"Allí
donde están los verdaderos goces celestiales, allí deben estar siempre los
deseos de nuestro corazón"
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Trasladado a
Inglaterra, fue elegido obispo de Canterbury y combatió valientemente por la
libertad de la Iglesia, sufriendo dos veces el destierro. Escribió importantes
obras de teología. Murió el año 1109.
Fue
predicador y reformador de la vida monástica. Es cierto que los normandos
oprimieron a Inglaterra; pero con ellos llegaron al país algunos de sus hombres
de Iglesia y de Estado más eminentes. Entre ellos, están dos arzobispos de
Canterbury: Lanfranco y su sucesor inmediato, San Anselmo. Este nació de
noble familia en Aosta del Piamonte hacia el año 1033. De jovencito fue
encomendado a un profesor muy riguroso, regañón y humillante y el niño empezó a
perder la alegría y a volverse demasiado tímido y retraído.
Entonces
lo llevaron a los Padres Benedictinos y estos por medio de la bondad y de la
alegría lo transformaron en un estudiante alegre y entusiasta. Todos
los ratos libres los dedicaba a estudiar y a escribir. Más tarde Anselmo
diría: "Mis progresos espirituales, después de Dios y de mi madre,
los debo a haber tenido unos excelentes profesores en mi niñez, los Padres
Benedictinos".
A
los 15 años intentó ingresar en un monasterio, pero el abad, sabiendo que el
padre de Anselmo, Gandulfo, se oponía a ello, no quiso admitirle.
Mientras el papá lo animaba a ser un triunfador en el mundo, la madre le
mostraba el cielo azul y le decía: allá arriba empieza el verdadero
reino de Dios. El papá lo llevaba a fiestas y a torneos. Pero,
aunque Anselmo participaba con mucho entusiasmo, después de cada fiesta mundana
sentía su alma llena de tristeza y desilusión. Y exclamó: "El navío
de mi corazón pierde el timón en cada fiesta y se deja llevar por las olas de
la perdición". Entonces, Anselmo se fue inclinando más a ganarse
el cielo que las glorias humanas.
Anselmo
olvidó durante algún tiempo su vocación, descuidó la práctica religiosa y vivió
una vida mundana de la que no dejó de arrepentirse más tarde hasta el último
día de su vida. Anselmo no se entendía con su padre. Tan severo
era éste, que Anselmo no tuvo más remedio que abandonar la casa paterna,
después de la muerte de su madre, para proseguir sus estudios en
Borgoña. Tres años más tarde, pasó a Bec, en Normandía, atraído por la
fama del gran abad Lanfranco. A los veintisiete años, en 1060,
Anselmo ingresó en el monasterio de Bec, donde se convirtió en discípulo y gran
amigo de Lanfranco.
Este fue nombrado abad de San Esteban de Caen,
tres años más tarde y Anselmo pasó a ser el prior de Bec. Algunos monjes
murmuraron contra la elección de Anselmo, quien era todavía muy joven; pero su
paciencia y bondad acabaron por ganarle los ánimos de sus más acerbos
críticos. Entre éstos se contaba un joven muy rebelde, llamado
Osberno, a quien San Anselmo convirtió poco a poco a la observancia y asistió
tiernamente en su última enfermedad.
San
Anselmo era gran devoto de la Virgen María y decía que no hay
criatura tan sublime y tan perfecta como ella y que en santidad sólo la supera
Dios.
San
Anselmo fue sin duda el mayor teólogo de su tiempo y el "padre de la
escolástica". Como tal, es precursor de Santo Tomás de Aquino. La
Iglesia no había tenido un metafísico de su talla desde la época de San
Agustín. Al mismo tiempo su piedad permitía que Dios lo orientara hacia la
Verdad Suprema. Con corazón e inteligencia se acercó a los misterios
cristianos: "Haz, te lo ruego, Señor que yo sienta con el corazón lo
que toco con la inteligencia"
"Es
necesario, decía él, impregnar cada vez más nuestra fe de inteligencia, en
espera de la visión beatífica". Sus obras filosóficas, como sus
meditaciones sobre la Redención, provenían del vivo impulso del corazón y de la
inteligencia.
Siendo
todavía prior de Bec, compuso sus dos obras más conocidas que ayudaron a
integrar la filosofía y la teología: El Monologium, (modo de meditar sobre
las razones de la fe", en el que daba las pruebas metafísicas de la
existencia y la naturaleza de Dios, y el Proslogium (la fe que busca
la inteligencia) o contemplación de los atributos de
Dios. Igualmente compuso los tratados de la verdad, la
libertad, el origen del mal y el arte de razonar, llegando así a ser uno de los
autores más leídos en la Iglesia Católica. Durante siglos los maestros de
teología han leído y citado las enseñanzas de este gran sabio.
