![]() |
SHUTTERSTOCK |
Luis, de treinta años, no habría concebido
establecerse en su nuevo hogar sin abrir su puerta al cura. Ante la mirada de
su esposa y de su hijo pequeño, un sacerdote ofició la ceremonia de bendición
de su nueva casa, habitación por habitación.
“Asiste,
Señor, a estos servidores tuyos que, al ofrecerte hoy su vivienda, imploran
humildemente tu bendición…”.
Estas súplicas del ritual acompañadas de la
aspersión de agua bendita son familiares para el sacerdote. Arraigadas en la
sabiduría de la Iglesia, estas liturgias familiares son recibidas con
entusiasmo por muchas personas.
Como esta familia que ha aprovechado la
visita del sacerdote para confiar a Dios su nuevo hogar o el caso de unos
recién casados que se animaron a invitar a su cura a su fiesta de inauguración.
Una
práctica con raíces en el pueblo de Israel
“Durante los primeros siglos, tiempos de
persecución, la fe se vivía en el seno de los hogares, en la domus
ecclesiae, la ‘casa Iglesia’. Las primeras liturgias cristianas se
celebraban en las casas”.
Un lugar central del que dan testimonio
muchos pasajes bíblicos, desde la hospitalidad de Abraham hasta las visitas de
Jesús a Marta, María, Zaqueo, etc.
Resuena también la consigna de Jesús a los
discípulos misioneros: “Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que
descienda la paz sobre esta casa!’” (Lc 10,5).
Una paz que viene a establecerse entre las
paredes igual que se extiende a todos los moradores.
El
día en que su casa fue bendecida, “momento de gracias, de alegría y de
celebración”, María y Juan invitaron a sus respectivas familias.
“Es una manera de poner nuestra vivienda en
las manos del Señor y de proteger a nuestra familia. Nos parece algo
indispensable”, atestiguan estos jóvenes padres.
Entre los fieles, algunos desean proteger o
incluso liberar su vivienda de toda influencia perversa. “No sabemos
necesariamente lo que pasó aquí antes de nuestra llegada…”, comenta Luis.
El padre Emmanuel Dumont, exorcista, recibe
numerosas peticiones de este tipo. “La casa es el lugar de un combate
espiritual, como cualquier iglesia”, precisa.
“Cuando termino de bendecir una habitación,
me encanta extraer del antiguo ritual una oración penitencial que se propone
para pedir perdón por nuestros propios pecados y por el mal que se haya
cometido en la casa. Puede ser también una oportunidad para rezar por las
personas que hayan muerto allí sin estar preparadas para ello”.
El sacerdote utiliza entonces agua y sal
benditas, incienso y aceite para ungir puertas y ventanas.
Fórmulas
inscritas con tiza sobre las puertas
Por ejemplo, en Francia, en el departamento
normando de Calvados, aún podemos sorprendernos al encontrar fórmulas
algebraicas escritas con tiza en el marco superior de las puertas: “20 + C + M
+ B + 20”.
Este resurgimiento de una tradición de
Epifanía poco conocida en muchos países es corriente en los países germánicos.
Las iniciales corresponden a la invocación Christus
mansionem benedicat, es decir, “Que Cristo bendiga esta casa”,
flanqueada por las cifras del año nuevo.
También podrían leerse las iniciales de los
reyes magos, Gaspar (Caspar en latín), Melchor y Baltasar. “Los reyes magos
vinieron a adorar al Niño Jesús y, al volver a sus casas, extendieron por el
camino la noticia de este nacimiento divino”, explica el abad Guilhem de la
Barre.
Del 6 al 13 de enero, este sacerdote
recorre los caminos de Normandía para bendecir unas cuarenta casas trazando con
tiza esta inscripción sobre el dintel de las puertas.
“La bendición de las casas hace visible
que, a través de su encarnación, nuestro Señor Jesucristo, el Verbo hecho
carne, ‘habitó entre nosotros’ y que actúa en nuestras almas en la vida diaria,
en la humildad de la vida doméstica cotidiana”.
La Iglesia propone esta tradición en el Directorio
sobre la piedad popular y la liturgia. El cabeza de familia puede
él o ella misma realizar esta liturgia familiar e inscribir la fórmula
pertinente con tiza bendecida durante la misa de la Epifanía.
Al
contrario que la tiza, el agua bendita no
deja ningún rastro visible en las paredes, aunque la vivienda permanece en
manos de Dios.
“Es muy importante exponer a ojos de todos
los iconos, estatuas, biblias o libros de oración”, recuerda el padre Emmanuel
Roberge, para significar bien la presencia del Señor en esta morada.
Son signos que atestiguan que la casa
cristiana, “cuasi consagrada”, es “una célula viviente del cuerpo de la
Iglesia”.
Por
Noémie Bertin
Fuente: Edifa