La virtud de la esperanza
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Dominio público |
I. Leemos en el Evangelio de la Misa
estas consoladoras palabras de Jesús: Si pidiereis algo en mi nombre yo lo
haré. Y la Antífona de comunión recoge otras no menos consoladoras palabras del
Señor: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo
estoy y contemplen mi gloria.
El mismo Señor es nuestro intercesor
en el Cielo, y nos promete que todo lo que le pidamos en su Nombre, nos lo
concederá. Pedir en su Nombre significa en primer lugar tener fe en su
Resurrección y en su misericordia; y significa pedir aquello, humano o
sobrenatural, que conviene a nuestra salvación, objetivo fundamental de la
virtud cristiana de la esperanza, de la misma vida del hombre.
Existe la esperanza humana del labrador cuando siembra, del marino que emprende
una travesía, del comerciante cuando inicia un negocio... Se pretende llegar a
un bien, a un fin humano: una buena cosecha, llegar al puerto al que se ha
puesto rumbo, unas buenas ganancias... Y existe la esperanza cristiana, que es
esencialmente sobrenatural y, por tanto, está muy por encima del deseo humano
de ser dichoso y de la natural confianza en Dios. Por esta virtud tendemos
hacia la vida eterna, hacia una dicha sobrenatural, que no es otra cosa que la
posesión de Dios: ver a Dios como Él mismo se ve, amarle como Él se ama. Y al
tender hacia Dios lo hacemos con los medios que Él nos ha prometido, y que no
nos faltarán nunca si nosotros no los rechazamos. El motivo fundamental por el
que esperamos alcanzar este bien infinito es que Dios nos da su mano, según su
misericordia y su infinito amor, al que nosotros correspondemos con nuestro
querer, aceptando con amor esa mano que Él nos tiende.
Con la virtud de la esperanza, el
cristiano no tiene la seguridad de la salvación -a no ser por una gracia
especialísima de Dios-, pero sí tiende con certeza hacia su fin, de modo
semejante a como, en el orden de las cosas humanas, el que emprende un viaje no
tiene la certeza de llegar al fin de su proyecto, pero sí tiene la certidumbre
de ir bien encaminado y de llegar si no abandona el camino. «La seguridad de la
esperanza cristiana, no es, pues, la certeza de la salvación, sino la
certidumbre absoluta de que vamos hacia ella», confiados en que Dios «nunca
manda lo imposible, pero nos ordena hacer lo que podemos, y pedir lo que no
está en nuestra mano hacer».
Enseña el Magisterio de la Iglesia que «todos deben tener firme esperanza en la
ayuda de Dios. Porque si somos fieles a la gracia, de la misma manera como Dios
ha comenzado en nosotros la obra de nuestra salvación, la llevará a cabo,
obrando en nosotros el querer y el obrar (Flp 2, 13)». El Señor no nos dejará
si nosotros no le dejamos, y nos dará los medios necesarios para salir adelante
en toda circunstancia y en todo tiempo y lugar. Nos escuchará cada vez que
recurramos a Él con humildad. Nos dará los medios para buscar la santidad en
nuestro quehacer, en medio del trabajo y en las condiciones que rodean nuestra
vida. Nos dará más gracia si son mayores las dificultades, y más fuerzas si es
mayor la debilidad.
II. «La esperanza cristiana ha de ser
activa, evitando la presunción; y debe ser firme e invencible, para rechazar el
desaliento». Existe la presunción cuando se confía más en las propias fuerzas que en la
ayuda de Dios y se olvida la necesidad de la gracia para toda obra buena que
realicemos; o bien cuando se espera de la divina misericordia lo que Dios no
puede darnos por nuestra mala disposición, como es el perdón sin verdadero
arrepentimiento, o la vida eterna sin hacer ningún esfuerzo para merecerla. No
es raro que de la presunción se llegue pronto al desaliento, cuando aparecen
las pruebas y las dificultades, como si ese bien dificultoso, que es el objeto
de la esperanza, fuera imposible de alcanzar. Este desaliento conduce al
pesimismo primero y más tarde a la tibieza, que considera demasiado difícil la
tarea de la santificación personal, apartándose de cualquier esfuerzo.
La causa de la desesperanza no son
las dificultades, sino la ausencia de deseos sinceros de santidad y de llegar
al Cielo. Quien ama a Dios y quiere amarlo aún más, aprovecha las mismas
dificultades para manifestarle que le ama y para crecer en las virtudes. Viene
la falta de esperanza cuando se cae en el aburguesamiento, en el apegamiento a
los bienes de la tierra, a los que se considera como los únicos verdaderos.
