El
Papa Francisco presidió la celebración de la Pasión de Cristo este Viernes
Santo en la Basílica de San Pedro. El P. Raniero Cantalamessa fue el encargado
de realizar la predicación
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| Pasión del Señor |
El
P. Cantalamessa participó en la celebración de la Pasión del Señor, con la
prédica: “Despreciado y rechazado por los hombres”.
Jesús de Nazaret, el
hombre de dolores
La
prédica plantea un primer elemento: Jesús como prototipo y representante de
todos los rechazados, los desheredados y los descartados. Para Cantalamessa,
“El relato de la pasión ha dado un nombre y un rostro a este misterioso hombre
de dolores, despreciado y rechazado por los hombres: el nombre y el rostro de
Jesús de Nazaret. Hoy queremos contemplar al Crucificado precisamente en esta
apariencia”, afirma.
Jesús, un sintecho
Cantalamessa
nos recuerda que la familia de Jesús era pobre. Nació en un establo porque para
los suyos «no había puesto en la posada» (Lc 2,7). Al presentarlo en el templo,
los padres ofrecieron «un par de tórtolas o dos pichones», la ofrenda prescrita
por la ley para los pobres que no podían permitirse el lujo de ofrecer un
cordero (cf. Lev 12,8). Un auténtico certificado de pobreza en el Israel de
entonces. Durante su vida pública, no tiene «dónde reclinar la cabeza» (Mt
8,20): un sintecho.
Jesús, emblema de la
humanidad humillada
El
predicador nos invita a detener nuestra mirada en lo que sucede durante la
Pasión: Jesús, en el pretorio de Pilato (Mc 15,16-20). Las burlas de los
soldados; los símbolos que usan para lograrlo: corona de espinas, flagelado, el
manto y las manos amarradas. “Es el prototipo de las personas maniatadas,
solas, en manos de soldados y bandidos que desfogan sobre los pobres
desgraciados la rabia y la crueldad que han acumulado en la vida. ¡Torturado!”.
Cantalamessa recuerda al escritor Primo Levi quien afirma: “En la cruz, Jesús
de Nazaret se convierte en el emblema de toda esta humanidad «humillada y
ofendida”.
Jesús y los desheredados
Cantalamessa
recuerda al teólogo Howward Thurman, quien escribió un libro con este título:
Jesús y los desheredados. “En él, hace ver lo que representó la figura de Jesús
para los esclavos del Sur, de los que él mismo era un descendiente directo. En
la privación de todo derecho y en la abyección más total, las palabras del
Evangelio que repetía el ministro de culto negro, en la única reunión que se
les consentía, daban nuevamente a los esclavos el sentido de su dignidad de
hijos de Dios”.
“En
este clima nacieron la mayoría de los cantos espirituales negros que todavía
hoy conmueven al mundo. En el momento de la subasta pública habían vivido el
desgarro de ver a las esposas separadas de los maridos y a los padres respecto
de los hijos, vendidos a dueños diferentes. Es fácil intuir con qué espíritu
cantaban bajo el sol o en el interior de sus cabañas: Nadie sabe el dolor que
he experimentado; nadie, excepto Jesús”.
La Pasión de Jesús.
Invitación a profundizar
Aquella
muerte redimió al mundo del pecado, llevó el amor de Dios al punto más lejano y
más oscuro en el que la humanidad se había metido en su huida de él, es decir,
en la muerte, afirma Cantalamessa. Jesús se hizo pobre con los pobres.
“Él
mismo se ha encargado de asegurárnoslo cuando solemnemente afirmó que lo que
hicimos por el hambriento, el desnudo, el preso, el exilado, se lo hicimos a él
y lo que omitimos hacérselo a ellos no se lo hicimos a Él (cf. Mt 25, 31-46)”.
¡El Crucificado ha
resucitado!
El
predicador enfatiza que “el vencido se ha convertido en vencedor, el juzgado se
ha convertido en el juez, «la piedra descartada por los arquitectos se ha
convertido en piedra angular» (cf. Hch 4,11). La última palabra no ha sido y no
será nunca la de la injusticia y la opresión. Jesús no ha devuelto sólo una
dignidad a los desheredados del mundo; ¡les ha dado una esperanza!”.
Cristo, nuestra Pascua
Cantalamessa
nos recuerda que en los tres primeros siglos las comunidades cristianas
celebraban todo en un solo día: “En la Vigilia pascual se conmemoraba tanto la
muerte como la resurrección”. Allí se conmemoraba el tránsito de Cristo, de la
muerte a la resurrección. Pascua» (pasech) significa tránsito: paso del pueblo
hebreo de la esclavitud a la libertad, tránsito de Cristo de este mundo al
Padre (cf. Jn 13,1) y tránsito, del pecado a la gracia, de los creyentes en
él”.
A los poderosos de este
mundo
La
cruz contiene un mensaje para los poderosos, los fuertes y los vencedores: “La
muerte, como la espada de Damocles, pende sobre la cabeza de cada uno, colgada
de un hilo. Pone en guardia contra el peor mal para el hombre que es la ilusión
de la omnipotencia”.
La
Iglesia ha recibido el mandato de su fundador de ponerse de la parte de los
pobres y los débiles, de ser la voz de quien no tiene voz. El otro mandato es
construir la paz en el mundo, como trabajo que la Iglesia debe hacer en
conjunto con todas las religiones. Ante esto no podemos permanecer
indiferentes.
Manuel
Cubías – Ciudad del Vaticano
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