El
doctor Chenay pasó consulta físicamente incluso en plena pandemia. Ahora, tras
pasar la cuarentena, lo hace por teléfono e internet y sigue visitando una
residencia de ancianos misioneros
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El doctor Chenay no tendrá sustituto si se jubila y no ha querido
abandonar a sus pacientes. Foto: Arnaud Journois / Le Parisien
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El doctor Christian Chenay tiene
casi 99 años, pese a lo cual continúa atendiendo pacientes a pesar de que es
población de riesgo por el coronavirus.
El 1 de mayo fue recibido por el presidente
francés, Emmanuel Macron, quien le transmitó su
admiración: "Ofrece usted un testimonio inspirador, y no sabe el optimismo
que eso transmite".
Hasta hace muy poco, los lunes y los miércoles, desde las siete y media de la mañana hasta las tres de
la tarde, el doctor Christian
Chenay recibía sin cita previa. Es el médico en activo más
anciano de Francia. Ejerce en su domicilio, en Chevilly-Larue, en la Isla
de Francia (departamento de Val-de-Marne), prácticamente un barrio en el sur
del gran París.
Está dispuesto a seguir hasta cumplir cien años "siempre
que esté en forma", dice. Al menos tan en forma como ahora, cuando
"ni siquiera usa gafas", como señala uno de los pacientes a quienes
atiende.
"Somos solo
tres médicos para 19.000 habitantes y soy el único que recibe sin cita, cojo a
los treinta primeros que llegan", explicaba a principios del año pasado. En
enero de 2019 podría haberlo dejado, pero los médicos que habrían podido
sustituirle se instalaron en otro lugar: "Sigo por los enfermos. No podía abandonar a mis
pacientes. Es una cuestión de moral".
Cuando llegó a Francia la pandemia de coronavirus, tampoco se
arredró. Siguió pasando consulta, hasta que entraron dos pacientes y le
obligaron por la fuerza a darles todas las mascarillas y todo el gel
desinfectante que tuviese. Entonces decidió cerrar la consulta, con realismo y
prudencia: "Tuve que
renunciar, carecía de seguridad. No habría podido hacerles un servicio [a
sus pacientes], porque me habría convertido en una caja de virus, en un
foco de infección... Te sientes impotente, porque no hay tratamiento, no sabes
quién está enfermo y quién no y no puedes aislar a los enfermos".
Pese a cerrar la
consulta, no ha dejado de pasarla. Se encerró durante dos semanas de
cuarentena porque notó los síntomas del virus. Desde que concluyó su reclusión,
atiende a sus pacientes por
teléfono y por internet.
Y también personalmente, al menos a la residencia para misioneros jubilados que
visita desde 1951, donde no se han detectado casos de Covid-19: "A algunos les conozco desde que
eran seminaristas. Se fueron para América, África y la India. Ahora son
ancianos y pobres y no les voy a abandonar tras setenta años de relación".
El doctor Chenay es un católico ferviente y quiere "cuidarles
y ayudarles a resistir". Es un ejercicio vocacional de su profesión.
Tanto, que ha visto jubilarse incluso a uno de sus hijos, de 67 años, quien
trabajó con él durante 37 años y recuerda que algunas personas se aprovechaban
mucho de él: "No sabía decir que no". Esa bondad de trato y su
capacidad de escuchar es lo que más valoran sus enfermos (algunos de ellos, sin
papeles) en unos tiempos de un ejercicio de la medicina muy deshumanizado.
En la vida de
este anciano médico se suceden varios hechos dramáticos. Su padre no quería
tener hijos en el momento en el que su madre quedó embarazada, así que la obligó a abortar. Ella lo
intentó con quinina e incluso con una aguja de tricotar, pero Christian se las
arregló para "aferrarse a la vida", según cuenta él mismo, hasta
que sus progenitores desistieron.
Marcado por el drama
Tras concluir sus estudios al finalizar la Segunda
Guerra Mundial, el doctor Chenay estuvo en Estados Unidos especializándose en
neurología y también en hipertensión, área esta última en el que sus
investigaciones brillaron hasta darle cierto nombre. Siendo profesor de
fisiología se enamoró de Doli,
una joven de origen navajo que murió en un accidente de tráfico, un hecho que
le marcó tanto que decidió volver a Francia.
Con el tiempo, pudo olvidar y en 1950 se casó con Marthe, la que ha sido madre de sus dos hijos y su
asistente en la consulta. En 1951 se instalaron en su residencia actual,
así que lleva cerca de sesenta años atendiendo a varias generaciones de
vecinos, a sus hijos, a sus nietos... En 1997, Marthe sufrió un brutal ataque con unas
tijeras por parte de un paciente enfurecido, que se vengó así de que su marido
no reconociese la incapacidad que reclamaba. Murió en 2002. Hace seis años, el
doctor contrajo un nuevo
matrimonio con Suzanne, una mujer vietnamita de "setenta y
muchos" a quien conoció visitando una pagoda budista en París junto a unos
amigos.
El doctor Chenay
publicó hace un año un libro, ¿Y si la vejez no fuese un
naufragio? ¡Veteranos, despertad!, donde reivindica el papel de los
ancianos en una sociedad entregada al culto a la juventud.
Él, desde su experiencia, confiesa que ha sido
feliz: "He tenido esposas adorables. Estar bien acompañado es lo más importante... No hay que
tomarse la vida demasiado en serio, sino tal cual es". Y si ahora lo que
toca es una pandemia... él no va a quedarse, como médico, al margen.
Fuente: ReL
