LOS HIJOS DE LA LUZ
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| Dominio público |
II. Ningún ideal es
comparable al de servir a Cristo.
III.
el Señor quiere que utilicemos medios humanos en el apostolado, y los
procedimientos lícitos que estén a nuestro alcance.
«Decía
también a los discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador, al
que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. Le llamó y le dijo:
"¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya
no podrás seguir administrando". Y dijo para sí el administrador:
"¿Qué haré, puesto que mi señor me quita la administración? Cavar, no
puedo: mendigar, me avergüenza.
Ya
sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando sea retirado de la
administración". Y, convocando uno a uno a los deudores de su amo, dijo al
primero: "¿Cuánto debes a mi señor?". El respondió: "Cien
medidas de aceite". Y le dijo. "Toma tu recibo; aprisa, siéntate y
escribe cincuenta". Después dijo a otro: "¿Tu, cuánto debes?".
El respondió: "Cien cargas de trigo". Y le dijo: "Toma tu recibo
y escribe ochenta". El dueño alabó al administrador infiel por haber
actuado sagazmente; porque los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo
que los hijos de la luz.
Y yo os digo: «Haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, os reciban en las moradas eternas.
Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho.
Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro?
Ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro, o preferirá a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Lucas 16, 1-13).
I.
El Evangelio de la Misa (Lucas 16, 1-13) nos habla de la habilidad de un
administrador que es llamado a cuentas por el amo, acusado de malversar su
hacienda. Jesús, a propósito de esta sagacidad, añadió con tristeza: los hijos
de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz.
No
alaba el Señor el Señor la inmoralidad del intendente que se prepara, en el
poco tiempo que le queda antes de que lo despidan, unos amigos que luego lo
reciban y ayuden, sino que alabó la capacidad de resolver una situación
difícil.
No
es raro ver el esfuerzo y los incontables sacrificios que muchos hacen para
obtener más dinero, poder, o subir en la escala social. Pues el mismo empeño
hemos de poner los cristianos en servir a Dios, multiplicando los medios
humanos para hacerlos rendir a favor de los más necesitados.
II.
Ningún ideal es comparable al de servir a Cristo, utilizando los talentos
recibidos como medios para un fin que sobrevive más allá de este mundo que
pasa. No tenemos más que un solo Señor, y a Él hemos de encaminar, sin
excepción, los actos de la vida: el trabajo, los negocios, el descanso.
Para
ser un administrador de los talentos que ha recibido, de la hacienda de la que
debe dar cuenta a su Señor, el cristiano ha de dirigir sus acciones a promover
el bien común, encontrando las soluciones adecuadas, con ingenio, con interés,
con profesionalidad, sacando adelante empresas y obras buenas en servicio de
los demás, teniendo la seguridad de que su quehacer vale más la pena que el
negocio más atrayente.
“Ya
lo dijo el Maestro: ¡ojalá los hijos de la luz pongamos, en hacer el bien, por
lo menos el mismo empeño y la obstinación con que se dedican a sus acciones,
los hijos de las tinieblas! No te quejes: ¡trabaja, en cambio, para ahogar el
mal en abundancia de bien!” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja)
III.
Aunque es la gracia la que cambia los corazones, el Señor quiere que utilicemos
medios humanos en el apostolado, y los procedimientos lícitos que estén a
nuestro alcance. Enseña Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica) que sería tentar
a Dios no hacer lo que podemos y esperarlo todo de Él. No somos instrumentos
inertes.
Los
hijos de la luz han de poner también –junto a los medios sobrenaturales- su
interés, su capacidad humana, su ingenio, su afán... al conquistar un alma para
Cristo. Jesús mismo, para realizar su misión divina, quiso servirse muchas
veces, de medios terrenos: unos cuantos panes y peces, un poco de barro...
Pidamos
al Señor, que apoyados en su gracia, tengamos la audacia del administrador
infiel, en nuestra misión apostólica.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
