Somos artesanos, trabajadores,
cooperadores de la verdad de Cristo en un mundo que necesita la presencia de
Aquel que ha sido constituido Señor de cielos y tierra y ha revestido a los
suyos con su mismo poder y autoridad
Los cristianos confesamos en
el Credo que Jesús subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Son
dos imágenes que no pueden interpretarse literalmente, porque el cielo al que
sube Jesús no es el que contemplamos sobre nuestras cabezas ni el Padre tiene
derecha e izquierda como si fuera un ser humano.
Los evangelistas utilizan
imágenes asequibles para visualizar los misterios de la fe. Cuando Jesús habla
de su partida de este mundo creado, dice que se va al Padre. Este mundo, por
hermoso que sea, es creación de Dios, obra suya. Por la resurrección, Jesús ha
trascendido esta creación, ya no está sujeto a las leyes de este mundo ni
condicionado por el espacio y el tiempo. Ha entrado para siempre en el mundo de
Dios.
Antes de encarnarse —dice el
prólogo de Juan— estaba junto a Dios, y, resucitado, vuelve a Dios. «Elevarse
al cielo» es afirmar que Cristo retorna al Padre como Señor de todo lo creado.
Eso significa sentarse a la derecha de Dios, imagen bíblica que subraya la idea
de que el Hijo posee la misma gloria que el Padre.
En el relato de la
Ascensión, según dice Lucas en los Hechos de los Apóstoles, hay otro aspecto de
este misterio que nos afecta a nosotros. Dice el relato que, mientras Jesús
ascendía al cielo, sus discípulos se quedaron con la mirada fija en el cielo,
viéndole irse. Dos hombres de blanco —una forma de designar a los ángeles— les
dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús
que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis
visto marcharse al cielo» (Hch 1,11). Sin decirlo expresamente, Lucas está
indicando la misión de los cristianos y de la Iglesia. Entre la partida de
Jesús y su retorno al fin de la historia, los seguidores de Cristo no deben
permanecer con los brazos cruzados.
El cielo no es nunca una
excusa para desentendernos de la tierra. Antes de su partida, Jesús dice a los
suyos que serán sus testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los
confines del mundo. Partiendo de Jerusalén se dispersarán por todo el mundo
para testimoniar todo lo que Jesús ha dicho y hecho. El cristianismo es misión,
testimonio, vida apostólica. La mística cristiana no nos separa de este mundo,
sino que nos introduce en él con la fuerza del Espíritu para transformarlo
según el proyecto de Dios.
Por eso, celebramos en este
día la Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales, subrayando con ello que la fe cristiana es un
anuncio gozoso de salvación que debe ser comunicado a todos los hombres. Silenciar
esta Buena Noticia es un atentado al núcleo mismo del evangelio, una
infidelidad al mandato de Cristo: id y enseñad a guardar lo que yo os he
mandado.
Es frecuente escuchar hoy
que la religión es un asunto privado. Nada hay más opuesto a la entraña de la
religión, y del cristianismo, que este despropósito. La religión es un hecho
social y público indiscutible. Los creyentes no vivimos censurándonos a
nosotros mismos ni ocultándonos ante la opinión pública. La fe religiosa
pertenece al patrimonio universal de los pueblos.
Cuando Jesús predica el
evangelio, lo hace públicamente, en las calles, plazas y sinagogas. Sólo
quienes pretenden imponer su «religión» a los demás tienen la osadía de
censurar la libertad de los creyentes para expresar sus creencias y
convicciones. Los cristianos, y los hombres de fe en general, no estamos en el
mundo para quedarnos mirando al cielo en un misticismo desencarnado de la
realidad.
Somos artesanos, trabajadores, cooperadores de
la verdad de Cristo en un mundo que necesita la presencia de Aquel que ha sido
constituido Señor de cielos y tierra y ha revestido a los suyos con su mismo
poder y autoridad.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
