20 PALABRAS PARA MEDITAR LOS MISTERIOS DEL ROSARIO. 4º. MISTERIO DOLOROSO

4. Jesús con la cruz a cuestas

Cristiana se volvió la familia de Simón
A Verónica su rostro en el lino estampó
Mujeres que lloran ignoran que ahora,
Infinitas las faltas serán canceladas
No estás solo, María te consuela cercana;
Oprimida de dolor ella mira, ora y ama.

En el CAMINO hacia el Calvario mucha gente pudo ver a Jesús y algunos a interactuar con Él. To­dos, sin embargo, recibieron bendiciones. La prime­ra, la libertad de la esclavitud del pecado: el Demonio huía, huye de la Cruz, las almas se le escapan por la fuerza liberadora de la Cruz que ahora Jesús lleva trabajosamente al Calvario.

La Cruz, y toda contra­riedad cuando está unida a la Cruz de Jesús, tiene una fuerza purificadora y sanadora que nos puede dar esperanza cuando parece que humanamente no la hay.

Esperanza sobrenatural porque hay un bien más grande, detrás del dolor, que se puede conse­guir: un bien más grande que cualquier seguridad humana, el bien de la amistad con Dios, de la Vida divina que se acrecienta en el alma... en fin, el bien de la salvación de Dios que nos lleva de la apariencia de este mundo al que dura para siempre (cfr. 1Co 7, 31). 

Por ejemplo, el Cirineo que se encontró con la Cruz, en ese momento él no vio tal encuentro como algo bueno, pero encontró la fe para los suyos. Cris­tiana se volvió la familia de Simón.

Aquella mujer que, compadecida, se acerca a Je­sús que sufre para aliviar en algo su dolor, recibe la imagen de Cristo como un anticipo del premio a esa obra de caridad, y quizá como un signo del premio que gozarán los que buscaron hacer el bien a los demás. ¿Qué es el cielo sino recibir definitivamente y de modo visible la imagen de Jesús en nosotros? (cfr. 1 Jn 3, 2) A Verónica su rostro en el lino estampó.

Cuando Jesús se encuentra con las santas mu­jeres las anima a mirar con profundidad, no ha­cen algo malo o superficial, de hecho la Verónica igualmente se compadece de Jesús y le presta un servicio que es recompensado. Las santas mujeres lloran y de esta manera se solidarizan con su sufrimiento, tampoco podían hacer más: los sol­dados no dejaban que la gente se acercara.

Ellas lloran y dejarían de llorar si Jesús dejara de sufrir. Pero si Jesús no sufre el pecado no se destruye, si queremos que Jesús no sufra, dejemos de pe­car: el pecado es la causa del sufrimiento, de todo sufrimiento. Lloren por los pecados, hagan peni­tencia, así podrán hacer que sus lágrimas sirvan para algo más, algo que alcanza a Dios. Mujeres que lloran ignoran que ahora, infinitas las faltas serán canceladas (cfr. Col 2, 14).

La Virgen que desde el principio acompaña a Je­sús, ahora no lo deja solo, y con su sola presencia lo sostiene. Ella en su corazón ofrece todo su dolor como ex­piación: ella tiene los mismos sentimientos que su hijo, ese amor a los hombres que la hace aceptar el sacrificio con esperanza. Dialoga con Dios en su co­razón, mira a su hijo, así ama, sufriendo. No estás solo, María te consuela cercana; oprimida de dolor ella mira, ora y ama.

Con permiso del autor: Juan Pablo Lira


Fuente: 20 palabras para meditar los misterios del Rosario