MADRE DE MISERICORDIA
II. Salud de
los enfermos, Refugio de los pecadores.
III. Consuelo
de los afligidos, Auxilio de los cristianos.
“Uno de aquellos días,
como había mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y
les dijo: «Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen
qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino.
Además, algunos han venido desde lejos.»
Le replicaron sus discípulos: « ¿Y de
dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para que se queden satisfechos?»
Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?» Ellos contestaron: «Siete.» Mandó que
la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes, pronunció la acción de
gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran.
Ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús los
bendijo, y mandó que los sirvieran también. La gente comió hasta quedar
satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; eran unos
cuatro mil. Jesús los despidió, luego se embarcó con sus discípulos y se fue a
la región de Dalmanuta” (Marcos 8,1-10).
I. El Evangelio nos
muestra con frecuencia la compasión misericordiosa de Jesús hacia los hombres.
Nosotros debemos recurrir frecuentemente a la misericordia divina, porque en su
compasión por nosotros está nuestra salvación y seguridad, y también debemos ser
misericordiosos con los demás: éste es el camino para atraer con más prontitud
el favor de Dios.
Enseña
San Agustín que la misericordia nace del corazón y se apiada de la miseria
ajena, corporal o espiritual, de tal manera que le duele y entristece como si
fuera propia, llevando a poner los remedios oportunos para intentar sanarla
(PABLO VI, Alocución).
En
Jesucristo, Dios hecho hombre, encontramos plenamente la expresión de esta
misericordia divina. María participa en grado eminente de esta perfección divina,
y en Ella la misericordia se une a la piedad de madre. Ella es nuestro consuelo
y nuestra seguridad. Ni un solo día ha dejado de ayudarnos, de protegernos, de
interceder por nuestras necesidades.
II. El título de Madre de
Misericordia se ha expresado en las advocaciones de Salud de los enfermos,
Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos, Auxilio de los cristianos.
La Virgen nos obtiene la curación del cuerpo, sobre todo si está ordenada el
alma, o la gracia de entender que el dolor es instrumento de Dios.
Nadie
después de Jesús ha detestado más el pecado que Santa María, pero lejos de
rechazar a los pecadores, los acoge, los mueve al arrepentimiento. A Ella
también acudimos para decirle que somos pecadores, pero que queremos amar cada
vez más a su Hijo Jesucristo, que tenga compasión de nuestras flaquezas y que
nos ayude a superarlas.
III. Nuestra Madre fue
durante toda su vida, consuelo de aquellos que andaban afligidos por un peso
demasiado grande para llevarlo solos: dio ánimos a José, quien a pesar de ser
un hombre lleno de fortaleza, se le hizo más fácil el cumplimiento de la
voluntad de Dios con el consuelo de María. Después consoló a los Apóstoles
cuando todo se les volvió negro y sin sentido después que Cristo murió en la
cruz. Y desde entonces nunca ha dejado de ser consuelo de todos sus hijos
cuando están afligidos.
La
Virgen es también auxilio de los cristianos, porque se favorece principalmente
a quienes se ama. Y nadie amó más a quienes formamos parte de la familia de su
Hijo. En Ella encontramos todas las gracias para vencer en las tentaciones, en
el apostolado, en el trabajo. Acudamos a nuestra Madre, Ella está siempre
dispuesta a auxiliarnos.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
