EL MAGNIFICAT. LA HUMILDAD DE MARÍA
I. Humildad de la Virgen. Qué es la humildad.
II. Fundamento de la caridad. Frutos de la humildad.
III. Caminos para alcanzar esta virtud.
“En aquel tiempo, dijo
María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador
porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora
todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor
maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de
generación en generación a los que le temen.
Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados
de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y
despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la
misericordia —como había anunciado a nuestros padres— en favor de Abraham y de
su linaje por los siglos». María permaneció con Isabel unos tres meses, y se
volvió a su casa” (Lucas 1,46-56).
I. En el Magnificat se
contiene la razón profunda de toda humildad. María considera que Dios ha puesto
sus ojos en la bajeza de su esclava; por eso en Ella ha hecho cosas grandes el
Todopoderoso. La virtud de la humildad –que tanto se transparenta en la vida de
la Virgen- es la verdad (SANTA TERESA, Moradas rectas), es el reconocimiento
verdadero de lo que somos y valemos ante Dios y ante los demás; es también el
vaciarnos de nosotros mismos y dejar que Dios obre en nosotros con su gracia.
La
humildad descubre que todo lo bueno que existe en nosotros, tanto en el orden
natural como en el de la gracia, a Dios pertenece. Nada tiene que ver esta
virtud con la timidez o la mediocridad. La humildad no se opone a que tengamos
conciencia de los talentos recibidos, ni a disfrutaros plenamente con corazón
recto; la humildad no achica, agranda el corazón. A María, Nuestra Madre le
pedimos que nos ayude a alcanzar esta virtud que Ella tanto apreció.
II. La humildad está en el
fundamento de todas las virtudes y sin ella ninguna podría desarrollarse. No es
posible la santidad sin una lucha eficaz por adquirir esta virtud; ni siquiera
podría darse una auténtica personalidad humana. La humildad es, especialmente,
fundamento de la caridad: “la morada de la caridad es la humildad “ (Sobre la
virginidad), decía San Agustín. Muchas faltas de caridad han sido provocadas
por faltas previas de vanidad, orgullo, egoísmo, deseos de sobresalir.
El
que es humilde no gusta de exhibirse, sabe que ocupa un puesto para servir,
para cumplir una misión. Hemos de estar en nuestro sitio, trabajando para Dios,
y evitar que la ambición nos ofusque, y menos convertir la vida en una loca
carrera por puestos cada vez más altos, para los que quizá no serviríamos. La
persona humilde conoce sus limitaciones y posibilidades, es siempre una ayuda,
tiene paciencia con los defectos de quienes lo rodean, y evita el juicio
negativo sobre los demás.
III. Entre los caminos para
llegar a la humildad está, en primer lugar, el desearla ardientemente,
valorarla y pedirla al Señor; ser dóciles en la dirección espiritual; recibir
con alegría la corrección fraterna; aceptar las humillaciones en silencio, por
amor al Señor; la obediencia rápida y alegre; y sobre todo la alcanzaremos en
el servicio a los demás. Jesús es el ejemplo supremo de humildad, y nadie
sirvió a los hombres con tanta solicitud como Él lo hizo.
María,
al confesarse esclava del Señor, se llena de gozo. Nosotros lo tendremos si
somos humildes como Ella.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
