El patrimonio cultural de la Iglesia fue creado con una finalidad concreta: la transmisión de la fe a través de las enseñanzas catequéticas y de las celebraciones cultuales
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Foto: Miguel Muñiz |
La Comisión Episcopal para el Patrimonio Cultural, organizadora del encuentro, ha programado ocho ponencias en las que se hablará sobre la materia, palabra icónica; el sentido del arte cristiano; el invisible en el arte contemporáneo; imagen y religiosidad popular en la posmodernidad; las peregrinaciones: el camino de Santiago y el Pórtico de la Gloria; El culto a las reliquias: el santo sudario; el impacto de la imagen en la percepción humana, y la imagen virtual: del espectáculo a la evangelización.
El director del secretariado de la Comisión
Episcopal de Patrimonio Cultural, Pablo Delclaux, desvela en este escrito cuál
es el «verdadero impacto del patrimonio eclesiástico».
El patrimonio cultural de la Iglesia es,
indudablemente, un tema de actualidad, por diversos motivos: su conservación,
las exposiciones culturales, la propiedad, el uso común, el turismo cultural…
Prácticamente todo el mundo coincide en la importancia y en la repercusión que
este patrimonio tiene en la sociedad, tanto en el pasado como en el presente.
Sin embargo, no todos entienden de la misma manera en qué consiste su impronta,
esa huella indeleble que deja entre nosotros. Para comprenderlo creo que es
necesario entender el origen de estas expresiones artísticas.
El cristianismo nace en el territorio de la actual
Palestina, dentro del ambiente cultural judío que prohibía las representaciones
de lo divino. En este contexto, se desarrolló dentro de la cultura
grecorromana, plagada de imágenes. La misma presencia de Cristo, el hecho de
que Dios se hiciera visible, permitió, dentro del ambiente de la cultura clásica,
la representación del que hasta entonces era invisible e infinito. Poco a poco
la sociedad de aquel momento se dio cuenta de que las imágenes eran expresión
viva de la fe, creada por el pueblo para transmitirla y celebrarla; de modo que
san Gregorio Magno, en el siglo V, las llamó “la Biblia de los pobres”; y san
Juan Damasceno, en el siglo VIII, justificó su uso, porque al rezar ante un
icono su alma se elevaba hasta la realidad superior que representaba.
Por tanto, el patrimonio cultural de la Iglesia
(documental, bibliográfico y artístico) fue creado con una finalidad concreta:
la transmisión de la fe a través de las enseñanzas catequéticas y de las
celebraciones cultuales. Esta es la razón de ser de este patrimonio, y el
motivo último por el que hay que conservarlo. Conservarlo, sí, pero también
ampliarlo con nuevas formas de expresión, adaptadas al mundo actual.
Hoy en día se habla mucho del impacto económico de
este patrimonio, tanto material como inmaterial: celebraciones como Navidad,
Semana Santa, las fiestas populares, las peregrinaciones, etc. No le falta
razón a quien argumenta su importancia dentro de la economía de nuestro país.
No obstante, hay impactos mayores que el puramente material. En primer lugar,
la riqueza cultural de la Iglesia ayuda al pueblo a vincularse con su pasado, a
no perder las raíces que le ayudarán a enfocar debidamente su futuro.
Por otro lado, la función educativa y celebrativa de
la que hablaba anteriormente sigue vigente. El patrimonio de la Iglesia tiene
que seguir anunciando y celebrando el Misterio de Cristo, porque para eso fue
creado. Musealizar un bien cultural de la Iglesia, como si de un objeto
arqueológico se tratara, limitándose a estudiar la autoría, estilo y valor en
el mercado, vaciándolo de contenido religioso, debería ser tan escandaloso como
los conocidos casos en que encontramos una obra repintada, anulando así su
valor estético.
El valor del patrimonio de la Iglesia es inmenso, e
indudablemente cuesta mucho esfuerzo mantenerlo. Pero renta mucho para nuestra
economía (por lo menos eso dicen los expertos). Aunque lo más importante es
que, siglos después, sigue ayudando al hombre a encontrarse consigo mismo, con
sus hermanos y con Dios, debiendo ser este su principal impacto en la sociedad.
Pablo Delclaux
Director del secretariado de la Comisión Episcopal de
Patrimonio Cultural
Fuente: Alfa y Omega