El
Sínodo ha reflexionado sobre la importancia de una Iglesia de comunión que
incluya más a los laicos, para que su contribución apoye la obra eclesial
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| 3° Congregación General del Sínodo de los Obispos |
Tercera
Congregación general durante la mañana del martes 8 de octubre, para el Sínodo
especial para la Región Panamazónica. Ante la presencia del Papa Francisco,
prosiguió la presentación de las intervenciones sobre el Instrumentum Laboris.
Los Padres sinodales en el Aula eran 183
La
defensa de los derechos humanos y el drama de la criminalización de los
líderes, de las comunidades y de los movimientos sociales fue uno de los temas
tratados esta mañana en la 3ª Congregación general del Sínodo especial para la
Región Panamazónica. En la Amazonía, de hecho, el número de mártires en este
ámbito es espantoso, tanto es así que entre los años 2003 y 2017 los indígenas
que murieron por defender sus propios territorios fueron 1.119. No sólo eso: a
menudo, los líderes sociales son víctimas de la impunidad y de la insuficiencia
de poderes estatales que no garantizan su seguridad.
Desde
este punto de vista, se reafirmó que la Iglesia debe defender a los que luchan
por proteger sus tierras creando, donde aún no existen, redes específicas de
protección o activando, a nivel diocesano, acciones permanentes de solidaridad
y promoción de la justicia social. La tarea de la Iglesia, como se ha dicho
muchas veces, es alzar la voz contra los proyectos que destruyen el medio
ambiente. Al mismo tiempo, los Padres sinodales subrayaron la importancia de
promover una política y una economía más participativa y alejada de la
"cultura del descarte", centrándose más bien en experiencias de
economía alternativa, como la de las pequeñas cooperativas que comercian
directamente con productos forestales, sin pasar por una gran producción.
La lucha contra modelos
extractivos depredadores
También
habló en el Aula de la contaminación de los ríos, en los que a menudo se
vierten los residuos de la actividad minera, y de la deforestación, que es una
amenaza cada vez más concreta en la Amazonía, debido a la venta masiva de
madera o al cultivo de coca, pero que también se ve favorecida por una débil
legislación medioambiental que no protege las riquezas ni las bellezas
naturales del territorio. En este punto, se instó a la Iglesia a denunciar las
distorsiones de los modelos mineros depredadores, ilegales y violentos, y a
apoyar las normas internacionales que protegen los derechos humanos, sociales y
ambientales, porque el grito de dolor de la tierra depredada es el mismo que el
de los pueblos que viven allí. La defensa de las poblaciones originarias
también fue recordada a través del martirio de muchos misioneros que dieron su
vida por la causa indígena y por la protección de aquellos que son explotados y
perseguidos por las amenazas que se presentan como "proyectos de
desarrollo".
Amazonía, tierra de
migraciones
El
Sínodo también reflexionó sobre el tema de la migración, tanto la de los
pueblos indígenas hacia las grandes ciudades como la de las personas que cruzan
la Amazonía para llegar a otros países. De ahí la importancia de una pastoral
específica de la Iglesia: la región amazónica como zona de flujos migratorios,
de hecho, es una realidad emergente – se señaló en el Aula – y un nuevo frente
misionero que debe ser abordado en un sentido inter-eclesial, encontrando
también una mayor colaboración entre las Iglesias locales y otros organismos
implicados en el sector. Además se recordó que el drama de la migración también
afecta a los jóvenes de la Amazonía, obligados a abandonar los países de origen
porque se ven cada vez más amenazados por el desempleo, la violencia, la trata
de seres humanos, el tráfico de drogas, la prostitución y la explotación. Es
necesario, pues, que la Iglesia reconozca, valore, apoye y fortalezca la
participación de la juventud amazónica en los espacios eclesiales, sociales y
políticos, ya que los jóvenes son "profetas de esperanza".
La urgencia de la
formación
Por
lo tanto, el Sínodo ha reflexionado sobre la importancia de una Iglesia de
comunión que incluya más a los laicos, para que su contribución apoye la obra
eclesial. La complejidad de la vida contemporánea, de hecho, requiere
habilidades y conocimientos específicos a los que los sacerdotes no siempre
pueden ofrecer todas las respuestas. Por esta razón, ante los numerosos
desafíos de la actualidad – incluidos el secularismo, la indiferencia religiosa
y la vertiginosa proliferación de iglesias pentecostales– la Iglesia debe
aprender a consultar y escuchar más la voz del laicado.
La
valorización del papel de los laicos ha vuelto al centro de la reflexión
también allí donde se ha hablado de la falta de sacerdotes y de la dificultad,
por tanto, de llevar el sacramento de la Eucaristía a los fieles: es necesario
pasar – se ha dicho – de una "pastoral de visita" a una
"pastoral de presencia", mirando también a los nuevos carismas que se
manifiestan en los movimientos laicales, cuyas potencialidades deben ser
reconocidas y profundizadas.
Por
eso, reiterando que el celibato es un gran don del Espíritu para la Iglesia,
algunos Padres sinodales pidieron que se piense en la consagración sacerdotal
de algunos hombres casados, los llamados "viri probati", valorando
después en el tiempo la validez o no de esta experiencia. Para algunos, sin
embargo, tal propuesta podría llevar al sacerdote a ser un simple oficial de la
Misa y no, en cambio, un pastor de las comunidades, un maestro de vida
cristiana, una presencia concreta de la cercanía de Cristo.
Nuevos caminos para los
ministerios
Ante
la urgente necesidad de pastores para la evangelización de la Amazonía, se
requiere una mayor valoración de la vida consagrada, pero también una fuerte
promoción de las vocaciones indígenas – se dijo en el Aula – así como la
posibilidad de elegir ministros autorizados para celebrar la Eucaristía o para
ordenar diáconos permanentes que, en equipo, acompañados por pastores, puedan
administrar los sacramentos. Otro punto de reflexión fue la formación de los
ministerios ordenados, concebida en tres niveles: una formación capilar a nivel
parroquial, con lectura y meditación de la Palabra de Dios; una formación
intensiva a tiempo completo, destinada a los animadores y animadoras de las
comunidades, y una formación teológica sistemática para los candidatos a los
ministerios ordenados y para los hombres y mujeres que deseen comprometerse en
ministerios laicos. Lo importante – se subrayó – es que la formación de los
seminaristas se replantee y se acerque a la vida de las comunidades. Entre las
propuestas hechas, finalmente, estaba la de pensar en la posibilidad de una
ordenación diaconal para mujeres, con el fin de potenciar la vocación eclesial.
Vatican News – Ciudad del
Vaticano
