EL SENTIDO CRISTIANO DEL DOLOR
II. El sufrimiento de los
justos.
III. El dolor y la Pasión de
Cristo.
“Sucedió que como se
iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a
Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo
de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención
de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor,
¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero
volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo” (Lucas 9,51-56).
I. Cuando en una ciudad de
samaritanos, no recibieron a Jesús porque daba la impresión de ir a Jerusalén,
(Lucas 9, 52-56) los Apóstoles se enojaron profundamente. Santiago y Juan le
propusieron a Jesús: ¿Quieres que mandemos que caiga fuego del cielo y los
consuma? El Señor aprovecha la ocasión para enseñarles que es preciso querer a
todos, comprender incluso a quienes no nos comprenden.
Muchos
pasajes del Evangelio nos señalan los defectos de los apóstoles aún sin limar,
y cómo van calando en su corazón las palabras y el ejemplo del Maestro. Dios
cuenta con el tiempo, y con las flaquezas y defectos de los discípulos de todas
las épocas. Más tarde, San Juan escribirá: El que no ama no conoce a Dios,
porque Dios es caridad.
Sin
dejar de ser él, el Espíritu Santo fue transformando poco a poco su corazón.
Para nosotros, que tenemos tantos defectos, es un estímulo lleno de esperanza
ver a San Juan, quien por su humildad, llegó a la santidad.
II. Desde Pentecostés, el
Espíritu Santo no ha cesado de actuar en el alma de los discípulos de Cristo de
todas las épocas, para llevarlos a la santidad. Sus inspiraciones son a veces
rápidas como el rayo; otras veces actúa directamente moviendo al bien,
inspirando, sugiriendo.
Otras
lo hace a través de los consejos de la dirección espiritual, de un
acontecimiento, de la actitud ejemplar de una persona, de la lectura de un
libro bueno. San Juan no cambió en un instante. Ni siquiera después de las
palabras de Jesús. Pero no se desanimó ante sus errores, puso empeño, permaneció
junto al Maestro, y la gracia hizo el resto.
III. Nosotros no debemos
desanimarnos por nuestros errores y flaquezas. Para combatir con eficacia en la
vida interior, debemos conocer bien nuestro defecto dominante, el que en cada
uno de nosotros tiende a prevalecer sobre los demás y, como consecuencia, se
hace presente en la manera de opinar, de juzgar, de querer y de obrar: (R.
GARRIGOU-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior) la vanidad, la pereza,
la impaciencia, la falta de optimismo, la tendencia a juzgar mal...
No
subimos todos por el mismo camino hacia la santidad: unos han de fomentar sobre
todo la fortaleza; otros la esperanza o la alegría. Debemos preguntarnos en
donde tenemos puestos nuestros deseos, qué es lo que más nos preocupa, qué no
hace perder la paz o la alegría, y cuál tentación se presenta con más
frecuencia.
Nos
ayudará sobremanera vivir el examen particular en un punto concreto. En María,
encontraremos siempre la paz y el gozo, para caminar tomados de su mano hasta
el Señor.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org