El tibio llega al desaliento porque ha perdido, por muchas negligencias
culpables, el objetivo de su lucha por la santidad, por conocer y amar más a
Dios. Las cosas materiales adquieren entonces para él un valor de fin absoluto
en la práctica, aunque quizá no en la teoría. Y «si transformamos los proyectos
temporales en metas absolutas, cancelando del horizonte la morada eterna y el
fin para el que hemos sido creados -amar y alabar al Señor, y poseerle después
en el Cielo-, los más brillantes intentos se tornan en traiciones, e incluso en
vehículo para envilecer a las criaturas».
Debemos andar por la vida con los objetivos bien determinados, con la mirada
puesta en Dios, que es lo que nos lleva a realizar con ilusión nuestros
quehaceres temporales, costosos o no. Entonces comprendemos que todos los
bienes terrenos (siendo bienes) son relativos y deben estar subordinados
siempre a la vida eterna y a lo que a ella se refiere. El objetivo de la
esperanza cristiana trasciende, de un modo absoluto, todo lo terreno».
Esta actitud ante la vida, mantenedora de la esperanza, supone una lucha alegre
diaria, porque la tendencia de todo hombre, de toda mujer, es hacer de esta
vida una ciudad permanente, estando en realidad de paso. La lucha interior bien
definida en la dirección espiritual, el examen general diario, el recomenzar
una y otra vez, con humildad, sin dar lugar al desánimo, es la mejor garantía
para mantenernos firmes en la esperanza. El Señor nos ha prometido, según
leemos en el Evangelio de la Misa, que siempre que acudamos en demanda de ayuda
nos atenderá.
III. Yo soy la Madre del amor
hermoso...en mí está toda la esperanza de vida y de virtud, son palabras que la
Iglesia ha puesto durante siglos en boca de la Virgen.
La esperanza fue la virtud peculiar de los Patriarcas y de los Profetas, de
todos los israelitas piadosos que vivieron y murieron con la vista puesta en el
Deseado de las naciones y en los bienes que su llegada al mundo traería
consigo, contentándose con mirarlos de lejos y saludarlos, considerándose
peregrinos y huéspedes en esta tierra. Durante muchas generaciones esta
esperanza sostuvo al pueblo de Israel en medio de incontables tribulaciones y
pruebas.
Con más fuerza que los Patriarcas y los Profetas y todos los hombres justos se
unió la Virgen Santísima a este clamor de esperanza y de deseo de la pronta
llegada del Mesías. Esta esperanza era mayor en la Virgen porque estaba
confirmada en la gracia y preservada, por tanto, de toda presunción y de toda
falta de confianza en Dios. Ya antes de la Anunciación, Santa María
profundizaba en las Sagradas Escrituras como nunca lo hizo inteligencia humana
alguna, y esta claridad en el conocimiento de lo que habían anunciado los
Profetas fue aumentando hasta llegar a la plena confianza en que se realizaría
lo anunciado. Esta esperanza fue creciendo como crece la certeza «que tiene el
navegante, después de haber tomado el rumbo conveniente, de dirigirse
efectivamente hacia el término de su viaje, y que aumenta a medida que se
acerca».
María se ejercitaba en la esperanza cuando en su juventud deseaba ardientemente
la llegada del Mesías; luego, cuando esperaba que el secreto de la Concepción
virginal del Salvador se manifestase a José, su esposo; cuando se encontró en
Belén sin un lugar donde llegara el Mesías; en su huida precipitada a Egipto...
Más tarde, cuando todo parecía perdido en el Calvario, Ella esperaba la Resurrección
gloriosa de su Hijo... mientras el mundo estaba sumido en la oscuridad. Ahora,
próxima ya la Ascensión de Jesús a los cielos, se dispone a sostener a la
naciente Iglesia en la difusión del Evangelio y la conversión del mundo pagano.
A lo largo de los siglos, el Señor ha querido multiplicar las señales de su
asistencia misericordiosa y nos ha dejado a María como faro poderosísimo para
que sepamos orientarnos cuando estemos perdidos, y siempre. «Si se levantan los
vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira
a la estrella, llama a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la
ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la
avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María.
Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu
conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima
sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María.
»En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a
María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para
conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud.
No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás
si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada
tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto
si Ella te ampara».
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org