Siguiendo el
ejemplo de los mártires trapenses de Tibhirine en Argelia, las
hermanas trapenses encabezadas por Marta Fagnani se sintieron llamadas a vivir su fe y dar un
testimonio de vida en un lugar donde los cristianos fueran una minoría. Eligieron Siria. 
Esta pequeña comunidad trapense se estableció en Siria en 2005 /
Foto: Vatican Media
Y desde 2005 seis
hermanas viven en la pequeña localidad de Azeir pese a que poco
después comenzase la guerra que ha devastado el país y que tantas víctimas ha
provocado. Ellas, pese a todo, han permanecido firmes y orantes.
Marta es la superiora del Monasterio Nuestra Señora Fuente de Paz, que aún está en
proceso de construcción puesto que ha sido imposible concluirlo debido a la
situación del país.
“Nuestra intención de iniciar una presencia monástica en Siria nació después del martirio de nuestros hermanos, los monjes de Tibhirine, que murieron en la Argelia junto con muchos otros religiosos y también mucha gente misma del país, en medio a esa situación terrible que vivía Argelia.
Después de
la muerte de nuestros hermanos, toda la Orden comenzó a interrogarse sobre su
herencia a partir del redescubrimiento de sus experiencias, su vida: una vida
en Cristo, un testimonio de fe, de oración, de vida monástica, en medio de una
mayoría de musulmanes, de hermanos de otra religión, en un país de minoría
cristiana”, explica la hermana Marta en una entrevista con Vatican News.
Esta religiosa
asegura que son apenas seis hermanas, una “comunidad pequeña porque no es fácil
pedir que vengan aquí en esta situación y también porque tuvimos algunas chicas
que se han interesado por nuestra vida en este tiempo, pero en realidad no es fácil porque nos
quedamos bastante aisladas por la guerra”.
Muchos se pueden preguntar qué pueden hacer seis
monjas en una zona remota de Siria en plena guerra y con el riesgo de ser asesinadas.
Pero ellas tienen muy clara su misión allí: “Nuestra cercanía al pueblo es,
sobre todo, una cercanía por lo que es nuestra llamada, por lo tanto, una cercanía de oración, de
intercesión, de esperanza, mirando al misterio de la presencia del
Señor en medio de nosotros”.
De este modo, la hermana Marta señala que “lo que hemos intentado hacer, ante
todo, ha sido quedarnos aquí, estar aquí con la gente, éste ha sido el primer
testimonio de nuestra presencia, del sentido de mantener una esperanza para
el futuro trabajando, construyendo un poquito lo que podíamos, por ejemplo, las
casitas para los huéspedes, trabajando en el jardín, orando, continuando con
nuestra vida de oración y de trabajo. Y también una ayuda concreta: intentamos
dar trabajo a la gente lo más posible, aquí son pobres, son los pobres de los
pobres. Hay muchos trabajadores cristianos y no cristianos que trabajan
aquí, que han trabajado aquí”.
Por otro lado, sobre su presencia en Siria, esta
religiosa asegura “a la experiencia de encontrar a los hermanos de otra
religión, aquí se ha añadido el redescubrir otra realidad muy importante: es el encuentro con la muy rica
tradición antigua de las iglesias orientales, que son la raíz del
nacimiento de la fe cristiana y es desde esas Iglesias que la fe ha llegado a
nuestros países en occidente”.
Sobre la convivencia con los musulmanes, esta monja trapense asegura que “la fraternidad aquí entre cristianos y musulmanes es algo diario y natural. Nosotras, desde el principio, hemos encontrado esta gran coexistencia y no sólo el respeto mutuo, es decir, no es una coexistencia de tolerancia recíproca. Siria no es un país de grandes debates teológicos. Nosotros vivimos juntos, cristianos y musulmanes, hay musulmanes de diversas etnias y se vive juntos en un respeto que nace sobre todo de un hecho: el hecho que todos, cristianos, musulmanes y demás vivimos la vida frente a Dios, sentimos a Dios presente en la vida. Y esto nos permite estar juntos, vivir juntos, una verdadera actitud de vida que recibimos de Dios y a Dios va.
Después, en estos años, sobre todo, se ha fomentado una división, han tratado
de fomentar una división en nombre de la religión, así que ciertamente hay
consecuencias, porque el efecto de querer dividir obviamente deja
consecuencias. Pero en la raíz, el pueblo sirio es un pueblo acostumbrado a
vivir con diferentes religiones, etnias, culturas presentes y conserva esta
gran apertura y humanidad”.
Por último, la hermana Marta invita a vivir “este
mes misionero siendo ante todo 'misioneros de nosotros mismos'. No está en
contradicción con la iglesia abierta, la iglesia ‘en salida’, que va hacia los
últimos, pero la primera misión es la misión hacia nosotros mismos. No podemos llevar nada, no
podemos salir, si no hemos ido primero hacia nosotros, hacia lo más profundo de
nosotros mismos, donde podemos encontrar verdaderamente la presencia de Dios,
la presencia de Cristo que nos salva: nos salva del miedo, nos salva
de la muerte, nos salva de las dudas de la incertidumbre
Fuente: ReL