MIRAR A CRISTO. VIDA DE PIEDAD
II. El Señor quiere a los
cristianos corrientes metidos en la entraña de la sociedad, laboriosos en sus
tareas, en un trabajo que de ordinario ocupará de la mañana a la noche.
III. Muchas veces el Señor se retira a orar, quizá
durante horas: por la mañana, muy de madrugada, salió fuera, a un lugar
solitario, y allí hacía oración (Mc 1, 35).
“«Jesús les dijo
de nuevo: Yo me voy y me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado; a donde yo
voy vosotros no podéis venir Los judíos decían: ¿Es que se va a matar y por eso
dice: A donde yo voy vosotros no podéis venir? Y les decía: Vosotros sois de
abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo.
Os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que yo soy,
moriréis en vuestros pecados. Entonces le decían: ¿Tú quién eres? Jesús les
respondió: Ante todo, lo que os estoy diciendo.
Tengo muchas cosas que hablar y
juzgar de vosotros, pero el que me ha enviado es veraz, y yo, lo que he oído,
eso hablo al mundo. Ellos no entendieron que les hablaba del Padre. Díjoles,
pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis
que yo soy, y que nada hago por mi mismo, sino que como el Padre me enseñó así
hablo. Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo porque yo hago
siempre lo que le agrada. Al decir estas cosas, muchos creyeron en él»” (Juan
8,21-30).
I. La gracia recibida en
el Bautismo, llamada a su pleno desarrollo, está amenazada por los mismos
enemigos que siempre han atacado a los hombres: egoísmo, sensualidad, confusión
y errores en la doctrina, pereza, envidias, murmuraciones, calumnias...En todas
las épocas se dejan notar las heridas del pecado de origen y de los pecados
personales. Los cristianos debemos buscar el remedio y el antídoto en el único
lugar donde se encuentra: en Jesucristo y en su doctrina salvadora.
No
podemos dejar de mirarlo elevado sobre la tierra en la Cruz. Mirar a Jesús, no
podemos apartar la vista del Señor, nuestro Amor. Debemos buscar la fortaleza
en el trato de amistad con Jesús, a través de la oración, de la presencia de
Dios a lo largo de la jornada y en la visita al Santísimo Sacramento.
II. El Señor quiere a los
cristianos corrientes metidos en la entraña de la sociedad, laboriosos en sus
tareas, en un trabajo que de ordinario ocupará de la mañana a la noche. Jesús
espera que no nos olvidemos de Él mientras trabajamos. Jesucristo es lo más
importante de nuestro día, de nuestra vida, por eso cada uno de nosotros debe
ser alma de oración siempre y mantener Su presencia a lo largo de la jornada.
Para
lograrlo echaremos mano de esas “industrias humanas”: jaculatorias, actos de
amor y desagravio, comuniones espirituales, miradas a la imagen de Nuestra
Señora (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino): cosas sencillas, pero de gran
eficacia. Si ponemos el mismo interés en acordarnos del Señor, nuestro día se
llenará de pequeños recordatorios que nos llevarán a tenerle presente. Poco a
poco, si perseveramos, llegaremos a estar en la presencia de Dios como algo
normal y natural. Aunque siempre tendremos que poner lucha y empeño.
III. Muchas veces vemos al
Señor que se dirigía a su Padre Dios con una oración corta, amorosa, como una
jaculatoria. Nosotros también podemos decirlas desde el fondo de nuestra alma,
y que responden a necesidades o situaciones concretas por las que estamos pasando.
Santa Teresa recuerda la huella que dejó en su vida una jaculatoria: ¡Para
siempre, siempre, siempre! Al terminar nuestra oración le decimos, como los
discípulos de Emaús: Quédate con nosotros, Señor, porque se hace de noche
(Lucas 24, 29). Todo es oscuridad cuando Tú no estás. Y acudimos a la Virgen, y
le decimos amorosamente: Dios te salve, María... bendita tú entre todas las
mujeres.
Textos
basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente:
Almudi.org
