
El
domingo 18 de octubre, vigésimo noveno del tiempo ordinario, el Papa Francisco
rezó la oración mariana del Ángelus asomado desde la ventana del Palacio
Apostólico del Vaticano.
«¿Es
lícito pagar tributo al César, o no?» (v. 17).
Dad al César lo que es del César, y
a Dios lo que es de Dios
"En
aquel tiempo, en Palestina, el dominio del imperio romano era mal tolerado,
también por motivos religiosos", explicó el Papa haciendo hincapié en que
para la población, el culto al emperador, "subrayado incluso por su imagen
en las monedas, era una injuria al Dios de Israel".
“Los interlocutores de Jesús están convencidos de que
no existen más respuestas a su pregunta: o «sí» o «no». Pero Él conoce su
malicia y se libra de la trampa. Les pide que le muestren la moneda del
tributo, la toma en sus manos y pregunta de quién es la imagen impresa. Ellos
responden que es del César, es decir, del emperador. Entonces Jesús replica:
Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”
Asimismo,
el Santo Padre indicó que con esta respuesta, Jesús se sitúa por encima de la
polémica: "Por una parte, reconoce que se debe pagar el tributo al César,
porque la imagen sobre la moneda es la suya; pero, sobre todo, recuerda que
cada persona lleva en sí otra imagen, la de Dios, y por tanto es a Él, y solo a
Él, a quien cada uno debe la propia existencia".
Edificar la civilización del amor
En
este punto, Francisco destacó que de esta sentencia de Jesús, "no solo se
encuentra el criterio para la distinción entre la esfera política y la
religiosa, sino que de ella también emergen orientaciones claras para la misión
de los creyentes de todos los tiempos, incluidos nosotros hoy".
“Pagar los impuestos es un deber de los ciudadanos,
así como cumplir las leyes justas del Estado. Al mismo tiempo, es necesario
afirmar la primacía de Dios en la vida humana y en la historia, respetando el
derecho de Dios sobre todo lo que le pertenece”
Al
respecto, el Papa aseveró que de aquí deriva la misión de la Iglesia y de los
cristianos: "hablar de Dios y testimoniarlo a los hombres y a las mujeres
del propio tiempo. Se trata de esforzarse con humildad y con valor, dando la
propia contribución a la edificación de la civilización del amor, en la que
reinan la justicia y la fraternidad".
En la dignidad humana está impresa
la imagen de Dios
Antes
de despedirse, el Santo Padre pidió a María Santísima que nos ayude a huir de
cualquier hipocresía, a ser ciudadanos honestos y constructivos.
"Y que nos sostenga a nosotros, discípulos de Cristo, en la misión de testimoniar que Dios es el centro y el sentido de la vida", concluyó Francisco deseando a todos los peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro un buen almuerzo e impartiendo su bendición apostólica.
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