Eadmero,
un monje inglés, discípulo y biógrafo de Anselmo, cuenta que tenía éste un
método muy personal de instruir, empleando comparaciones muy conocidas, de
suerte que aun la gente más sencilla podía entenderle. A un abad que se
quejaba del pobre fruto de sus esfuerzos pedagógicos, dijo San Anselmo:
"Si plantas un árbol en tu huerto y lo cercas por todos lados, de suerte
que no pueda extender sus ramas, tendrás al cabo de un tiempo un árbol inútil
de ramas torcidas… Pues así es como tratas a tus hijos, con amenazas y golpes y
privándoles del privilegio de la libertad". Al mismo tiempo, nadie
como San Anselmo insistía en la importancia de buscar la verdad y ser fiel a
ella.
San
Anselmo fue un hombre de singular encanto. Su simpatía y sinceridad le ganaron
el afecto de hombres de todas clases y nacionalidades. La caridad del santo se
extendía aun a los más humildes de sus fieles. Él fue uno de los
primeros que se opusieron a la esclavitud. En el concilio nacional
de Westminister, que reunió en 1102 para resolver algunos asuntos
eclesiásticos, el arzobispo obtuvo la aprobación de un decreto que prohibía
vender a los esclavos como animales.
Una
anécdota de su vida pone en relieve la humanidad de San Anselmo. Eadmero
cuenta que el santo encontró un día a un niño que había atado un hilo a la pata
de un pájaro y se divertía dejándole escapar y volviéndole a
coger. Anselmo, lleno de indignación, cortó el hilo, y
dijo: "ecce filum rumpitur, avis avolat, puer plorat, pater exultat -
"el pájaro escapa, el niño llora y el padre se alegra".
En
1078, después de quince años de priorato, Anselmo fue elegido abad de
Bec. Eso le obligaba a viajar con frecuencia a Inglaterra, donde la abadía
contaba con algunas propiedades.
Anselmo
fue a Inglaterra en 1092, tres años después de la muerte de
Lanfranco. El rey Guillermo el Rojo mantenía vacante la sede de
Canterbury para disfrutar de sus rentas. Como San Anselmo le
exhortase a nombrar un arzobispo, Guillermo juró "por la Santa Faz de
Lucca" (tal juramento popular se refiere al "Volto
Santo") que ni Anselmo ni otro alguno sería arzobispo de Canterbury
mientras él viviese. Pero una enfermedad que le puso a las puertas de la
muerte le hizo cambiar de opinión.
Lleno de temor, el rey prometió que en
adelante gobernaría de acuerdo con las leyes y nombró arzobispo a San
Anselmo. El buen abad alegó en vano su avanzada edad, su falta de salud y
su ineptitud para el gobierno. Los obispos y todos los presentes le
obligaron a tomar el báculo pastoral y le condujeron a la iglesia, donde
cantaron un "Te Deum".
Pero
el corazón del rey no había cambiado en realidad. Apenas acababa de
instalarse el nuevo arzobispo, cuando Guillermo, quien quería arrebatar a su
hermano el ducado de Normandía, empezó a exigirle dinero. Anselmo le
ofreció quinientos marcos, suma importante en aquellos tiempos; pero el rey le
pidió mil como precio de la elección. El santo se negó rotundamente
a pagarlos y exhortó al rey a proveer las abadías vacantes y a sancionar la
convocación de los sínodos necesarios para reprimir los abusos de los clérigos
y los laicos.
El rey replicó ásperamente que defendería las abadías
como si se tratase de su propia corona y, desde entonces, no tuvo otro
pensamiento que el de arrojar a Anselmo de su sede. Consiguió, en efecto,
que cierto número de obispos le negasen la obediencia; pero los barones no
aceptaron condenar a San Anselmo. El mismo legado pontificio llevó a
Anselmo el palio que le hacía inamovible.
