«Mi
identificación con la Virgen es mediante el silencio. Arrodillarme junto a su
imagen, sentir su presencia constante. Ver el amor que mostró a su Hijo».
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| Foto: EFE/EPA/Paulo Novais |
Fernando Santos llevó a
Portugal al mayor éxito de su historia hace dos años. Ahora desafía a España.
A Fernando Santos (Lisboa, 1954) le
persigue una fama de hombre duro y cascarrabias, pero quienes le conocen bien
afirman que no es tan fiero como lo pintan. En cambio, destacan su enorme
respeto hacia todo aquél que se cruza en su camino. Exigente al máximo, pero
sin un mal modo.
En
Portugal es un héroe desde que hace dos años convirtiera a la selección en
campeona de Europa. Un Luis o un Del Bosque a la portuguesa. Al igual que
ellos, ha logrado llevar a su equipo al mayor éxito de su historia después de
una larga procesión de fracasos.
Su
rigor táctico y la pasión que transmite a sus jugadores serán, junto a Cristiano
Ronaldo, los mayores peligros que se encuentre España en su debut mundialista.
Santos
se hizo cargo de la selección portuguesa en septiembre de 2014, justo después
de una humillante derrota en casa ante Albania que puso la puntilla a Paulo
Bento, su predecesor. No se puede decir que no llegara curtido. Entre Portugal y
Grecia había entrenado a una decena de equipos. En el país luso estuvo en
diferentes etapas en el banquillo de los tres grandes (Benfica, Oporto y
Sporting), algo que solo otros tres entrenadores habían llegado a hacer.
Y
en Grecia pasó por el AEK Atenas, Panathinaikos, PAOK de Salónica y,
finalmente, la selección. Llevó a los helenos hasta los cuartos de final de la
Eurocopa 2012 y los clasificó por primera vez para los octavos de final en el
Mundial 2014, donde cayó en los penaltis ante Costa Rica. En Grecia le apodaron
el Sargento por instaurar entrenamientos a las ocho de la mañana. «A esa hora
el tráfico es imposible, míster», cuentan que le dijeron sus jugadores. «Muy bien»,
respondió impasible, «entonces lo pondré a las siete».
Esa
disciplina férrea que exige a sus jugadores también se la impone él en su vida
diaria. Tras ser despedido del Estoril en 1994 pasó por un momento personal muy
delicado del que solo encontró consuelo en la religión. Desde entonces es hombre de misa diaria. Santos es devoto de la
Virgen de Fátima y acude cada año al santuario para orar y recogerse: «Mi
identificación con la Virgen es mediante el silencio. Arrodillarme junto a su
imagen, sentir su presencia constante. Ver el amor que mostró a su Hijo».
Su fe no solo es
católica, sino también profesional. «Creed en mí y jugaremos la final de la
Eurocopa» fue lo primero que dijo a los jugadores nada más convertirse en
seleccionador de Portugal. Y tanto que le creyeron. También allí hubo de echar
mano de la fe. Hasta plantarse en el partido definitivo, Portugalhabía
completado una Eurocopa a trompicones. Cerró la primera fase con tres empates
(Islandia, Austria y Hungría) que le clasificaron de rebote y casi en el último
minuto.
En
octavos ganó a Croacia con un gol en la prórroga. Nuevo empate en cuartos, ante
Polonia, y clasificación a semifinales en los penaltis. Gales, en la penúltima
ronda, fue la única víctima real de los portugueses. En la final esperaba
Francia, la anfitriona, la gran favorita. Y Santos profetizó: «Vamos a hacer
historia». El milagro de Portugal lo culminó Eder, un delantero grandullón y
suplente que marcó en la prórroga el gol que elevaría a Santos a los altares.
La relación con
Cristiano
Ahora,
en Rusia, Santos ha renovado aquel equipo campeón que sigue teniendo en Cristiano
Ronaldo al hombre al que todos miran. Santos se lleva bien con la
estrella. Congenian. El hoy seleccionador fue el último entrenador que tuvo el
delantero del Real Madrid antes de marcharse a Inglaterra con 18 años. Santos
siempre ha sido un firme defensor del carácter de Cristiano: «Con 11 años dejó
su aldea en Madeira y se fue a una gran ciudad. Desde entonces todo lo que ha
conseguido ha sido por su esfuerzo y perseverancia. Y lo ha hecho solo. Es
normal que se haya creado una coraza».
El
estilo de Santos no cambiará respecto al que exhibieron en 2016: una defensa
rocosa y un contragolpe asesino a la medida de la velocidad de sus delanteros.
En Portugal se ganó unos cuantos reproches por el juego poco vistoso de la
selección antes de convertirse en campeón, algo que nunca llevó demasiado bien:
«Antes de la final me llegaban más mensajes de felicitación desde Grecia que
desde Portugal… No me importa ser el patito feo, el Calimero. Si me preguntan
si prefiero ser bonito y perder o ser feo y ganar, prefiero ser feo» relata al
tiempo que desmitifica la posesión.
Javier
Asprón
Fuente:
ABC
