mi corazón estaba abierto y sensible. Fuimos a Jericó y al caer la tarde decidimos reunirnos a ver el atardecer en el desierto. Recuerdo que hubo un momento en el que todos empezaron a orar y yo, sin saber qué hacer, solo cerré mis ojos y pedí perdón por no saber rezar. Fue en ese mismo instante cuando vi a Jesús, sentado a mi lado.
Quedé perpleja,
intenté abrir mis ojos, creyendo que todo estaba en mi imaginación, pero no
pude, así que decidí someterme y abrir mi corazón a Jesús. Recuerdo que en ese
momento comencé a llorar y sentí una gran opresión en mi pecho, pero al mismo
tiempo sentía cómo toda esa presión se desvanecía.
No
hizo falta que Jesús dijera algo, su sola presencia me transmitió amor profundo
y me hizo darme cuenta de que siempre había estado conmigo, diciéndome que todo
estaría bien. Cuando por fin pude abrir mis ojos, uno de los voluntarios empezó
a orar en voz alta diciendo algo como “Señor, permite a aquellas almas que están en busca de tu amor,
encontrarte”. A partir de ese día decidí que abriría mi corazón y empecé a
buscar y a reconocer a Dios en cada una de las personas y momentos que viví en
Magdala.
Magdala es un
lugar de encuentro y sanación, hoy me siento orgullosa de llamar a Magdala mi
hogar, ya que ahí di mis
primeros pasos en el camino de la fe y crecí en el amor a Cristo. Aquí me
encontré a mí misma y pude aprender a verme con el mismo amor que Dios me ve,
pude perdonar y sanar las heridas de mi pasado y puedo decir que me encuentro
en paz y feliz.
Magdala es verdaderamente un instrumento
del amor de Dios. Cuando apoyaba en el centro de visitantes, lo
que más alegría me daba era darle la bienvenida a los peregrinos y ver sus
rostros al irse, con un semblante diferente, alegres, conmovidos, en paz y
llenos de Dios.
Ha
sido una bendición para mí el haber tenido la oportunidad de venir a Tierra
Santa, de recorrer los lugares de la mano de Jesús, donde él mismo me mostró
cuánto me ama y pude crear una relación estrecha con Él. Muchas veces vivimos
afligidos pensando que Dios no nos escucha y, a modo de consejo, puedo decir
que es mejor dejar de preocuparse y dejar todo en manos de Dios ya que Él
escucha nuestras plegarias. ¡Abran
su corazón, sean humildes y déjense encontrar por Su amor!
Publicado en
la web de la Fundación Tierra Santa
Fuente: Fundación
Tierra Santa / ReL
