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| Antoine Mekary | ALETEIA | i.Media |
La Iglesia celebra de manera especial algunas solemnidades que
tienen una categoría especial. Estamos hablando de las solemnidades de Navidad y Pascua. ¿Y por
qué son tan especiales? Porque son las dos solemnidades cardinales.
Hasta el año 1969 existía también la octava de pentecostés, octava
que se suprimió del Calendario Romano para no quitarle protagonismo a la
cincuentena pascual o evidenciar aún más su unidad.
Se llama, pues, octava a la celebración continuada durante ocho días de
cada una de estas dos solemnidades. Así que, en otras palabras, la octava, ya
sea de Pascua o de Navidad, comienza ese día y los siete días que le siguen.
A veces se utiliza la expresión «infraoctava«, que es el nombre que recibía en
la estructura antigua del calendario litúrgico, porque «octavo» es el último
día de la serie, así que todo lo anterior es «infra-octavo».
Estas octavas de Pascua y Navidad son tan privilegiadas que
normalmente no se permite usar un formulario diferente de celebración de la
Misa que no sea el del día correspondiente de la octava.
Y en el prefacio de la plegaria eucarística de cada día se dice,
en la octava de pascua, “este día”, o, en la octava de navidad, “el día
santísimo en que la Virgen María dio a luz al Salvador del mundo”.
Hablando concretamente de la solemnidad de la pascua y de su
octava hay que decir que la
semana de la Octava de Pascua es como un largo domingo que
se prolonga durante ocho días.
Se sabe que Jesús resucitó el día después del sábado, es decir, el
domingo (el día después del séptimo día de la semana judía).
Es en este sentido que los Padres de la Iglesia se refieren al día
domingo como el octavo día.
«La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en
el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada
ocho días, en el día que se llama con razón ‘día del Señor’ o domingo»
(Constitución Sacrosanctum
Concilium 106).
El día de la
Resurrección de Cristo es a la vez el «primer día de la semana», memorial del
primer día de la creación, y el «octavo día» en que Cristo, tras su «reposo»
del gran Sabbat, inaugura el Día «que hace el Señor» (Sal 118, 24), el «día que
no conoce ocaso» (cf. Maitines de Pascua del rito bizantino, Oda 9, tropario
«Pentekostárion»)….” (Catecismo 1166).
¿De dónde viene esta tradición de celebrar hoy durante ocho días
seguidos cada una de estas solemnidades?
Celebrar una octava en la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, es una
práctica que hunde sus raíces en el Antiguo Testamento pues el antiguo pueblo de Israel celebraba sus
grandes fiestas durante ocho días.
Las fiestas -como los Tabernáculos, ázimos, Pascua- eran grandes
fiestas del pueblo de Israel de las cuales el día octavo era el más solemne;
eran fiestas durante siete días seguidos de un día octavo aun más festivo o
solemne (Lv 23, 34-36).
Y esta tradición viene, a su vez, desde la época de Abraham. Dios
hizo una alianza con Abraham y su descendencia, cuyo símbolo era la circuncisión en el octavo día después del
nacimiento de todo varón (Gen 17,11-12).
Es por esto que Jesús, como judío que era, fue circuncidado en el
octavo día recibiendo, ese día, su nombre (Lc 2, 21).
Henry Vargas Holguín
Fuente: Aleteia
