Con
estilo propio
Hola,
buenos días, hoy Sión nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
Los
sábados es día de limpieza en el monasterio. Cada una está encargada del
cuidado de su oficio, por lo que a mí me toca el refectorio (comedor).
Ayer,
mientras iba barriendo, he de admitir que disfruté de una magnífica exposición
de las cualidades belenísticas de mis hermanas.
Resulta
que en la cena de Nochebuena, la Priora puso en cada sitio un belén de
miniaturas de lo más bonito. Ella se dedicó a colocarlos todos iguales, pero,
después de un par de días, las monjas hemos ido sacando esa niña que llevamos
dentro... ¡y no ha habido nadie que no lo haya recolocado a su estilo!
En
varios sitios encontré a todas las figuras rodeando al Niño, eso sí, en
distinto orden y manera. Una hermana puso a los Reyes “despistados”, a un palmo
del Portal y sin encontrar el camino. Otra había decidido “resumir” el belén, y
había quitado a todos excepto el misterio... Admito que a mí me salió mi pasión
por el teatro y los puse en línea: ¡ningún personaje de espaldas al público!
Sonriendo,
fui pasando entre las mesas, ¡¡y no encontré dos belenes iguales!! Y eso que
todos tenían las mismas piezas...
Esto
me hizo pensar en una frase que usamos mucho en nuestra Orden: “Unidad en lo
esencial; en lo demás, diversidad”.
Somos
todos tan diferentes, ¡que ni usando las mismas piezas obtenemos belenes
iguales! Estas diferencias pueden ser fuente de conflictos... o pueden
convertirse en nuestra mayor riqueza. Para ello, solo necesitamos encontrar lo
que nos une.
Precisamente
eso les pasó a los apóstoles. ¡Ellos sí que eran “cada uno de su padre y de su
madre”! Había rudos pescadores, hombres maduros, un jovencito imberbe, un culto
publicano... Aquello podía haber sido un caos. Y, si el grupo no terminó en
desastre, es porque no miraron sus diferencias, sino que se centraron en lo que
les unía: Jesús.
Cristo
une los corazones con los lazos más fuertes y resistentes. Su Amor es garantía
y seguro de nuestro amor. En Él encontramos motivo y fuerzas para superar las
diferencias; con Él en el centro, descubrimos que los distintos dones de cada
uno, puestos al común, enriquecen a todos.
Hoy
el reto del amor es que dejes que Cristo fortalezca tus lazos. Y, aunque en una
casa “todos tienen la misma sangre”, ¡a veces no nos parecemos nada! Te invito
a que, en tu oración, pongas en manos del Señor a cada miembro de tu casa y,
con Cristo, busca una actividad (un juego, un paseo, una comida especial...) en
la que podáis estar y disfrutar todos. ¡Hoy tu hogar estará “unido en Él”!
¡Feliz día!
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
