Carta de nuestro Obispo
D. César Augusto Franco Martínez a la Diócesis
El
Día de la Iglesia Diocesana nos ayuda a pensar más allá de nuestra propia
comunidad parroquial. La Iglesia no empieza ni termina en nuestra parroquia. No
somos células aisladas ni autosuficientes. No podemos vivir separados ni al
margen de la comunidad diocesana, presidida por el obispo, sucesor de los
apóstoles, cuyo ministerio nos enraiza en la Iglesia universal.
Es
verdad que la parroquia es la localización más cercana, la referencia más
inmediata de la Iglesia, pero no es autosuficiente, como en ocasiones llegamos
a pensar. El párroco es enviado por el obispo, y todos los sacerdotes forman un
único presbiterio llamado a vivir la comunión entre sí y con los fieles que les
son encomendados.
Ningún
sacerdote puede actuar como si fuera el dueño de su parroquia, ni la referencia
última para sus fieles. Del mismo modo que el obispo no puede vivir sin
referencia al colegio episcopal y a su cabeza que es el obispo de Roma, vicario
de Cristo.
Cuando
contemplamos la parroquia en el contexto más general de la diócesis ampliamos
horizontes y nos hacemos más católicos. Hay problemas diocesanos que resultan
indiferentes si nos encerramos en nuestras parroquias. El problema de las
vocaciones, por ejemplo, nos afecta poco si todavía contamos con un sacerdote
que nos atiende, pero, ¿hasta cuándo podremos contar con un sacerdote? La
diócesis presta servicios que quizás en una parroquia no se necesitan, pero sin
los cuales otras no podrían avanzar pastoralmente.
Los
delegados diocesanos llevan a las parroquias las preocupaciones del obispo y de
la diócesis: familia y juventud, enseñanza y catequesis, misiones, patrimonio,
etc. Un cristiano no puede quedar indiferente antes las necesidades de toda la
diócesis, pensando que con su parroquia tiene todo resuelto. Esta visión no es
católica. Supone un déficit en la comprensión de la Iglesia y en la comunión de
bienes materiales y espirituales que la sustenta.
La
Iglesia es una comunión, la gran familia de los hijos de Dios. La Jornada de la
Iglesia Diocesana acrecienta nuestra pertenencia a esta familia y nos abre a la
experiencia de compartir todo lo que somos y tenemos con el resto de la
comunidad diocesana, aunque estemos separados por grandes distancias. Sin la
aportación de cada uno, en el orden material y espiritual, la diócesis vivirá
empobrecida y no podrá llevar adelante su misión evangelizadora. Por el
contrario, si cada cristiano aporta lo mejor de sí mismo a su parroquia y a la
diócesis, la Iglesia será más fecunda, más misionera, más abierta a las
necesidades de los hombres.
Por
eso debemos conocer mejor nuestra diócesis, sus instituciones y servicios. La
solidaridad entre los cristianos debe superar los límites de la demarcación
parroquial y abrirnos a las necesidades de parroquias que están más necesitadas
que la nuestra. No hay parroquias de primer, segundo y tercer grado. Hay
comunidades cristianas en las que el Espíritu de Dios actúa siempre en favor de
la unidad, la caridad y la misión universal de la Iglesia.
Como
obispo vuestro, os exhorto a vivir con apertura y generosidad a las necesidades
de la Iglesia de modo que la Iglesia de Segovia ofrezca a todos los segovianos
el testimonio de la unidad y de la comunión de bienes, y todos seamos
enriquecidos con la gracia que cada cristiano aporta a la gran familia de los
hijos de Dios. Con mi afecto y bendición.
+ César Franco
Obispo de Segovia.