LA BENDICIÓN DE LOS NIÑOS
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| Dominio público |
II. Vida de infancia y filiación divina.
III. Infancia espiritual y humildad.
«Entonces le presentaron
unos niños, para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les
reñían. Ante esto, Jesús, dijo: Dejad a los niños que vengan a mí, porque de
éstos es el Reino de los Cielos. Y después de imponerles las manos, se marchó
de allí» (Mateo 19, 13-15).
I. Jesús amó con
predilección -así nos lo muestra el Evangelio en repetidas ocasiones- a los
enfermos, a quienes más le necesitaban y a los niños. A éstos los amó con
verdadera ternura porque, además de estar siempre precisados de ayuda, reúnen
las cualidades que Él exige como condiciones indispensables para formar parte
de su Reino.
Dos
veces en el Evangelio de la vida pública aparece Jesús bendiciendo a los niños
y presentándolos a sus discípulos como ejemplo. Una fue en Galilea, en
Cafarnaún, y la otra en Judea, probablemente cerca de Jericó, cuando se
disponía a subir a Jerusalén. El relato de esta última lo leemos en el
Evangelio de la Misa: le presentaron unos niños, refiere San Mateo. Quienes los
llevan son, seguramente, las mujeres: las madres, abuelas o hermanas. Han
entrado en la casa donde está Jesús, empujando probablemente a los pequeños
delante de ellas, y los colocan cerca del Señor, para que les impusiera las
manos y orase por ellos, como si fueran los gestos y atenciones habituales de
Jesús con los niños.
Quizá
han distraído a los oyentes que escuchan al Maestro; por eso, los discípulos
les reñían. Pero el Señor interviene: Dejad a los niños y no les impidáis que
vengan a Mí, porque de éstos es el Reino de los Cielos. Y después de imponerles
las manos, se marchó de allí. Al declarar que el Reino de los Cielos pertenece
a los niños, en primer lugar nos enseña, con el sentido propio de las palabras,
que los niños no están excluidos en absoluto del Reino y que, por tanto, hemos
de tener gran cuidado en prepararlos y conducirlos a Él.
Ante
todo, deben ser bautizados cuanto antes, como repetidas veces, en todas las
épocas, ha urgido Nuestra Madre la Iglesia, que desea tenerlos cuanto antes en
su seno. "El común sentir y la autoridad de los Santos Padres -enseña el
Catecismo Romano- prueba que esta ley debe entenderse no sólo de los que están
en edad adulta, sino también de los niños en la infancia, y que ésta la ha
recibido la Iglesia por Tradición apostólica. Se debe creer, además, que Cristo
Nuestro Señor no quiso que se negase el sacramento y la gracia del Bautismo a
los niños, de quienes decía: dejad a los niños y no les impidáis que vengan a
Mí...". El deber de los padres se inicia con "la obligación de hacer
que los hijos sean bautizados en las primeras semanas".
En
el Bautismo reciben la misma vida de Cristo, se hacen hijos de Dios de una
manera completamente nueva, y reciben el Cielo como herencia. El Señor mirará
con especial aprecio y benevolencia a las madres que procuraron que sus hijos
recibieran este sacramento con prontitud y, más tarde, supieron poner todos los
medios, incluso extraordinarios, para que recibieran la oportuna catequesis de
los misterios de la fe.
Nos dice el Señor también en este pasaje del Evangelio que su Reino pertenece a quienes, como los niños, tienen una mirada limpia y un corazón puro, sin complicaciones, sencillo, sin pretensiones ni orgullo: ante Dios somos como niños pequeños, y así nos debemos comportar ante Él. "El niño está, al principio de la vida, abierto a cualquier aventura. También tú; no pongas ningún obstáculo para avanzar en la vida del Evangelio y para continuar durante tu vida en esa novedad".
II. En su primera venida a
la tierra, en la Encarnación, el Hijo de Dios se nos presenta no como un ángel,
ni como un poderoso; viene bajo la débil y frágil condición de un niño. Aunque
pudo manifestarse de otra forma, quiso escoger la debilidad de un niño; como si
necesitara protección y amor.
Dios ha querido que nosotros, a imitación de su Hijo, nos comportemos como aquello que somos: hijos débiles, que necesitan continuamente su ayuda. El Padre quiere que nos llamemos hijos de Dios y que lo seamos, y en estas pocas palabras se encierra uno de los puntos centrales de nuestra fe, que nos da la pauta para comportarnos ante Dios. Para ser como niños, se requiere un cambio profundo, que comporta dejar de pensar, de juzgar, de actuar de aquel modo menos propio de un hijo pequeño; y asimilar la enseñanza divina, para ejercitarse en ella de continuo.
