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| Shutterstock | Olena Yakobchuk |
Para lograr la
humildad, todos sabemos que es difícil luchar. Todos tenemos
nuestro ego, que se expresa de mil maneras. Si hacemos autoexamen,
enseguida detectamos que en un solo día:
-hemos valorado más
la opinión nuestra que la de los demás.
-hemos
organizado el día pensando en nuestro propio beneficio, en primer
lugar.
-no hemos
mirado lo suficiente a nuestro alrededor para detectar lo que otros podían
necesitar.
Todo eso
son manifestaciones de orgullo, y me dejo muchas en el bolsillo.
¿Cómo subir un
peldaño en el terreno de la humildad? ¿Cómo mejorar en el olvido de sí y
poner coto a la soberbia?
Hay dos valores
que al ponerlos en práctica nos ayudan a ser humildes. Son la
sinceridad y la obediencia.
Sinceridad
Cada vez que
soy sincero, pongo mi ego en su sitio. Eso significa que no
siempre voy a quedar bien, que incluso estoy dispuesto a quedar
mal, a reconocer mis errores ante otras personas y a
manifestar mis limitaciones.
Que no sea
necesario emplear una máquina de la verdad para saber lo que pienso de las
cosas. Y que reconozca cuándo he cometido un error: ya habré dado el primer
paso para pedir perdón.
La sinceridad
consiste en decirlo todo, no solo medias verdades. Y eso aplica al
noviazgo, a la amistad, al matrimonio, al trabajo, a la vida de relación con
Dios…
Cuando uno es
sincero, experimenta una sensación de quedar liberado. La
sinceridad aporta paz. Aquella cosa mala que me ataba, ya la he
soltado. Aunque luego tenga que pagar un precio por lo que he hecho.
Ser sincero es
estar dispuesto a entrar en uno mismo como quien entra en una casa que ha
estado cerrada mucho tiempo, con una linterna o dando la luz, y va descubriendo telarañas,
suciedad que había quedado acumulada en un rincón y que no queríamos destapar.
Ser sinceros
nos hace transparentes y eso permite que los demás
conozcan cómo somos. Así se puede ser más humilde, porque uno no
carga pesos que pueden ser un lastre: algo que no he contado a mi novio o a mis
padres, algo que no digo a mis colegas…
Si somos
sinceros con los amigos, si les mostramos nuestros sentimientos y les damos la
oportunidad de saber quiénes somos, seremos más amigos de verdad.
Quizá no
contarles algo para no exponernos o no mostrar nuestra vulnerabilidad,
nos hacía permanecer en una amistad superficial. La sinceridad, en cambio, nos
ayudará a profundizar y ser verdaderos amigos.
Decía el
poeta Rubén Darío: “Ser sincero es ser potente: de desnuda que
está, brilla la estrella”.
Obediencia
Con la
obediencia nos sometemos a otra persona: nuestros padres, nuestro jefe… Como
somos adultos, obedecer implica querer obedecer, estar
dispuesto a hacer lo que esa persona me diga y, además, ser responsable
de las consecuencias de lo que hago obedeciendo.
Al obedecer,
reconozco la autoridad de una persona sobre mí y eso me hace
más humilde. Porque implica que previamente he valorado a esa
persona y la considero por encima de mí (en ese aspecto).
Obedecer
significa, a veces, dejar de remar en la dirección que uno quería y seguir otra
ruta que me han indicado. Es fiarse. Implica replantear cosas, dar prevalencia
a los demás, dejar mis planes aparcados y volcarse en otras
metas… Y practicar todo eso es una forma de hacerse humilde.
Cuando te
cueste ser humilde y no sepas por dónde empezar, practica la sinceridad
y la obediencia. Si los trabajamos, incluso en pequeñas metas,
serán como dos ruedas que nos ayudan a avanzar.
Dolors
Massot
Fuente: Aleteia
