Día 30: ¡No dejarles...
aunque está hecho un desastre!
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| Dominio público |
Ricardo,
uno de los jóvenes, salió de aquella casa y cuando llegó a la suya se acostó.
Una vez en la cama se acordó de no haber rezado las tres Avemarías, que
acostumbraba rezar todos los días a su Madre la Virgen. El sueño ya le había
vencido, pero venciendo la pereza las rezó, aunque sin mucha devoción y luego
se acostó de nuevo.
Apenas
había empezado a dormir notó que alguien golpeaba con fuerza la puerta de su
habitación.
Quien
golpeaba la puerta era el alma de su amigo. (Cuando morimos, nuestra alma sigue
viviendo, y en algunas ocasiones permite Dios que, de forma extraordinaria,
actúe físicamente. En este caso lo permitió Dios para que Ricardo cambiase de
vida).
Ricardo
se levantó y sin abrir la puerta preguntó: -¿Quién eres?
-¿Es
que no me reconoces?, ¡soy un desgraciado, -exclamó triste el alma del amigo-
estoy condenado!
-
¿Cómo así?
-Tienes
que saber, Ricardo que, al salir de aquella casa me atacaron y caí muerto
ahogado; mi cuerpo quedó tendido en la mitad de la calle y mi alma está en el
infierno. Lo mismo te hubiera pasado a ti, pero Santa María te salvó de él por
las tres Avemarías que le rezas cada noche. Y acabó diciendo: aprovecha esta
revelación de la Madre de Dios, tú que tienes tiempo. Y desapareció.
La
Virgen quiso que el alma de su amigo le revelase a Ricardo lo sucedido para que
cambiase de vida. Ricardo se puso a llorar y a dar gracias a la Virgen; sonaban
entonces las campanas de la iglesia y decidió ir a confesarse y hacer
penitencia.
Fue
y se lo dijo a los sacerdotes; estos, que no lo creían, se dirigieron a la
calle donde estaba el cuerpo de su amigo y lo vieron muerto y tendido en mitad
de la calle; comprobaron así que Ricardo no había mentido. A partir de entonces
Ricardo cambió de vida e hizo muchas cosas por Dios y por los demás.
Perdona,
María, las veces que rezo el Avemaría sin atención, como de carrerilla, sin
darme cuenta de que te lo estoy diciendo a Ti. Procuraré fijarme más en los
pronombres en segunda persona (Tú, te, contigo). De todas formas, aunque me
siga distrayendo, no me preocupa: sé que te gusta lo que digo, y sabes que te
lo digo porque te quiero. Todas las noches te daré las buenas noches rezándote
las tres Avemarías... ¡con atención!
Ahora
puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que
has leído. Después termina con la oración final.
Fuente: Web de Javier
