El cristiano no teme el trance de la muerte ni
la purificación que viene tras ella, pues es obra del amor de Dios que
perfecciona a su criatura
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| Dominio público |
Los motivos de esta incomprensión son varios: Si afirmamos que Dios perdona los
pecados por medio de la confesión, ¿no es suficiente el sacramento para entrar
en la gloria?
Por otra parte, ¿cómo entender que, si morimos en gracia de Dios, necesitamos esperar a verlo cara a cara? Y, si después de morir, el tiempo cesa, ¿qué significa entonces ese tiempo de purificación que llamamos purgatorio? ¿Cuánto dura? ¿En qué consiste? Las imágenes del fuego purificador con que se representa el estado del purgatorio también pueden confundirnos si las interpretamos literalmente.
Es evidente que se trata de una metáfora que no puede entenderse con nuestras
categorías materiales que son inadecuadas para representar el más allá. También
el fuego es un símbolo del amor que purifica y que incita a la caridad.
Sabemos, además, que Dios puede purificar el alma en un instante y devolverle
la santidad perdida.
La iglesia, en la Escritura y la Tradición, no nos ha revelado muchas cosas sobre el purgatorio. Es dogma de fe definida en los concilios de Florencia y Trento. Sin embargo, lo sustancial del dogma es muy esperanzador: los fieles que mueren en gracia de Dios están salvados, son miembros de la Iglesia y participan de la comunión de los santos. Por eso, podemos ofrecer por ellos oraciones y limosnas, pues, después de la muerte, ya no pueden merecer para sí mismos.
Dado que nadie conoce el estado en que una persona
muere, la Iglesia celeste y la que peregrina en el mundo interceden por los
difuntos para que alcancen la perfección necesaria para ver a Dios. El pecado
mortal, además de romper la amistad con Dios, produce en el alma una debilidad
de la fe, esperanza y caridad, que necesita ser superada para hacer desaparecer
todo afecto al pecado. Por eso, la penitencia que el sacerdote nos propone al
confesarnos y la que nos imponemos libremente, ayudan a purificarnos de todo lo
que puede impedir la visión directa de Dios más allá de la muerte.
El santo converso John Henry Newman escribió un poema titulado El sueño de Geroncio, de gran valor literario y teológico, que inspiró al compositor E. Elgar (1857-1934), la obra musical que lleva el mismo título. Newman escribió esta obra maestra cuando tenía 64 años como el testimonio sincero y estremecedor del hombre que, ante la muerte, vislumbra el encuentro definitivo con Dios.
El poema, que —repetimos— es de una gran
profundidad y belleza literaria, intenta describir el momento en que el alma
realiza el tránsito de este mundo al celeste, acompañada, por una parte, de la
oración de la iglesia peregrina y de la iglesia triunfante, por otra, que viene
en su ayuda. Si hago mención de esta obra es porque, en su ascensión hacia
Dios, el alma de Geroncio descubre que la belleza y majestad de Dios es tan
infinita que se reconoce indigno de verlo cara a cara: «Yo no merezco ver de
nuevo el rostro/ del día y mucho menos Su semblante/ que es el sol mismo.
Durante mi vida,/ cuando imaginaba mi purgatorio,/me complacía creer que
vislumbrar Su rostro/ como una intensa lumbre entre la llama oscura/me
otorgaría fuerzas para el trance».
Así es. Cuando vislumbramos la belleza del rostro de Dios, comprendemos que su «intensa lumbre» nos purifica y nos prepara para el encuentro definitivo con él. Por eso, el cristiano no teme el trance de la muerte ni la purificación que viene tras ella, pues es obra del amor de Dios que perfecciona a su criatura.
Obispo de Segovia.