Viendo
que el rey oprimía a la Iglesia siempre que podía cuando el clero no se plegaba
a su voluntad, San Anselmo le pidió permiso de ir a Roma a consultar a la Santa
Sede. El rey se lo rehusó dos veces; a la tercera, le respondió que
podía salir del país, pero que confiscaría todas sus rentas y no le permitiría
volver a entrar. A pesar de ello, San Anselmo partió de Canterbury en
octubre de 1097, acompañado por Eadmero y otro monje llamado Balduino. En
el camino se hospedó primero con San Hugo, abad de Cluny y después con otro
Hugo, arzobispo de Lyon. En Roma expuso el asunto al Papa, quien no sólo
le prometió su protección, sino que escribió al rey exigiéndole que restituyese
a San Anselmo sus derechos y posesiones.
San
Anselmo se retiró a un monasterio de Campania por razones de salud y ahí
terminó su famosa obra Cur Deus homo, que es el más famoso tratado
que existe sobre la Encarnación. Convencido de que podría hacer más bien
en la vida oculta que en su sede en Canterbury, Anselmo rogó al Papa que le
descargase de su oficio, pero el Pontífice, se negó. Sin embargo,
dado que no podía volver por el momento a Inglaterra, el Papa le dio permiso de
quedarse en Campania.
Anselmo asistió al Concilio de Bari, en 1098,
y se distinguió por su manera de abordar las dificultades de los obispos
grecoitálicos sobre la cuestión del "Filioque". El
Concilio acusó al rey de Inglaterra de simonía, de opresión a la Iglesia, de
persecución al arzobispo y de vida viciosa; sin embargo, no llegó a condenarle
solemnemente gracias a la intervención del mismo San Anselmo, quien persuadió
al Papa Urbano de que se contentase con la amenaza de excomunión.
La
muerte de Guillermo el Rojo puso fin al destierro de San Anselmo, quien entró
en Inglaterra entre las aclamaciones del pueblo. Pero la paz no fue
duradera. Las dificultades surgieron en cuanto Enrique I se arrogó el
derecho de reconfirmar la elección de San Anselmo. Eso se oponía a los
decretos del sínodo romano de 1099, que había suprimido los derechos de
investidura de los laicos sobre las abadías y catedrales. San Anselmo se
negó, pues, a obedecer al rey. Pero en ese momento Inglaterra estaba bajo
la amenaza de una invasión de Roberto de Normandía, a quien muchos barones
ingleses no veían con malos ojos.
Deseando ganarse el apoyo de la Iglesia,
Enrique prometió total obediencia a la Santa Sede en el futuro, y San Anselmo
hizo cuanto pudo por evitar la rebelión. Aunque, como lo hace notar
Eadmero, Enrique debía en gran parte al santo el hecho de no haber perdido la
corona, reclamó de nuevo su derecho de investidura en cuanto pasó el peligro. Por
su parte, el arzobispo se negó a consagrar a los obispos nombrados por el rey,
a no ser que hubiesen sido canónicamente elegidos. La oposición entre el
rey y el arzobispo fue agravándose de día en día.
Finalmente
Anselmo decidió ir personalmente a Roma a exponer el asunto al Papa y Enrique
envió por su parte a un delegado personal. Después de madura
consideración, Pascual II confirmó la decisión de su predecesor. Al
saberlo, Enrique prohibió a San Anselmo que volviese a Inglaterra y confiscó
sus bienes. Más tarde, el rumor de que San Anselmo iba a excomulgar al rey
parece haber alarmado al monarca, quien fue a Normandía a reconciliarse con el
arzobispo. En un consejo real que tuvo lugar en Inglaterra, Enrique I
renunció al derecho de investidura sobre las abadías y los obispados y Anselmo,
con el consentimiento del Papa, aceptó que los obispos prestasen homenaje al
monarca por sus posesiones temporales. El rey observó realmente el pacto y
llegó a tener tal confianza en el arzobispo, que le nombró regente durante el
viaje que hizo a Normandía en 1108. Pero la salud de San Anselmo, que era
ya muy anciano, se había debilitado mucho. El santo murió al año
siguiente, 1109, entre los monjes de Canterburry. Sus últimas
palabras antes de morir fueron:
"Allí donde están los verdaderos goces celestiales, allí deben estar siempre los deseos de nuestro corazón".
"Allí donde están los verdaderos goces celestiales, allí deben estar siempre los deseos de nuestro corazón".
San
Anselmo fue declarado Doctor de la Iglesia en 1720, aunque no había sido
canonizado. Dante le pone en el paraíso entre los espíritus de luz y poder
de la esfera solar, junto a San Juan Crisóstomo.
Se
cree que el cuerpo del gran arzobispo descansa en la catedral de Canterbury, en
la capilla de su nombre, del lado sudoeste del altar mayor.
Fuente:
ACI
