Cuántos hombres esperaron este momento y cuántos quisiéramos
unirnos a él
![]() |
| Benedictine College | YouTube |
El regalo más hermoso que recibí el
año pasado fue un nacimiento de Navidad. Habíamos hecho un viaje largo para
pasar las fiestas en casa de mi hermana, y un día antes de volver a casa me lo
entregó. Casi no pude verlo porque estaba listo para ponerse en la maleta,
cubierto en papel y cartón.
Llegando
a casa, mi esposo y yo nos pusimos a desempacar. Sacamos las cajas deseando que
las imágenes no hubiesen sufrido daño alguno. Mi esposo tomó a María, tomó a
José y preguntó: ¡¿y el niño?!
El
niño no venía en un pesebre; el niño, recién nacido, pequeñito, estaba abrazado
fuertemente por su Madre. José, de pie tiene una mano en alto
como bendiciendo a María y al niño.
¿Y
el niño recién nacido? pues no tiene pesebre, tiene los abrazos de su Madre. Esta
imagen es tan maravillosa que no pude guardar el nacimiento pasadas las
fiestas. Permanece en el pequeño altar que tenemos en casa.
Y la imagen es maravillosa
porque me lleva a reflexionar constantemente sobre el
amor de Dios y la humanidad de Cristo. Y no puedo quitar la vista de María…
Pienso constantemente, que lo imposible de esta historia es que Dios,
omnipotente, creador del universo, todopoderoso, amó tanto al hombre, que para
amarlo de cerca y aún más, se hizo hombre.
¿Cómo es posible que Dios ame
tanto,
que se haya sometido a su criatura, al tiempo, a las leyes, a la obediencia e
incluso a una muerte tan cruel?
El
Padre depositó su espíritu y su amor en
María y María recibió al hijo, y donde está el hijo, está
también el Padre y también Su Espíritu, es decir, la Trinidad completa.
La
imagen de María abrazando al niño es para mí tan impresionante porque me doy
cuenta de que María está abrazando fuertemente y por
primera vez en la historia del universo… a Dios.
Cuántos
hombres esperaron este momento, cuántas veces imploraron al cielo la presencia
de Dios en medio de sus momentos más tenebrosos, el consuelo que solo Dios
puede dar…
Y
ahí tenemos a María, en aquel momento único, seguramente plasmado en el alma
del mismísimo Dios, un momento detenido en el tiempo, en el que
hay un maravilloso y tierno intercambio de amor y de lágrimas.
Una
mujer, abrazando al todopoderoso…. Y quisiera unirme con todas mis fuerzas a ese
abrazo, y quisiera que Dios sea abrazado así por todos sus hijos, unidos a Su
Madre.
Cuánto gozo el de María, cuánto
habrá tardado en soltar este primer abrazo, ¡y cuántas veces más lo habrá
abrazado! Dios en su regazo, y en el regazo no de cualquier mujer, sino de Su
propia madre.
Ese
abrazo, supone una gran promesa, una alianza más de tantas que hizo Dios. Me da
certeza de la presencia eterna de Jesús, porque al hacerse hombre, tomó nuestras
vidas y nuestros sufrimientos y nos aseguró su compañía y su guía para siempre.
Pienso
que ese amor de aquel primer día sobre la tierra, fue llevado hasta la cruz, no
solo por aquella mujer de quien recibió tantas caricias y cuidados, sino por
todos los hombres del mundo y de la historia.
Este
amor que lo trajo al mundo también lo llevó a su entrega en la cruz, para que
no hubiera nada que nos separase de Él, para que ese amor y esa entrega quedara
sellado para siempre en el corazón de Dios.
Dios
nos ama de maneras que no entendemos, y siento un pesar muy grande, pues al
no entender, no sabemos corresponderle porque no tenemos las capacidades, si no
es con su ayuda…
¿Pero qué tiene el hombre, para
que un Dios piense en él y lo cuide? (Salmo 8, 5) ¿y lo ame? Y me siento a
contemplar esta imagen y pienso: ¿Cómo es posible?…
Lorena Moscoso
Fuente: Aleteia
