HACER UN MUNDO MÁS JUSTO
I. A los cristianos nos toca crear un orden más justo, más humano.
II. Algunas consecuencias del compromiso personal de los cristianos.
III. Con la sola justicia no podremos resolver los problemas de los hombres.
Justicia y misericordia.
“Cuando se cumplieron los días de la
purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para
presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón
primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas
o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era
justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el
Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la
muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino
al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que
la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;
porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de
todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo
Israel».
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lucas 2,22-35).
I. El Niño que contemplamos estos días en el belén es el
Redentor del mundo y de cada hombre. Más tarde, durante sus años de vida
pública, poco dice el Señor de la situación política y social de su pueblo, a
pesar de la opresión que éste sufre por parte de los romanos. Manifiesta que no
quiere ser un Mesías político. Viene a darnos la libertad de los hijos de Dios:
libertad del pecado, libertad de la muerte eterna, libertad del dominio del
demonio, y libertad de la vida según la carne que se opone a la vida
sobrenatural.
El
Señor, con su actitud, señaló también el camino a su Iglesia, continuadora de
su obra aquí en la tierra hasta el final de los tiempos. Es a nosotros los
cristianos a quien nos toca –dentro de las muchas posibilidades de actuación-
contribuir a crear un orden más justo, más humano, más cristiano, sin
comprometer con nuestra actuación a la Iglesia como tal (PAULO VI, Enc.
Populorum progressio).
Hoy
podemos preguntarnos si conocemos bien las enseñanzas sociales de la Iglesia,
si las llevamos a la práctica personalmente, y si procuramos que las leyes y
costumbres de nuestro país reflejen esas enseñanzas en lo que se refiere a la
familia, educación salarios, derecho al trabajo, etc.
II. Si nos esforzamos por los medios que están a nuestro alcance,
en hacer el mundo que nos rodea más cristiano, lo estamos convirtiendo a la vez
en más humano. Y, al mismo tiempo, si el mundo es más justo y más humano,
estamos creando las condiciones para que Cristo sea más fácilmente conocido y
amado.
Además
de pedir cada día por los responsables del bien común, -pues de ellos dependen
en buena medida la solución de los grandes problemas sociales y humanos-, hemos
de vivir, hasta sus últimas consecuencias, el compromiso personal y sin
inhibiciones, y sin delegar en otros la responsabilidad en la práctica de la
justicia, al que nos urge la Iglesia. ¿Se puede decir de nosotros que
verdaderamente, con nuestras palabras y nuestros hechos, estamos haciendo un
mundo más justo, más humano?
III. Con la sola justicia no podremos resolver los problemas de
los hombres. La justicia se enriquece y complementa a través de la
misericordia. La justicia y la misericordia se fortalecen mutuamente. Con la
justicia a secas, la gente puede quedar herida, la caridad sin justicia sería
un simple intento de tranquilizar la conciencia.
La
mejor manera de promover la justicia y la paz en el mundo es el empeño por
vivir como verdaderos hijos de Dios. El Señor, desde la gruta de Belén, nos
alienta a hacerlo.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
