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| Por isara. @Adobe Stock. Dominio público |
Un hermano
es uno al que no has elegido y que, quieras o no, estará unido para siempre
contigo por lazos de sangre. Podréis ser buenos amigos o no soportaros, pero te
ha sido dado. Se te ha entregado y nunca podrás desentenderte totalmente de él.
Así lo vemos en la protohistoria que recoge el libro del Génesis sobre el
primer fratricidio. «La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo»,
le dirá Dios a Caín al quererse desentender este de su hermano Abel.
Jesús
comienza públicamente su misión cuando se entera de que Juan el Bautista ha
sido arrestado. Entiende que este arresto significa la conclusión de la tarea
de Juan, el último de los profetas y que llega su momento. Por eso se establece
en Cafarnaúm, que era una ciudad comercial y bulliciosa, situada en el noroeste
del lago de Galilea. Desde allí comenzará a brillar como luz que llegará a iluminar
a todas las naciones.
El Evangelio
recoge tres rasgos del inicio de esta predicación que nos muestra el modo en
que esta luz se expandirá. Lo primero es una llamada a la conversión, porque
está cerca el Reino de los Cielos. El Reino de los Cielos es él mismo, Dios
mismo que se ha hecho carne y viene a nosotros para reinar en nuestra vida, no
por imposición sino por el amor.
Por eso su
llamada es una llamada a la libertad: "convertíos", es decir,
"volveos a mí, miradme, escuchadme, porque vengo a traeros la alegría de
Dios". Su misma persona es la luz. Esto se concretará con el tercero de
los rasgos: Jesús trae la curación «de toda enfermedad y de toda dolencia en el
pueblo». No solo enfermedades, sino toda dolencia, de tal manera que
Jesús nos muestra que las curaciones que irá realizando a lo largo de su
ministerio público serán el signo de su poder para vencer la raíz del mal. Él
no curó a todos los enfermos, pero sí nos mostró que tiene poder para darnos la
vida eterna, la vida que perdura para siempre. Es la luz que puede iluminar
toda oscuridad.
Pero
queda una pregunta en el aire. ¿Cómo podemos entrar en contacto con él? Aquí
viene la segunda acción de Jesús: la llamada a los primeros discípulos. En este
caso, son dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan. Paulatinamente
irá llamando a personas que, a través de su predicación, se volverán hacia él,
reconociéndolo poco a poco como Hijo de Dios uniéndose a él de por vida.
Me
parece muy significativo que esta llamada comience por dos parejas de hermanos.
De hecho, es bastante habitual conocer parejas de hermanos llamados al
sacerdocio o a la vida consagrada. Ellos son signo de que Jesucristo viene a
formar una fraternidad, la Iglesia, en la que nos introduce en el ser hijos de
Dios y, por lo tanto, hermanos entre nosotros.
Hay
hermanos mayores, hermanos pequeños, hermanos medianos… En la Iglesia todos
somos hermanos medianos. El hermano mayor es Jesucristo. San Pablo en la carta
a los Romanos habla de Jesucristo como el «primogénito entre muchos hermanos».
Además, tenemos muchos otros hermanos mayores, lejanos y próximos, que han
hecho llegar el testimonio de Jesús hasta nosotros. Y también tenemos muchos
hermanos pequeños que nos van siendo confiados y para los que nosotros somos
testigos de la tradición que, a su vez, hemos recibido.
A
través de la fe y por el sacramento del bautismo como rito de entrada,
continuamente se nos están dando nuevos hermanos. A la gran mayoría no los
conoceremos jamás; con algunos llegaremos a ser íntimos amigos y a compartir
experiencias maravillosas en el seguimiento de Cristo; por otros experimentaremos
rechazo o nos sentiremos afectivamente distantes. Pero todos somos hermanos y
formamos una sola familia en el Espíritu. Esto es la Iglesia y se hace concreto
en la vida de cada parroquia, congregación religiosa, asociación de fieles,
hermandades y cofradías. Verdaderamente podemos decir que es preciosa esta
Iglesia que el Señor comenzó por dos parejas de hermanos.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
