El ‘Acta Thomae’, un documento que trata principalmente sobre
la vida del santo, ahonda en esta historia de fe
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La tradición no ha sido
amable con santo Tomás, el apóstol incrédulo de Cristo. Deslustrado por su
obstinada insistencia en una verificación sensorial personal de la
Resurrección, Tomás ha heredado invariablemente el papel del escéptico. Sin
embargo, a través de su franco escepticismo surgieron la innegable confesión de
“¡Mi Señor y mi Dios!” y una inextinguible chispa de fe que prendió fuego al
mundo.
¿Pero qué le pasó a Tomás
después de su famoso episodio de incredulidad? ¿Así terminaba la historia? Pues
bien, el Acta Thomae, un documento que trata principalmente sobre la vida
del santo, ahonda en esta historia de fe. La leyenda dice que en el acto de la
distribución del territorio de misiones, la suerte quiso que la India le
correspondiera a santo Tomás. Sin embargo, el apóstol se negó a aventurarse en
esta tierra extranjera. Entonces Cristo, “que nunca se rinde” se apareció
entonces de manera sobrenatural a Abban, un enviado del rey indio Gondofares.
Abban invitó a Tomás a servir a su maestro como arquitecto. Tomás accedió y
zarpó rumbo a la India.
Este proyecto, financiado
por la realeza, consistía en la construcción de un palacio para el rey en
estilo romano. Sin embargo, el valiente Tomás repartió los fondos entre los
pobres. El rey Gondofares encolerizó e hizo encarcelar al santo. Más tarde se
dio cuenta de que la intención del apóstol nunca fue la de construir un palacio
“en la tierra donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones
perforan las paredes y los roban” (Mateo 6, 19-20). Lo que Tomás deseaba
era construir un palacio eterno en el Cielo a través de nobles actos de caridad
y amor. El rey liberó a Tomás y lo libró del juicio. Mientras el santo recorría
el país predicando la Buena Nueva, su fe fue una vez más cuestionada por el rey
Misdai, quien lo condenó a muerte.
Esta absorbente y compleja
leyenda sobre el martirio de santo Tomás ha sido reconstruida a través de las
magistrales pinceladas de nada menos que el gran artista Pieter Paul Rubens. La
pintura en cuestión nos invita a las profundidades de la fe a través de la
belleza sensual del arte y la espectacular calidez del color.
Rubens, pintor flamenco,
se esfuerza por animar una escena asiática empapada de símbolos e historias. El
drama se despliega en primer plano. Inspirado en el modelo escultórico clásico
del moribundo Laocoonte, Rubén presenta a santo Tomás perseguido por los poderosos
paganos.
Observe de cerca el
aspecto del santo. En sintonía con la antigua tradición, santo Tomás es
retratado incompta caesarie o con el “pelo despeinado”. Además, Tomás
no lleva un atuendo de apóstol, sino que se presenta con el hábito encapuchado
de un fraile agustino descalzo. Sus pies descalzos recuerdan la observancia de
esta orden de renunciar a los calcetines y al calzado. El aspecto del santo nos
conecta con el entorno del cuadro. Se exhibe aún hoy en el altar mayor de la
iglesia de Santo Tomás en Praga, que perteneció a los frailes agustinos
descalzos.
Mientras el santo vuelve
su mirada hacia el cielo, sus perseguidores, cegados de ira, se abalanzan sobre
él. Uno hunde una lanza en su costado, el otro le clava una daga en el cuello.
Y otros más lanzan piedras y lo patean. La furia y el dolor de la persecución
no amargan a la víctima. En su mano derecha, el apóstol moribundo agarra la
base de la cruz de piedra que él mismo había erigido en tierra foránea. Su mano
izquierda se extiende hacia arriba mientras un coro de querubines encantadores
desciende para traerle la corona de la gloria. Le presentan la palma de la
victoria sobre la muerte.
A cada lado de la cruz de
piedra se yerguen dos palmeras que sirven como puntales efectivos. La más
cercana tiene semillas abiertas y la más lejana está cargada de cocos.
Simbolizando la fuente de la vida, le recuerdan al apóstol moribundo que en
verdad es la Cruz (entiéndase el sufrimiento) la que gana la vida eterna y la
libertad.
El fondo del cuadro es tan
atractivo como la narración. La leyenda dice que el misionero santo Tomás
construyó una iglesia en Calamina, en el sur de la India. Es aquí donde sus
seguidores enterraron su cuerpo. Rubens representa esta iglesia al fondo, a
nuestra derecha. Lo hace con un giro interesante e ingenioso. Más allá de las
filas de elementos arquitectónicos romanos como la cúpula, los pórticos, las
hornacinas, las pilastras y los pilares, se encuentra un exquisito motivo
indio.
Fíjese en los capiteles de
las gigantescas columnas. Cada uno de ellos ya no está adornado con el acanto
europeo, sino con el elefante indio oriental. Aquí, el elefante está impregnado
de algo más que un valor exótico. La leyenda dice que mientras construía la
iglesia en Calamina, santo Tomás movió un tronco de madera que varios hombres
fuertes y elefantes con arneses no pudieron desplazar ni un ápice.
Justo delante del sepulcro
se levanta una columna en espiral alternativamente estriada y rodeada de vides.
Se asemeja a las columnas en espiral que sostienen el baldaquino de Bernini en
la basílica de San Pedro en Roma. La diferencia, por supuesto, es el capitel
que corona la columna, adornado con cabezas de elefante. Sobre el ábaco de este
capitel se alza una curiosa y extraña figura. Caracterizada por sus patas
animales, sus cuernos y su cola, representa sin duda un ídolo demoníaco. La
leyenda dice que este ídolo demoníaco colocado ante la cruz de piedra se
desmoronó antes de la muerte del apóstol. Así, una vez más, se representa el
triunfo de la cruz.
En los Evangelios, a santo
Tomás se le llama a menudo Dídimo o “el gemelo”. Bueno, ¡y con razón! Porque la
vida de santo Tomás es a menudo un gemelo de nuestra búsqueda y de nuestras
debilidades vitales. Sin embargo, santo Tomás nos inspira a seguir buscando la
luz incluso en nuestros momentos de oscuridad y fragilidad. Nos anima a vivir
nuestra fe en acción, hasta el final. Su fe profesada fue una victoria sobre la
duda y su sufrimiento una victoria sobre la muerte.
Este artículo se publica
con la cortesía de nuestros compañeros en la India de Catholic Indian Matters.
Joynel
Fernandes
Fuente: Aleteia