¿Qué
se nos pide en este proceso de hacernos como niños? En primer lugar, una firme
voluntad de comportarse como hijos de Dios, dócil a su Voluntad, con pureza de
mente y de cuerpo, humilde y sencillo de espíritu. Ese empeño se manifiesta en
la lucha que vivieron los Apóstoles y los santos: a medida que iban siendo
transformados por el Espíritu Santo, se iban reconociendo, cada vez más
claramente, como hijos de Dios. Hacerse como niños en la vida espiritual es más
que una buena devoción: es un querer expreso del Señor. Aunque no todos los
santos lo hayan manifestado de una manera explícita, ésa ha sido la actitud de
todos ellos, porque el Espíritu Santo la origina siempre, inspirándonos esa
rectitud de corazón que los niños tienen en su inocencia.
"El niño bobo llora y patalea, cuando su madre cariñosa hinca un alfiler en su dedo para sacar la espina que lleva clavada... El niño discreto, quizá con los ojos llenos de lágrimas -porque la carne es flaca-, mira agradecido a su madre buena, que le hace sufrir un poco, para evitar mayores males.
"-Jesús, que sea yo un niño discreto", le pedimos en este rato de oración: que sepa comprender que en la enfermedad, el dolor, el aparente fracaso profesional..., se encuentra la mano providente de un Padre que nunca ha dejado de velar por sus hijos. Aceptemos con corazón alegre y agradecido todo cuanto la vida quiera ofrecernos, lo dulce y lo amargo, como enviado, o permitido, por quien es infinitamente sabio, por quien más nos quiere.
Esta vida de infancia espiritual comporta sencillez, humildad, abandono, pero no es inmadurez. "El niño bobo llora y patalea...": el infantilismo es inmadurez de la mente, del corazón, de las emociones, está estrechamente ligado a la falta de autodisciplina, a la falta de lucha. Esa actitud puede acompañar a muchas personas durante toda su vida, hasta la vejez, hasta la muerte, sin ser de verdad niños delante de Dios.
La
verdadera infancia espiritual lleva consigo madurez en la mente -visión
sobrenatural, ponderación de los acontecimientos a la luz de la fe y con la
asistencia de los dones del Espíritu Santo- y, junto a esta madurez, la
sencillez, la descomplicación: "El niño discreto mira agradecido...".
Por contraste, no progresa en esa senda de la vida de infancia quien vive en la
maraña de la complicación, con todas las fluctuaciones de la inmadurez en sus
deseos, sus ideas sus ocurrencias, sus emociones, con una conducta variable en
cada momento y permanentemente preocupada por su "yo"... En cambio,
el niño discreto, en su sencillez, en su debilidad, está totalmente ocupado en
la gloria de su Padre Dios, como vivió siempre su Maestro en su vida terrena,
el verdadero niño, el hijo verdadero, vive y habla con su "Abba", con
su Padre.
III. Nuestra piedad debe ser
filial, llena de amor, y ¿cómo podríamos servir a Dios con amor, si no se
comienza por reconocerle como un Padre lleno de amor hacia sus hijos? Quizá
muchos cristianos viven alejados de Dios, o con unas relaciones obstaculizadas
por la inmadurez de los caprichos o señaladas por la rigidez y la frialdad, porque
no han descubierto en su vida el sentido de la filiación divina y el camino de
la infancia espiritual, que para tantas almas ha sido el comienzo definitivo de
una verdadera vida interior. Danos, Señor, el sentido de la filiación divina,
ayúdanos a considerarla frecuentemente.
En verdad os digo: quien no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. "¿Por qué se dice -se pregunta San Ambrosio- que los niños son aptos para el Reino de los Cielos? Quizá porque de ordinario no tienen malicia, ni saben engañar, ni se atreven a engañarse; desconocen la lujuria, no apetecen las riquezas e ignoran la ambición. Pero la virtud de todo esto no consiste en el desconocimiento del mal, sino en su repulsa; no consiste en la imposibilidad de pecar, sino en no consentir en el pecado. Por tanto, el Señor no se refiere a la niñez como tal, sino a la inocencia que tienen los niños en su sencillez".
En la vida cristiana, la madurez se da precisamente cuando nos hacemos niños delante de Dios, hijos suyos que confían y se abandonan en Él como un niño pequeño en brazos de su padre. Entonces vemos los acontecimientos del mundo como son, en su verdadero valor, y no tenemos otra preocupación que agradar a nuestro Padre y Señor.
Hacerse como niños, la vida de infancia, es un camino espiritual que exige la virtud sobrenatural de la fortaleza para vencer la tendencia al orgullo y a la autosuficiencia, que impide que nos comportemos como hijos de Dios y conduce, al ver una y otra vez los propios fracasos, al desaliento, a la aridez y a la soledad. La piedad filial, por el contrario, fortalece la esperanza, la certeza de llegar a la meta, y da la paz y la alegría en esta vida. Ante las dificultades de la vida no nos sentiremos jamás solos, por muy grandes que sean. El Señor no nos abandona, y esta confianza será para nosotros como el agua para el viajero en el desierto. Sin ella no podríamos seguir adelante.
Pidamos a la Virgen, nuestra Madre, que nos lleve siempre de la mano como a hijos pequeños, con más cuidado cuanto mayor sea la madurez que los años y la experiencia nos van dando.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
