Se
trata de encontrarse con el otro sin huir de la realidad ni de la verdad, sin
dejar que el prejuicio gobierne nuestra conciencia
Sí. Especialmente cuando las iniciativas se
desvinculan del ámbito de la fe religiosa y se entienden como una acción
cultural y política, adecuada a las expectativas de las sociedades
contemporáneas.
Con frecuencia los medios de
comunicación convierten el diálogo entre la Iglesia católica y las religiones
no cristianas en un ejemplo loable de búsqueda del bien común. Sin embargo,
suele obviarse lo que lo hace genuino. Esto es, su sentido de “anuncio”.
Es así que el
diálogo interreligioso va más allá de ser la propuesta de máximos éticos
compartidos por la mayoría.
Es
el anhelo por compartir un bien concreto: el de haber encontrado
Jesucristo, concebido
como una “gracia”
inmerecida que se ofrece con respeto y amor a quienes no han experimentado ese
encuentro.
La doctrina de la Iglesia
católica apuesta por supuesto por la necesidad del diálogo con otras
religiones. No se trata aquí de ver la paja en el ojo ajeno y subrayar los
defectos y carencias del otro.
Más bien proponemos un ejercicio
de reflexión intraeclesial. Porque debemos ser conscientes de que esta
propuesta no queda sólo bajo la responsabilidad de las instituciones. Al
contrario, lleva implícita una responsabilidad y un buen entendimiento de
nuestra propia fe.
Porque, ante
todo, el diálogo es testimonio y compromiso personal. Es
por ello que, sin pretender agotar este tema, reflexionamos aquí sobre algunos
de los riesgos que pueden alterar su verdadero sentido.
En el mundo en que vivimos, uno
de los mayores obstáculos para el diálogo interreligioso es concebir
el cristianismo como una ideología más entre
las que elegir ¿Por qué?
Porque esto conlleva: 1)
entender el diálogo como un intercambio de propuestas variadas e igualmente
aceptables en un espacio público supuestamente “neutral” 2) la renuncia a la
totalidad de las exigencias de la identidad cristiana para evitar posibles
discrepancias.
Ambas actitudes rebajan el
contenido del mensaje cristiano para adecuarlo a la modernidad.
Muy relacionado con esto,
podemos identificar otras actitudes que tampoco ayudan a construir el diálogo
como instrumento real y efectivo de cooperación frente a los nuevos
totalitarismos.
La primera es el desconocimiento
de la propia identidad religiosa. No sólo entendida como
“estudio” de la Tradición de la Iglesia, sino como la tentación de eludir
nuestro compromiso personal con la realidad que vivimos.
Tal y como ha señalado el papa
Francisco: el cristiano pertenece al Cuerpo de Cristo y este hecho lo convierte
en agente
de paz.
Esto naturalmente exige de los
cristianos un trabajo constante para superar otro gran obstáculo: el miedo.
Y esto resulta especialmente complicado.
Porque un
diálogo eficaz no está exento de miedos. Y trascenderlos
no significa ignorarlos en un ejercicio de “buenismo” poco realista.
Se trata más bien de atravesar
fronteras, físicas o mentales. Estar dispuesto a abrazar al otro sin perder a Cristo como
eje de la propia vida.
Como cristianos, ir al encuentro
del otro significa actuar en consecuencia: ser testigos de la luz de Cristo, sin
huir de la realidad ni de la verdad. No
dejar que el prejuicio gobierne nuestra conciencia. En una
apertura sin límites.
No desde quien está dispuesto a
asumir cualquier propuesta, sino de quien está dichoso de compartir aquello que
ha recibido y ponerlo a disposición del encuentro.
Sólo así el diálogo puede tener
un sello verdaderamente cristiano y canalizar este Mensaje tan “escandaloso” y
revolucionario a la luz del mundo como lo es el Evangelio.
María Ángeles Corpas
Fuente: Aleteia
